24

1K 100 60
                                        

Suguro descendió las escaleras con movimientos lentos. Aunque su porte seguía siendo impecable, su andar reflejaba una ligera rigidez que, si alguien observaba con atención, delataba la molestia en su cuerpo. La camisa negra de cuello alto ocultaba las marcas del alfa, su diseño ajustado delineaba con elegancia cada curva de su físico. Los pantalones de cuero, ceñidos a sus piernas y las botas negras resonaban sobre el suelo de mármol.

Su cabello, un velo de obsidiana cortado en capas precisas, caía sobre su espalda con la suavidad de la seda, recogido en una coleta alta que realzaba la esbelta línea de su cuello y la intensidad de sus facciones. Sus labios aún hinchados brillaban de un color rojizo, y sus ojos afilados, como hojas de una daga recién pulida.

Cruzó el umbral hacia la gran sala, donde podía escucharse murmullos bajos y conspiratorios. Los ancianos, agrupados en pequeños círculos, intercambiaban palabras en tonos sibilantes, como si temieran despertar una tormenta que ya era inevitable. Suguro no necesitó alzar la vista para encontrar a Satoru; el aura del albino se filtraba por el lugar como un vórtice de furia contenida.

El albino permanecía en el centro del recinto, imponente incluso en su silencio. Su postura relajada era solo una fachada, sus hombros tensos, las manos escondidas en los bolsillos de su abrigo, delataban su estado de ánimo. La venda negra cubría sus ojos, pero no ocultaba la sombra de irritación que emanaba de el.

El ambiente se volvió aún más espeso cuando Suguro avanzó un paso más. No era difícil imaginar el fuego en esos ojos celestes tras la tela oscura. Algo había ocurrido, y por la reacción de Satoru, no sería un asunto a la ligera.

Las miradas de los ancianos se volvieron hacia él con respeto.

Su expresión era indescifrable, el rostro elevado con la dignidad de un Omega dominante, y la mirada firme.

-¿Qué sucede? -preguntó mentalmente, su voz resonando en el lazo que compartía con Satoru. La espera fue breve, pero en esos segundos se preparó para la indiferencia, pues se le olvidaba que el alfa, solía ignorar esa conexión cuando lo consideraba irrelevante, casi siempre. Para su sorpresa, la respuesta llegó, aunque fría.

-Nada importante -la voz del albino cortó el vínculo con la misma brusquedad con la que un portón se cierra.

El menor apretó la mandíbula y tragó con dificultad, sintiendo cómo el aire se volvía pesado en su garganta. Sin embargo, dejó atrás su malestar y tomó la palabra.

-Buenos días -saludó con voz ronca, carraspeando para despejarla.

Como un solo ente sincronizado, los ancianos inclinaron ligeramente la cabeza.

-Buenos días, joven Geto -respondió uno de ellos con solemnidad.

-Queremos hablar con usted también.

Suguru alzó una ceja con confusión.

-¿Conmigo?

-Sí, usted está dentro de esto.

El Omega iba a preguntar más, pero la voz de Satoru irrumpió.

-No le compete.

Suguru se mordió el labio con discreción, ocultando su molestia, tras una expresión neutral. Respiró hondo.

-Es un tema delicado -insistió un anciano, sin siquiera dirigirle una mirada al alfa.

𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢Donde viven las historias. Descúbrelo ahora