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—¿Suguru…?

La voz de Satoru llegó suave, casi cautelosa, desde el final del corredor. El alfa avanzó con pasos medidos, como si temiera romper algo frágil solo con acercarse demasiado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, alzó la vista y vio, a lo lejos, la silueta de Mei Mei desapareciendo al doblar la esquina. Su expresión cambió en un instante, sus ojos azules se oscurecieron, la mandíbula se tensó, y una sombra sombría le cruzó el rostro como una nube que tapa el sol.

—¿Qué te dijo Mei Mei?

Suguru no respondió. Mantuvo la mirada clavada en el suelo de baldosas desgastadas, los puños apretados a los costados. El ardor en el estómago que le subía por el esófago como bilis convirtiendolo en náuseas reales; la garganta se le cerraba como si alguien la estuviera estrujando desde dentro. Respirar le costaba. Cada inhalación traía el olor de Satoru que ahora solo lo hacía sentir más atrapado.

—Suguru.

El alfa colocó ambas manos en sus hombros con delicadeza, pero cuando el omega no reaccionó, lo giró con rapidez pero sin violencia, y llevó los dedos fríos a las mejillas tibias del pelinegro. El contraste fue inmediato, piel helada contra piel febril, obligándolo a levantar el rostro. Sus miradas chocaron.

Los iris violetas de Geto estaban abiertos de par en par, temblorosos. Su piel estaba más pálida de lo habitual, casi translúcida; los labios apretados en una línea fina y temblorosa.

—¿Qué te dijo…? —repitió el albino bajando la voz hasta casi un susurro.

—Lo suficiente —respondió con una extraña tranquilidad fría. Se quitó las manos del rostro con lentitud deliberada, sin bajar la mirada ni un segundo—. Lo suficiente para entender muchas cosas.

Gojo abrió la boca, pero no salió sonido. Sus pupilas se dilataron.

—Yo…

—Cállate —cortó el omega, seco.

El silencio que siguió fue espeso, cargado de electricidad estática. Satoru se quedó inmóvil, el alfa tragó saliva audiblemente; su pecho subía y bajaba con respiraciones cortas, ansiosas. No se daba cuenta de que, a través del lazo que los unía, estaba proyectando todo, el pánico, la culpa, el terror absoluto de perderlo. Y Suguru lo sentía todo girando en su propio estómago.

—¿Por qué…? —preguntó al fin,—. ¿Por qué no quieres pasar tu calor conmigo?

—Suguru…

—¡Cállate! —gritó esta vez, frunciendo el ceño con tanta fuerza que una lágrima finalmente se escapó. Se la limpió con rabia con el dorso de la mano—. Podría haber entendido tus estúpidas razones… si tan solo me lo hubieras dicho. ¡Si tan solo hubieras confiado en mí una maldita vez! Sé que no fuimos los prometidos perfectos, que siempre hubo problemas, silencios, peleas… pero creí… creí que después de casarnos, después de todo lo que me hiciste sentir, al menos tendrías la decencia de hablar conmigo. De decirme la verdad.

Satoru tragó audiblemente. Sus manos temblaban cuando intentó volver a tocarlo, pero se detuvo a medio camino.

—Yo… te lo iba a decir —logró articular al fin, la voz temblorosa—. Te juro que iba a decírtelo. Solo quería… quería que pasara el evento primero. Quería un momento tranquilo, sin distracciones, para explicártelo todo sin que te sintieras presionado o…

Suguru soltó una risa amarga, corta.

—Cuando te pedí que lo habláramos —lo interrumpió—Esperaba que al llegar a casa lo hiciéramos. Pasó un día entero, Satoru. Un día entero en el que dormimos en la misma cama, en el que me besaste como si nada, en el que me dijiste que me amabas… y ni una sola palabra. Ni una.

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⏰ Última actualización: 2 days ago ⏰

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𝐿𝑎𝑧𝑜//𝑆𝑎𝑡𝑜𝑆𝑢𝑔𝑢Donde viven las historias. Descúbrelo ahora