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"Un poco de impureza"

La música resonaba en la distancia, un eco lejano que apenas lograba competir con el estruendo y los gritos que llenaban el club. Dentro del baño, Suguru se encontraba inclinado sobre el inodoro, vomitando sin cesar todo lo que había bebido. Cada arcada parecía arrancarle un pedazo de su alma, y el sonido del agua golpeando la porcelana era casi hipnótico en su monotonía.

Yuki, a su lado, continuaba dándole palmadas en la espalda, intentarlo consolarlo, pero sus palabras parecían no tener efecto. Haibara, en la esquina, se deslizaba lentamente por la pared, sus ojos luchando por mantenerse abiertos. La fiesta había sido demasiado para él, y ahora solo quería dormir.

—¿Por qué no me ama, Yuki? —repitió Suguru, su voz quebrada y llena de desesperación. Estaba tan borracho que las lágrimas amenazaban por salir. Yuki suspiró cansada.

Suguru había pasado la noche entera ahogando sus penas en alcohol, quejándose de Satoru en cada oportunidad. Después de terminar de bailar, se había refugiado en el baño, donde sus lamentos se hicieron más intensos.

—No es eso, Suguru —respondió Yuki, tratando de sonar convincente—. No es que no te ame. Es solo que... las cosas son complicadas.

Suguru dejó escapar un sollozo, su cuerpo temblando. —¿Acaso soy feo? —preguntó, su voz apenas un susurro. La inseguridad y el dolor se sentía en cada palabra.

—No, Geto, no eres feo, créeme —dijo la Omega por décima vez, tratando de convencer a su amigo con una voz suave pero firme. —Prácticamente, en toda la noche se te acercaron 15 alfas porque eres atractivo.

Suguru, tambaleándose, levantó la mirada con incredulidad—¿En serio? —preguntó, su voz temblando ligeramente por el efecto del alcohol.

—Amigo, los ahuyentaste por hablar de tu alfa. Te pusiste a beber como si no hubiera un mañana...

El pelinegro rio a carcajadas, una risa descontrolada y contagiosa, pero claramente influenciada por el alcohol. No podía controlarse, ni siquiera estaba razonando correctamente. Su risa resonaba en el pequeño espacio.

—Yo... lo odio —dijo, con un hipo que interrumpió sus palabras. El Omega imitó el rostro de Satoru, haciendo sus usuales señas y frunciendo el ceño, tratando de aliviar la tensión con un poco de humor.

—Es un idiota... Pero lo am...

Antes de que pudiera terminar la frase, Suguru sintió una oleada de náuseas. Se inclinó hacia adelante, su cuerpo temblando mientras comenzaba a vomitar nuevamente. El aire parecía faltarle, su garganta estaba amarga y su cabeza dolía hasta el cerebro con un sonido ensordecedor. La Omega, preocupada, se acercó rápidamente para sostenerlo, sus manos firmes pero gentiles en los hombros de Suguru, tratando de calmarlo mientras él luchaba por recuperar el aliento.

El ambiente estaba cargado de una mezcla de olores: el alcohol derramado, el sudor y el amargo aroma del vómito.

Suguru, al terminar de vomitar, comenzó a llorar. Lágrimas caían de sus ojos como un torrente, inundando sus mejillas y reflejando el dolor profundo en sus ojos morados. Se sentía abrumado por una mezcla de malestar físico y emocional; el dolor de cabeza lo sofocaba y su corazón, hecho trizas, latía con una pesadez insoportable.

Yuki, observando la escena, se puso nerviosa. Tal vez dejar que Suguru bebiera tanto había sido una mala idea.

—Vamos, hay que llevarte a casa —dijo la Omega, mientras ponía el brazo del pelinegro alrededor de su cuello y se levantaba con fuerza, tratando de sostener su peso.

𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢Donde viven las historias. Descúbrelo ahora