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El tiempo pasa

La explosión resonó por todo el gran edificio, sacudiendo las paredes y haciendo vibrar los cristales. El humo se extendió rápidamente, envolviendo el penúltimo piso en una densa niebla gris. Un Omega, con el corazón latiendo a mil por hora, salió corriendo de la habitación donde había ocurrido la explosión.

—¡HAIBARA! ¿Dónde estás? —gritó desesperado mientras se deslizaba hacia otra habitación, buscando refugio. El comunicador en su mano chisporroteaba, perdiendo señal intermitentemente.

—¡Geto! ¿Qué hiciste? —la voz al otro lado del comunicador sonaba acusatoria y preocupada.

—¡No fui yo! —se defendió Geto, su voz temblando de frustración. La puerta de la habitación fue golpeada con fuerza, resonando con un eco amenazante.

—¡Esos imbéciles! —murmuró molesto, apretando los dientes. —¿Dónde estás?

—Abajo de ti. ¿Cuántos tienes? —la voz de Haibara era apenas un susurro, cargada de tensión.

—Son 8, ¿y tú? —respondió Geto, su mente trabajando a toda velocidad para encontrar una salida.

—Tres —contestó Haibara, su respiración pesada y rápida.

Geto agudizó sus sentidos evaluando la situación. Podía escuchar a los enemigos se movían con precisión militar, avanzando por el pasillo. Geto sabía que no tenían mucho tiempo.

Respiró profundamente, tratando de mantener la calma en medio del caos. —Intenté ser cauteloso —dijo con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Si ellos no cooperan... entonces yo...

Antes de que pudiera terminar la frase, una explosión sacudió la habitación, haciendo que la puerta se rompiera en mil pedazos. Siete hombres vestidos con uniformes extraños irrumpieron en la habitación hecha un desastre. Geto, cubierto por su maldición, emergió con una sonrisa de diversión en su rostro. Se colocó delante de los hechiceros, desafiándolos con su presencia.

—¡Entrégate! —gritó uno de los hombres, su voz cargada de ira.

—Lo siento... Tengo una misión que cumplir —respondió Suguru con una calma inquietante. Extendió la mano y de ella surgió su maldición, un dragón arcoíris que se lanzó de lleno contra algunos de los intrusos.

El combate comenzó de inmediato. Los hechiceros restantes atacaron al Omega con una ferocidad desesperada. Suguru se movía con una velocidad y precisión asombrosas, sus golpes eran certeros y devastadores. Cada movimiento estaba calculado, cada ataque era una obra maestra de estrategia y fuerza.

Los hechiceros utilizaban armas malditas, tratando de acorralar a Suguru, pero él invocaba sus propias maldiciones para contrarrestar los ataques. El dragón arcoíris se movía con una gracia letal, derribando a los enemigos con su poder abrumador. Suguru, por su parte, se deslizaba entre los atacantes, golpeando con una precisión que hacía difícil seguirle el ritmo.

El edificio se convirtió en un campo de batalla. Las ventanas se quebraron, las habitaciones y pasillos quedaron destrozados. El sonido de los combates resonaba por todo el lugar, una sinfonía de destrucción y caos. Suguru, en medio de todo, se mantenía firme, su determinación inquebrantable.

Con un último esfuerzo, Suguru lanzó una poderosa maldición que envolvió a los hechiceros restantes, dejándolos incapacitados. Respirando con dificultad, miró a su alrededor, evaluando los daños. El edificio estaba en ruinas, pero había cumplido su misión.

—Esto no ha terminado —murmuró para sí mismo, sabiendo que aún quedaba mucho por hacer.

Suguru se dirigió a una cocina parcialmente equipada, donde preparó un té con movimientos tranquilos y meticulosos. Se sentó en un mueble cómodo, con su teléfono en la mano, observando la pantalla con una expresión serena. Mientras tanto, en otra parte, un hombre estaba siendo devorado lentamente por una maldición que se asemejaba a una masa amorfa y gigantesca. Los gritos desesperados del hombre resonaban en el aire.

𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢Donde viven las historias. Descúbrelo ahora