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"Un poco de impureza II"

Suguru abrió los ojos lentamente, sintiendo cómo los rayos del sol se filtraban a través de la gran ventana y llenaban la habitación con una luz cálida y cegadora. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar su visión borrosa y despejar la niebla de su mente. No tenía idea de cómo había llegado allí, ni mucho menos de lo que había sucedido la noche anterior. Solo tenía vagos recuerdos de haber llegado a la fiesta con sus amigos, pero después de eso, todo era un borrón.

Se llevó una mano a la cabeza, apretándola con fuerza cuando una punzada aguda le atravesó el cráneo. Un sonido ensordecedor resonaba en sus oídos, como un pitido agudo que no cesaba. Cerró los ojos con fuerza, tratando de bloquear el dolor y el ruido. Las luces y los sonidos de la fiesta eran lo único que podía recordar, fragmentos dispersos de risas, música y conversaciones que se mezclaban en su mente.

-Carajo-murmuró, apretando los dientes mientras el dolor de la resaca lo golpeaba con fuerza. Se sentía como si su cabeza estuviera a punto de explotar.

Intentó recordar más detalles de la noche anterior, pero cada intento solo le traía más dolor.

-¿Qué pasó anoche?-susurro Suguru con los ojos vidriosos, su largo cabello cayendo en cascadas desordenadas sobre su rostro. Lentamente, se incorporó en la cama, mirando a su alrededor.

La habitación era desconocida, examinó el lugar con una creciente inquietud. Un minuto...

Esta no era su habitación. Los muebles elegantes y caros, la decoración moderna y el tamaño de la habitación eran señales claras de que estaba en un lugar desconocido. Un pensamiento aterrador cruzó su mente; había hecho una estupidez y se había acostado con alguien que no conocía. Un escalofrío recorrió su cuerpo, llenándolo de una sensación de heladez y arrepentimiento.

-Buenos días-dijo una voz gruesa, sonando en la habitación y sacándolo de sus pensamientos. Se quedó helado, reconociendo de inmediato la voz, su corazón latiendo con fuerza y los nervios a flor de piel.

Miró a su alrededor, reconociendo con asombro y temor que estaba en la habitación del alfa, un lugar en el que le había sido estrictamente prohibido entrar. Y ahora, ahí estaba, en su cama. Giró la cabeza hacia la fuente del sonido, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.

Allí, sentado en la cama y leyendo tranquilamente, estaba Satoru.

El alfa lo miraba con una intensidad penetrante, sosteniendo un libro en sus manos. Llevaba unas gafas de lectura oscuras que le daban un aire intelectual y misterioso. A pesar de la situación, Suguru no pudo evitar notar lo hermoso que se veía, casi como un dios con una belleza irreal.

Su cabello, de un blanco puro, caía en suaves mechones sobre su frente, enmarcando su rostro con una elegancia despreocupada. Cada hebra parecía brillar con su propia luz, añadiendo un halo casi celestial a su presencia.

Sus ojos, ocultos tras las gafas de lectura oscuras, eran de un azul profundo, como el océano en un día despejado. Aunque las gafas ocultaban parte de su mirada, no podían disimular la intensidad y la inteligencia que emanaban de ellos. Cada vez que levantaba la vista del libro, sus ojos parecían penetrar en el alma de quien los mirara, desnudando sus pensamientos y emociones con una facilidad desconcertante.

La mandíbula de Satoru era fuerte y bien definida, un rasgo que le daba un aire de autoridad. Sus labios, perfectamente formados, mantenían una ligera curva, como si siempre estuviera al borde de una sonrisa secreta. Su piel, impecable y de un tono pálido, contrastaba con la oscuridad de sus gafas y el blanco de su cabello, creando una combinación hipnótica y fascinante.

𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢Donde viven las historias. Descúbrelo ahora