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La luz del mediodía era como cuchillas clavándose directamente en su cerebro.

Satoru Gojo recuperó la conciencia de golpe, como si alguien hubiera encendido todas las luces del mundo al mismo tiempo dentro de su cabeza

No había venda. Nada que contuviera los Seis Ojos. La información entró a raudales, sin filtro, sin piedad, cada partícula de polvo suspendida en el aire, cada flujo de energía maldita residual, el latido acelerado de su propia sangre en las sienes, el sonido del aire acondicionado convertido en un sonido ensordecedor, el roce de las sábanas como papel de lija contra su piel hipersensible.

Todo al mismo tiempo. Todo amplificado hasta lo insoportable.

Y encima, la resaca.

El alcohol, ese maldito medio vaso le había dejado la boca pastosa, el estómago revuelto y un dolor punzante detrás de los ojos que se mezclaba de forma infernal con la sobrecarga de los Seis Ojos. Era como si alguien hubiera vertido ácido en su cráneo y luego lo hubiera conectado a un altavoz a máximo volumen.

—Ah… mierda… —gruñó, incorporándose de golpe. El movimiento fue un error catastrófico. El mundo giró violentamente, las náuseas subieron como una ola ácida hasta su garganta y un latigazo de dolor atravesó su cabeza desde la nuca hasta la frente.

Intentó bajar de la cama, buscar la venda, cualquier cosa que detuviera aquella tortura. Pero sus piernas no respondieron. Cayó al suelo con un golpe seco y brutal que reverberó en sus huesos ya doloridos. El impacto le arrancó un gemido ahogado, y el ruido, el maldito ruido del golpe, resonó dentro de su cráneo como una explosión.

Se retorció en la alfombra, las manos apretándose con fuerza contra los ojos, los dedos clavándose en las sienes como si pudiera arrancar la maldición de su cabeza. El sudor frío le brotaba por todo el cuerpo, la bilis subía y bajaba en su garganta, y cada respiración era un esfuerzo titánico.

—¡Mis ojos…! ¡Joder, duele…!.

Se revolvió en el suelo como un animal herido, las rodillas contra el pecho, el cuerpo temblando sin control. Los recuerdos de la noche anterior, placer, vergüenza, rendición total se mezclaban con el dolor actual en una tormenta perfecta de autodesprecio y sufrimiento físico.

Suguru se despertó al instante con el golpe y el grito. Saltó de la cama, la sábana cayendo al suelo, y corrió desnudo hacia él.

—Satoru, ¿qué pasa? ¡Satoru!.

Su voz estaba llena de pánico mientras se arrodillaba y intentaba sostenerlo. Pero el alfa se retorcía demasiado, las manos apretadas contra los ojos, el cuerpo arqueándose en espasmos de dolor.

—No… no me toques… ¡duele todo…! ¡Mis ojos, Suguru… no puedo apagarlo…! —jadeó.

Las náuseas lo golpearon de nuevo y giró la cabeza a un lado, vomitando bilis amarga sobre la alfombra. El olor ácido empeoró todo; los Seis Ojos captaron cada molécula, cada detalle repulsivo.

El Omega palideció, pero no dudó. Se colocó detrás de él en el suelo, rodeando el torso tembloroso y sudoroso del alfa con sus brazos, y cubrió sus ojos con ambas manos, apretando con firmeza para crear una oscuridad absoluta.

—Shh… shh… Calmate—susurró contra su oído, la voz temblorosa pero intentando mantenerse calmada—. Respira, Satoru. Solo respira.

Gojo seguía temblando violentamente, el sudor empapando su cabello blanco y goteando por la espalda. Cada inspiración era un jadeo entrecortado, cada exhalación un gemido de dolor.

—No puedo… es demasiado… la cabeza… me va a estallar…

Sus manos se aferráron con fuerza a las muñecas de Suguru como si fueran su único salvavidas.

𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢Donde viven las historias. Descúbrelo ahora