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Suguru extiende la mano y quita la venda de los ojos. Lo primero que ve es esa mirada estar completa, oscura, delirante, hambrienta, y no bastándole con su cuerpo, se lo está comiendo con la mirada, todo. Lo mira todo. Entero. Esos ojos azules se convierten en fuego y es justo eso lo que enciende en su interior. Lo mira con ferocidad, y en cada estocada sin abandonar ese contacto, abre la boca y frunce el ceño por las penetraciones duras y fuertes que le da. De esa boca salen gemidos roncos dignos de un Alfa, y aguanta jadeos al sentir un hormigueo en su abdomen cuando la entrada caliente de su Omega le aprieta justo como quiere. Satoru es irreral, y por primera vez le está viendo la otra cara a la moneda, una que es de completa lujuria y lascivia, placer. Una de la cual sigue siendo el mejor. En el sexo.

Sin abandonar la conexión de miradas, el Albino continúa moviéndose de la misma manera. Suguru siente en ese punto darle escalofríos, al ser rozado y presionado por el miembro dentro de él. Y se siente estremecer bajo su mirada. Es más exitante verse gemir y no abandonar los ojos.

El ritmo se torna más constante, el Alfa le sube las caderas y el Omega siente la necesidad de tenerlo más cerca cuando su garganta solo expulsa sonidos vulgares y maldiciones entre gemidos. Cuando comienza a estocarlo con más ferocidad, que el escritorio de pronto suena, rodándose hacia atrás.

—Maldición, joder—. Gruñe, los dedos del chico se enredan en su cabello, viéndole los labios y atrayendo su torso. —Lo que hacen esas manos traviesas.

—Me encantan tus ojos, me encanta mirarte.

Eso es todo.

Detiene el vaivén quedando entero en su interior y sobre su boca inhala y exhala con una sonrisa y los ojos cerrados.

—No tienes idea de cuántas veces imaginé mi cuerpo jodiéndote y el tuyo a mi merced...—. Adjunta sobre su boca, llevando los dientes hacia su labio inferior. —No sabes cuántas noches te imaginé pidiéndome más y rogándome por darte—. Brama a un lado de su cuello. —No tienes una puta idea de las veces que me imaginé tu dulce voz quedando ahogada por mi culpa. Ni idea.

Rápidamente le comienza a comer esa boca. Deseoso de sentir su lengua, Suguru la abre. Los besos constantes, empapados, sus labios acolchados y mullidos, la capa de sudor que envuelve su cuerpo finamente. Está besándolo mientras sigue dentro de él. Las manos del Omega le agarran del cuello, sus brazos fornidos enredándose ahí.

—Más—. Le pide, porque se siente bien cuando se mueve aún por un milímetro y lo siente entero. Esos ojos llorosos lo llaman con deseo.

Suguru sisea al sentirse invadido con descaro y embestido con fuerza. El hombre sobre él guía las caderas al frente y es el mero roce de sus sexos y la fricción que lo empapa, lo que le hace saber que sentirá algo mucho más allá.

Las caderas de Satoru se descontrolan volviéndolo un mar de temblores. Arremetiendo rápido hasta el fondo, lo saca por completo y estoca de una sola vez hasta que el sonido chicloso de la saliva y su miembro es una de las cosas que acompañan los furiosos choques de caderas contra glúteos y cómo gime el menor al ser atendido. Su pelvis se mueve en círculos, en ocho y presionando las caderas de Suguru contra la mesa. No son dulces, el chico araña arduamente su cuello. Lo penetra con descontrol, abriendo la boca y tragando al volverse un lío en conjunto.

Intenso.

Se relame los labios. Lo observa, lo detalla, lo estudia, no tiene que decir nada más para que el otro sepa que le está gustando. Tan solo echa la cabeza hacia atrás abriendo la boca para gritar alto cuando el mayor arremete rápido y rudo contra su entrada.

—¡M-maldita sea!

Suguru grita maldiciones y gemidos altos.

Satoru mordisquea su cuello deseoso de contacto y sus caderas van finalmente hasta atrás para comenzar a golpear pausado, pero con constancia. Masturba a Suguru despacio y luego lo siente más duro, su líquido preseminal en la punta, su glande rojizo e hinchado, sus venas palpitando.

𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢Donde viven las historias. Descúbrelo ahora