Capítulo 58

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POV EREN

Entré a la iglesia como si fuera a detener una mentira. El ruido de tacones y susurros me golpeó al cruzar la puerta, pero mi cabeza estaba fría como una cuchilla: tenía una misión que no acababa de comprender por completo, solo sentía la punzada en el pecho que me decía que debía impedir que esa farsa siguiera adelante. Levi estaba en el altar. No sabía nada; no podía saberlo. Lo único que podía hacer era poner mi cuerpo entre esa mentira y la verdad.

Cuando avancé hacia el centro del pasillo, las cámaras me buscaron como si yo fuera la noticia del día. Una luz intensa me cegó por un segundo y sentí el calor de los focos sobre la piel. La ceremonia se detuvo: el sacerdote enmudeció, las bocas alrededor se abrieron y por un instante todo fue silencio absoluto. No esperaba que la atención fuera tan inmediata. Mi corazón latía como si quisiera escapar.

Alcé la voz con la rabia comprimida de meses. "¡Detengan la boda!" —salió rasgado, claro, sin teatro—. Fue un grito que no solo rompió el protocolo, rompió el velo que había cubierto aquella sala por tanto tiempo. Creí que sería una escena de confrontación y que nada más pasaría; creí que con eso habría cumplido. No sabía lo que vendría después.

De pronto, las grandes pantallas detrás del altar cobraron vida sin aviso. Una proyección brutal cayó sobre la iglesia: imágenes crudas, directas, sin cortes suaves ni misericordia. Vi a Kenny Ackerman en primer plano, riéndose mientras hombres arrastraban a un grupo de personas a un patio trasero —vídeos con fecha y hora—. Las tomas cambiaron rápido: una camioneta que explotó junto a un campamento de ayuda, cuerpos quemados cubiertos con mantas raídas; fotografías que mostraban a Kenny con las manos manchadas de sangre, junto a placas de identificación de víctimas —"Capitán Rojas", "Doctora Maia", "Familia Vega"— cuyos rostros yo había visto en carteles de desaparecidos. En otra secuencia, un vídeo de cámaras de seguridad mostraba a hombres de Kenny obligando a un grupo de jornaleros a firmar documentos mientras otro los apuntaba con una pistola; los hombres que se negaron aparecían después en morgues anónimas.

La proyección no se detuvo ahí: una serie de clips mostraban a Kenny en encuentros clandestinos con un hombre de traje que parecía sacado de carteles de campaña. Lo presentaron con nombre y cargo: Sr.Ral, candidato a la presidencia y padre de Petra. Los videos mostraban apretones de manos tras mesas rebosantes de sobres, transferencias registradas, llamadas interceptadas donde se discutían favores y contratos públicos a cambio de silencio. En una grabación se oía la voz de Kenny: "Nos encargamos del resto, Horacio. Nadie sabrá." Y acto seguido, imágenes de lo que parecía una reunión donde se decidía quién callaría y quién desaparecía.

Sentí que me faltaba el aire. No había imaginado que sacar mi voz fuese a encender todo eso; pensé que solo habría gritos, que me echarían, tal vez me arrestarían, pero jamás había esperado la avalancha de evidencia. Los rostros en la iglesia se transformaron: asombro, negación, llanto; algunos se llevaron manos a la boca, otros vomitaron en el pasillo. Petra quedó pálida, como si la proyectada traición se le hubiera incrustado en el pecho. Levi —en el altar— sostenía la mano de Petra con fuerza, sin saber que la red se cerraba a su alrededor.

La pantalla mostró pruebas que dolían en lo más íntimo: registros médicos que probaban la manipulación de incidentes, videos de asesinatos maquillados como "accidentes", contratos públicos firmados a nombre de empresas fantasmas que desviaban fondos de hospitales y refugios. Hubo una toma en la que la cámara enfocó, en primer plano, unas llaves ensangrentadas y una nota: "Por los que no se atreven a hablar." No pude evitar que un grito ahogado se me saliera, una mezcla de furia y alivio: la verdad que había buscado con rabia estaba allí, masticándose delante de todo el país.

Entonces las luces se apagaron de súbito. La proyección terminó con un último fotograma: la imagen de Kenny sonriendo ante la cámara, y debajo, en letras grandes, EVIDENCIAS PRESENTADAS EN VIVO — TRANSMISIÓN NACIONAL. Por un segundo la oscuridad me envolvió y pensé que alguien había cortado la energía, pero mi respiración me dijo que aquello ya no era sólo un show; era un punto de no retorno.

En ese silencio posterior, la televisión —la transmisión nacional— recogió todo y lo difundió de inmediato. No había manera de esconderlo: vimos el emblema del canal y la confirmación en directo, y supe que cada ciudadano con un televisor y un teléfono ya estaba viendo lo que yo acababa de arrojar al aire sin saberlo. Mi estómago se revolvió. ¿Había imaginado ser la chispa? ¿O acaso había sido usada? No importaba; lo que importaba era que la verdad quemaba el barniz que cubría a aquellos hombres.

En el instante en que las últimas palabras en pantalla desaparecieron, la puerta principal se abrió con violencia y hombres con uniforme se deslizaron dentro, sabian que varios de ellos eran mis compañeros, tropas con equipo táctico, rostros duros y órdenes claras.¿ Así que este era el pla de Erwin?.

 Sus unidades encubiertas irrumpieron en el área como una marea que barre todo a su paso. Algunos entre la multitud intentaron huir; otros se quedaron petrificados. Yo me planté en medio del pasillo, con el pulso a punto de estallar, observando a los soldados tomar posiciones y pedir calma mientras un oficial con el rostro grave pronunciaba: "Por orden judicial, todos deben mantener la calma y colaborar." Yo si estaba armado, a pesar de ser una boda la mayoria de los presentes pertenecia a  los cuarteles de la zona y allegados a kenny, junto con sus familiares. 

No tuve tiempo de procesar más. Alguien gritó: "¡Kenny Ackerman, aléjese de la zona!" Y entonces lo vi: Kenny se levantó de su asiento con esa sonrisa helada que siempre tuvo, como si el mundo entero fuera un tablero que él dominaba. Pero en los ojos me ardía una promesa que no entendía: aunque hubiera sido la chispa, ahora era la diana. La gente me señalaba, me miraba con mezcla de agradecimiento y miedo.Mientras que el lado de kenny disfrutaba mirarme con odio y sacar sus armas.

La operación había comenzado. Y mientras los soldados de Erwin cerraban filas y comenzaban a interrogar y asegurar pruebas, yo me quedé allí, mirando a Levi, quien parecia alterado, por lo que saque mi arma listo para entrar en acción.

POV LEVI

El corazón me latía como si fuera a reventarme el pecho. Apenas vi a Eren moverse hacia el altar, corrí entre los pasillos abarrotados, esquivando empujones y miradas sorprendidas. Pero antes de alcanzarlo, una mano firme y brutal me detuvo: la de mi padre.

—¿Hasta dónde piensas llegar, Levi? —su voz grave me atravesó como un cuchillo.

No lo pensé dos veces. Mi arma ya estaba en mi mano, y la suya apuntando directo a mí. El disparo resonó primero de su lado, luego del mío. El eco rebotaba contra las paredes, mezclado con los gritos de los invitados que corrían despavoridos. El altar, que debía ser símbolo de unión, se convirtió en un campo de guerra.

Eren,  se mantuvo de pie. Lo vi sacar su arma, apuntando a los hombres que comenzaron a rebelarse bajo las órdenes de Kenny. Sus ojos brillaban con rabia y miedo, pero aun así no retrocedía.

—¡Atrás, malditos! —gritó, su voz quebrándose apenas, mientras disparaba contra los primeros que se abalanzaban hacia él.

Todo fue un caos. Los invitados escondiéndose bajo las bancas, el sonido ensordecedor de los disparos, y yo luchando con mi propio padre mientras trataba de protegerlo.

Entonces, Kenny.

Lo vi levantarse entre el humo y los cuerpos, imperturbable, como si nada hubiera pasado. Esa maldita sonrisa suya me heló la sangre.

—Así que este era tu plan, ¿eh? —murmuró, casi divertido, antes de apresurarse directo hacia Eren.

En un segundo, lo tomó por sorpresa y lo golpeó con tanta fuerza que lo vi desplomarse.

—Todo por tu culpa, maldito homosexual —escupió, las palabras cargadas de veneno.

Algo dentro de mí se quebró. Un rugido salió de mi garganta mientras me lanzaba sobre Kenny, descargando golpes y disparos sin importar el caos que se desataba alrededor. La balacera ya era imparable: hombres cayendo, otros gritando órdenes, el humo cubriéndolo todo.

Pero Kenny, maldito zorro, supo cómo girar la situación. Entre el desorden, lo vi arrastrar a Eren, inconsciente y sangrando, fuera del altar.

Y yo, gritando su nombre, apenas podía abrirme paso entre el fuego cruzado.

_¡¡Eren!!_ Temble por el estado en que paso todo aquello y dentro de mi, lo peor de todo es que mi mente solo  podia repetir una y otra vez "Me voy a volver loco, como alguien pudo tomar a mi Eren, no puedo creerlo voy a matar a ese bastardo si es que le toca siquiera un pelo."


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Hola como les dije iba a actualizar esta obra, pero me pidieron que la continuase y aqui esta espero les guste.

Voten y comenten :D 

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