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La salida fue un caos absoluto, y efectivamente era una familia un tanto peculiar.

Nobara se volvió una furia cuando Yuji, en un descuido dejó caer tres de sus bolsas nuevas al intentar equilibrarse en un tropezón. Gritó tan alto que medio centro comercial se giró a mirar.

Megumi, por su parte, gastó una cantidad obscena sin pestañear siquiera, libros raros de segunda mano, mangas de colección, auriculares nuevos y una chaqueta negra oversized que le quedaba ridículamente bien. Cuando vio el monto en la pantalla de la tarjeta de su padre, solo se encogió de hombros y siguió caminando como si nada.

Las gemelas se perdieron exactamente diez segundos en la sección de peluches. Diez segundos que fueron suficientes para que Suguru las encontrara abrazando un conejo gigante más grande que ellas mismas. Las reprendió levemente, aunque al final terminó comprándoles el conejo. Y un segundo para cada una.

Megumi intentó fugarse con Yuji hacia la librería de cómics, pero Satoru los interceptó en menos de un minuto, bloqueando la entrada con su altura imponente y una sonrisa que era mitad burla, mitad advertencia.

-No tan rápido, tortolitos -dijo, cruzándose de brazos, como todo padre resentido -. ¿A dónde creen que van solos?

El omega se sonrojó hasta las orejas, pero no soltó la mano del pelirosa. El alfa los miró fijamente un segundo más, luego sonrió con malicia y los dejó pasar... pero entró detrás de ellos. No era celoso, no realmente. No con Itadori. El chico tenía un corazón demasiado bondadoso como para preocuparse de verdad. Pero Gojo era el alfa mayor de la familia, y eso significaba que donde iban sus hijos, él iba también. Suguru, observándolo desde unos metros atrás, divertido ante los celos de su esposo cuando veía a su hijo con alguien más... aunque con Yuji, el alfa parecía hacer una excepción.

Para Satoru Gojo, gastar medio millón en una tarde no significaba absolutamente nada. Adoraba a sus alumnos, ya les correspondía su turno de compras locas, al igual que a los de tercero antes. Adoraba a sus hijos, a quienes nunca les negaba un capricho. Y adoraba a su esposo, por quien bajaría las estrellas del cielo si se lo pidiera... aunque Suguru nunca lo haría.

Terminaron la tarde comiendo helado en el patio de comidas, cenando en el mejor restaurante del centro comercial, el hombre de familia pidió la mesa privada del fondo y pagó sin mirar la cuenta, se tomaron fotos grupales ridículas, todos haciendo poses, caras, selfies con filtros de orejas de gato. Hasta el mayor se dejó convencer y posó con un filtro de unicornio, lo que provocó un ataque de risa colectivo.

Cuando cayó la noche, los jóvenes se dispersaron hacia las atracciones del parque temático, montañas rusas, juegos de arcade, puestos de comida callejera.

La pareja por fin solos, caminaron con tranquilidad por un sendero hermoso iluminado por faroles antiguos y árboles altos. El aire era fresco, la brisa traía olor a algodón de azúcar y jazmín. Gojo llevaba un peluche de zorrito que había ganado en un juego de fuerza, y el parecido con su omega era extraño pero innegable, los mismos ojos rasgados, solo que los del peluche eran líneas bordadas.

-¿Quieres algo más? -preguntó balanceando el zorrito frente a la cara del pelinegro con una sonrisa traviesa.

Suguru negó con la cabeza, apoyando una mano en su estómago.

-Estoy demasiado lleno, Satoru... De hecho, esta mañana tenías resaca. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo ahora?

El alfs se encogió de hombros con esa arrogancia natural que solo él podía llevar con gracia.

-Soy Satoru Gojo. No es nada.

Su omega lo miró alzando una ceja, claramente no creyendo ni una palabra.
-Ajá. Claro.

𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢Donde viven las historias. Descúbrelo ahora