Suguru bajó las escaleras con cuidado, su mano firme pero suave sobre el brazo de Satoru, guiándolo paso a paso como si el alfa fuera de cristal. El sol de media mañana entraba por las ventanas altas de la casa, iluminando el pasillo gracias a las cortinas entreabiertas.
—¿Te sientes mejor? —preguntó el pelinegro en voz baja, deteniéndose un segundo para mirarlo de reojo.
Satoru suspiró, su postura aún un poco encorvada por el remanente del dolor.
—Un poco —admitió—. Me sigue latiendo la cabeza como si tuviera un tambor dentro, pero… ya logro controlar los Seis Ojos.
—Es un alivio —respondió con una pequeña sonrisa, apretando ligeramente su brazo antes de continuar bajando.
El omega llevaba una camisa blanca de manga larga que se ajustaba perfectamente a su torso, marcando la cintura estrecha y el cuerpo trabajado que tanto esfuerzo le costaba mantener entre misiones. Los pantalones negros de corte acampanado caían con elegancia sobre sus tenis negros impecables, y su cabello largo estaba recogido en un moño alto y desordenado que dejaba al descubierto la nuca pálida. Satoru, por su parte, vestía una camisa negra de manga corta que se tensaba sobre sus hombros anchos y el pecho fornido, combinada con pantalones negros de tela ligera que se ajustaban a sus piernas largas. Sus zapatos de marca estaban perfectamente limpios, y la venda negra cubría sus ojos por completo, dándole ese aire misterioso que tanto lo caracterizaba.
Llegaron a la cocina amplia y luminosa. Geto soltó con cuidado el brazo del alfa para guiarlo hasta una silla alta en la isla central.
—Siéntate aquí. Voy a preparar algo ligero.
Satoru obedeció en silencio, sus manos apoyadas en la superficie fría de mármol. Suguru puso agua a hervir para té, uno de manzanilla y miel que sabía que calmaba las náuseas y los dolores de cabeza y luego sacó del refrigerador un recipiente con sopa de miso que la señora Sasaki había dejado preparada la noche anterior o talvez antes. Lo metió en el microondas; no se sentía con ánimos ni talento para cocinar algo más elaborado, y lo último que quería era empeorar el estado del alfa con uno de sus “experimentos” culinarios.
Minutos después, ambos estaban sentados frente a frente. Suguru comía un bowl de cereal simple con fruta fresca, mientras Gojo probaba la sopa caliente con movimientos lentos, como si cada cucharada requiriera concentración.
El silencio era cómodo, pero cargado, el mas joven removía su cereal sin mucho apetito, observando el rostro de su ahora esposo, la venda negra, la mandíbula tensa, los labios ligeramente fruncidos.
Finalmente, tomó aire.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo con cautela.
El mayor levantó la cabeza.
—Adelante —respondió, dejando la cuchara en el plato.
Suguru dudó un segundo, jugueteando con la cucharilla.
—Yo… me gustaría saber lo que realmente sucedió cuando tenías diecisiete años. Pero si te incomoda o te duele hablar de eso, cambiemos de tema. No quiero forzarte.
Satoru se quedó quieto. Dejó la taza de té a un lado, suspiró profundamente y buscó la mano del omega sobre la mesa. Cuando la encontró, la tomó con delicadeza y empezó a acariciar sus nudillos con el pulgar, un gesto lento y reconfortante más para sí mismo que para el joven.
—Es un tema que debes conocer —dijo al fin, la voz baja pero firme—. Y creo que ya es hora de que te lo cuente todo, sin filtros.
El omega apretó su mano en respuesta, animándolo en silencio.
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𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢
FanfictionSuguru Geto, un Omega con una técnica de ritual única y poderosa, fue comprometido a la edad de 4 años con Satoru Gojo, el heredero del clan más poderoso y grande de Tokio. Esta unión forzada fue vista como una oportunidad para crear un arma formid...
