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Familia

Suguru caminaba con una crepa en su mano y en la otra un refresco, siguiendo de cerca a sus hijos mientras estos se divertían platicando y contando sus días. Paseaban por varias tienditas bonitas, y aunque el Omega se esforzaba por ignorar al Alfa a su lado, no podía evitar sentir el peso de las palabras hirientes que Satoru le había dicho hace unas horas. Sin embargo, por el bien de sus cachorros, decidió soportar la incomodidad.

Satoru, por su parte, lo miraba de reojo, queriendo decir algo pero sin encontrar las palabras adecuadas. Ambos se mantenían en silencio, cada uno lidiando con sus propios pensamientos y emociones.

Mientras caminaban por el sendero, Megumi se detuvo y miró a sus padres con un poco de frustración.

—No deberían preocuparse tanto —dijo, su voz firme pero con un toque de impaciencia.

Suguru suspiró, sintiendo el peso de la responsabilidad como una carga constante sobre sus hombros.

—No quito el mérito de que seas fuerte, Gumi... Solo... —Suguru dejó la frase en el aire, buscando las palabras adecuadas.

Megumi, visiblemente molesto, volteó los ojos.

—¿Acaso no confían en mí? —preguntó, su tono desafiante.

Antes de que Suguru pudiera responder, Satoru intervino, su voz calmada pero inquisitiva.

—¿A qué te refieres? —preguntó mientras caminaban todos juntos. Las gemelas y Tsumiki guardaron silencio, observando la interacción con atención.

—Solo es una misión, no es para tanto —respondió Megumi, tratando de restarle importancia a la situación.

Satoru frunció el ceño, su preocupación siendo evidente.

—¿Y qué te molesta, Megumi? —preguntó el alfa, su tono serio.

Suguru, notando la tensión creciente, colocó una mano en el hombro de Satoru y negó con la cabeza enojado, indicando que no presionara más.

El joven Omega, con su expresión seria y su postura desafiante, era un reflejo de la obstinación de Suguru. Cada vez que Megumi se aferraba a una idea, no había fuerza en el mundo que pudiera hacerlo cambiar de opinión.

Satoru sabía que cualquier intento de confrontación directa solo serviría para encender aún más la llama de la rebeldía en Megumi.

—Me molesta su actitud. ¿No pueden dejarme hacerlo por mí mismo? —exclamó Megumi, con su tono serio pero sintiendo un poco de decepción.

Suguru se acercó a su hijo, tratando de calmarlo.

—Gumi, no te enojes. Solo son unas maldiciones. Siempre te han cuidado desde pequeño a ti y a tus hermanas. ¿Qué te molesta ahora? —preguntó Suguru, su voz suave pero firme.

Megumi miró a su madre, sus ojos con un destello lleno de emociones que no puede sacar a flote.

—Me molesta que no confíen en mí. Siempre están ahí, vigilándome, como si no pudiera manejarlo solo —dijo.

Suguru suspiró, entendiendo el dilema de su hijo. Se acercó más y lo abrazó, transmitiéndole su apoyo.

—Confiamos en ti, Gumi. Solo queremos asegurarnos de que estés a salvo. Es difícil para nosotros dejarte ir, pero sabemos que eres fuerte y capaz —dijo Suguru, sus palabras llenas de sinceridad.

Megumi asintió lentamente, comprendiendo el amor y la preocupación detrás de las acciones de sus padres. Aunque todavía sentía la necesidad de demostrar su capacidad.

𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢Donde viven las historias. Descúbrelo ahora