Capítulo 37: Nadie vio nada
9 de enero, 2019
Edward quiso pellizcarse por cuarta vez, tal vez quinta si contaba la vez que lo hizo medio dormido. Es que ni en sus sueños se creía lo sucedido en los últimos días. Adorable tampoco lo creía, por eso paso de masticar cojines a las colchas de su cama, bien podría ser otra de sus mañas. Iba a tener que consultarlo con el veterinario, eso era peligroso. El caso es que despertó en plena madrugada cuando la colcha desapareció de forma repentina. Con ojos soñolientos vio como esta era arrastrada fuera de la habitación.
En la cocina estaba tirada la puerta que debía mantener a Adorable en su corral por las noches. Era una cabra muy astuta, había que darle eso. Si la colcha desapareciendo no lo asustó, el desastre de su sala y cocina si lo hizo.
—¿Tienes un poder que no me hayas contado? ¿Vas a luchar contra el crimen por las noches? —le había dicho a la cabra, como si esta fuera a contestarle.
Ahora iba camino a la empresa con ojeras debajo de sus ojos, pero de buen ánimo. Le hubiera gustado ponerse los auriculares para acompañar su viaje con música, eso era peligroso y no lo iba a hacer. La bicicleta era un método de viaje barato, rápido (en especial cuando hay tráfico) y bueno para la salud. Junto con un casco lleno de pegatinas de flores, cosas que pasaban cuando cuidaba a su sobrina, era una imagen que volvía locas a las mujeres.
Se detuvo junto a la furgoneta amarilla (Food Truck) para pedir su café mañanero, normalmente esperaba para tomar el suyo en la sala de descanso del piso donde trabaja Megan. El café de la empresa era decente, pero no como el dueño del «¿Café? Sí». Como era un buen día y tenía una casi-novia pidió dos medialunas.
—¿Quién es la chica? —pregunto el dueño antes de que tuviera oportunidad de darle una mordida a sus medialunas.
—¿Quién dice que hay una chica?
—La sonrisa que tienes, eso o acabas de cometer una fechoría.
¿Estaba sonriendo?
—Tráela la próxima vez. Una vez que pruebas mi café no puedes resistir volver por otro.
—En eso tienes razón.
Ah. Ya tenía agendada una próxima cita con Megan, siempre y cuando ella aceptara en primer lugar, y después de que tuvieran la «primera cita».
A pesar de que la empresa tenía múltiples beneficios (también horarios esclavizantes, aunque no eran cosa del diario), no tenía un aparcamiento de bicicletas. Lo había solicitado en dos ocasiones, pero como era el único con una no tuvo suerte, más bien ni siquiera fue escuchado.
Roberta le guardaba un espacio al lado de su moto cada mañana, a cambio, le compraba cientos de pasteles de crema. No podía estar seguro hasta tener pruebas, pero sospechaba que intercambiaba esos pasteles a cambio de chismes con Phil, el guardia de seguridad. Los dos eran los primeros en enterarse de cualquier rumor, fuera cierto o falso.
El jefe ya estaba en su escritorio, bebiendo una taza de café y con el juego del solitario en la pantalla. Poco a poco comenzaron a llegar el resto de sus compañeros, cuando llego Matthew dio un saludo bajo, porque venía concentrado en su teléfono. Edward arrastró su silla hacia el escritorio de su amigo, podría haberse levantado e ir caminando, pero le quitaba la diversión. Dio dos golpes sobre la mesa y, como si se tratara de un asunto super secreto, le hizo señas para ir hacia el espacio donde tenían la cafetería.
—Escuche algo interesante.
—¿De la empresa? ¿Van a despedir a empleados? —pregunto Matthew asustado.
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Mensajes
RomanceMegan recibió un mensaje (del tipo que no se muestra ni a tu mejor amiga) de un compañero del trabajo. Al intentar descubrir su identidad surgen pequeños malentendidos, roces accidentales y un injustificado odio hacia un contable. Campbell es la per...
