Capítulo 59

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POV ERWIN

Habíamos armado la red como quien prepara un teatro: escenas, entradas, una iluminación que no perdonaría sombras. Pero no era simple espectáculo; era justicia. La boda servía de coartada, el altar de escenario, y la transmisión nacional de altavoz implacable. Si exponíamos a Kenny en cualquier otro lugar, lo sepultarían con dinero y violencia. Aquí, con millones de ojos y micrófonos apuntando, la verdad tendría patas para correr.

Eren era la ficha que faltaba en nuestro ajedrez. No por azar lo incluimos; lo escogimos porque él haría exactamente lo que necesitábamos: irrumpir, confrontar, provocar un foco mediático imposible de ignorar. Su temperamento, su incapacidad para quedarse callado frente a la injusticia, su dolor por lo que se le había hecho... todo eso garantizaría que las cámaras giraran hacia él y que la gente prestara atención. Sin su protesta pública, la proyección se habría quedado en un rincón del salón, y el juicio moral que esperábamos no habría prendido.

Lo expliqué mil veces al equipo: la operación dependía de dos acciones simultáneas y distintas. Primero, la intervención emocional —Eren interrumpiendo la ceremonia con un "Yo me opongo" que ardiera en la transmisión—; segundo, el golpe informativo —las pruebas proyectadas al instante en las pantallas y en directo a las cámaras nacionales—. La idea era simple y letal: que la palabra y la imagen se unieran en el momento justo para que la gente viera y comprendiera. La rabia del público funcionaría como catalizador; la crítica viral sería el veredicto público antes de que los jueces administrativos intentaran enterrar las pruebas.

Había otros motivos, personales y más fríos, que me empujaban a hacerlo ahora. Kenny no era únicamente un monstruo para Eren y para Levi; era un nodo de corrupción que fracturaba todo lo que intentábamos construir. El político que lo protegía se alimentaba de pactos con las altas esferas y de contratos que asfixiaban a la milicia y a la ciudadanía. Desenmascararlos era desmantelar una red que ponía en riesgo vidas y desviaba recursos esenciales. Si dejábamos pasar esta oportunidad, el daño sería irreparable y se multiplicaría.

Por eso la operación no podía tolerar filtraciones. Levi era una variable demasiado volátil: su vínculo con Eren y la presión directa de Kenny lo convertían en un peligro para el plan si se enteraba. Kenny no había sido sutil con sus amenazas; las palabras que soltaban sus hombres, la forma en que los ojos de su padre —Kenny— recorrían la sala cuando Levi entraba, todo apuntaba a que usarían a Levi como palanca. Si supiera que planeábamos usar la boda para acusarlos, lo intentarían aislar, chantajear, o peor: convertirlo en el chivo expiatorio para que el público creyera en una farsa. Así que, por dolor que me causara la mentira, por el bien mayor, Levi no debía saber.

Mantenerlo fuera requería actuar con delicadeza. Le di una coartada; le pedí que mantuviera la compostura y que siguiera el guion que él mismo había aceptado, porque necesitábamos su presencia como señuelo. Sin embargo, en mi interior temía que ese mismo guion se rompiera por la furia de un hombre que se sentía acorralado. Para mí, su silencio era un sacrificio; pero un sacrificio necesario si queríamos que las piezas caigan en su lugar sin que Kenny tuviera tiempo de recomponer la fachada.

El engranaje estaba calibrado: técnicos en la cabina de transmisión listos para cortar la señal cuando fuera necesario, abogados con copias de las pruebas para entregar a la prensa, y soldados vestidos de civiles que, cuando yo diera la señal, entrarían con órdenes de arresto para proteger a testigos y asegurar el acceso a pruebas físicas. Todo debía ocurrir en menos de un minuto. Si fallaba una sola pieza —si Levi se veía comprometido o si Kenny logró silenciar la transmisión—, se nos escaparía. Y si eso pasaba, no solo perderíamos la oportunidad; pondríamos a Eren y a todos los que se atrevieran a oponerse en peligro mortal.

Guardé la parte más dura para mí: el conocimiento de que, cuando Eren gritara, expuesto, y Levi estuviera en el altar con la mano ocupada por juramentos que no sentía, los ojos del mundo mirarían. Yo sería quien dictara el programa de imágenes que caería sobre ellos. Sería un juez sin toga, un general con pantalla en vez de trinchera. Y mientras todos miraran hacia la evidencia proyectada, confiaría en que la indignación colectiva haría lo demás: protegería a los débiles, buscaría respuestas y obligaría a los cobardes a mostrarse.

La noche anterior repasé cada detalle junto a Armin. Revisé la ruta de escape, el contacto con la prensa honesta, la lista de testigos que necesitábamos proteger, y los lugares donde esconder los documentos originales. También ordené discretos refuerzos médicos: si las cosas se salían de control, nadie había previsto el precio de las heridas en nombre de la verdad. No deseaba sangre, deseaba luz. Pero sabía que donde hay luz también hay quemaduras.

A la mañana siguiente, cuando la iglesia se llenó de trajes y cámaras, mi respiración estuvo más calmada que la de muchos. Porque el plan ya no dependía de mi temblor: dependía de la determinación de un joven que llevaba en su vientre la furia de todo lo que le habían arrebatado, y de mi capacidad para encender la mecha en el momento exacto. Eren sería la voz que despertaría a la nación. Levi, por dolor que sintiera, sería la sombra inmóvil que las amenazas habían forjado. Y Kenny... Kenny se creía intocable. Esa confianza sería su ruina.

Solo necesitábamos que Eren tuviera el valor de interrumpir. Y por primera vez en semanas, me permití una certeza fría: él lo haría. Sn embargo no imagine lo que pasaría después de tanto tiroteo discusiones y peleas solo podía observa a Levi desde lejos, con sus ojos oscuros y sin vida y la pregunta que rondaba en mi  cabeza es ¿Donde estaba Eren Jaeger?

POV LEVI

El nombre de Eren aún resonaba en mi garganta cuando lo vi desaparecer entre las manos de Kenny. Una cortina de humo y disparos lo tragó todo, y algo dentro de mí se rompió en mil pedazos.

Ya no importaba quién estaba frente a mí, aliado o enemigo.
Solo veía obstáculos.
Solo veía culpables.

Mi dedo apretaba el gatillo una y otra vez. El retroceso del arma se convirtió en un ritmo frenético, una música macabra que acallaba los gritos. Cada bala que disparaba iba cargada de rabia, de desesperación, de la enfermiza obsesión que me quemaba las entrañas.

Los cuerpos caían a mi alrededor como muñecos de trapo, ni siquiera sabia si eran de los míos, o quizas si lo sabía... pero no me importaba. Nada importaba si Eren no estaba. Solo queria que me abriera paso hacia Eren pero no lo logré.

La sangre se mezclaba con el eco de mi respiración entrecortada.
El olor a pólvora me arrastraba de nuevo a la infancia, a las noches húmedas en aquel cuartel maldito, al sonido metálico de la navaja de mi padre, a los sollozos de mi madre justo antes de ser silenciada.

De pronto, el estruendo se detuvo. O quizás yo ya no escuchaba nada. Mi mirada temblaba, fija en el vacío, mientras mis manos aún apretaban el arma como si fuera parte de mí.

Entonces vibró mi bolsillo.

Un mensaje.

Con manos ensangrentadas lo saqué. El remitente... mi padre.
Las palabras se grabaron en mi mente como fuego:

"Te espero en el lugar donde todo comenzó. En el cuartel. El mismo donde viste morir a tu madre."

Sentí un nudo en la garganta. Ese lugar... aquel infierno donde me quebraron de niño, donde su sombra me aplastó hasta hacerme cenizas. El mismo cuartel donde su mano cruel no solo me arrebató a mi madre, sino también la poca humanidad que me quedaba.

Mis dedos temblaban sobre la pantalla.
Mi respiración se volvió un jadeo frenético.

Sabía lo que eso significaba.
Sabía que si iba... no volvería a salir siendo el mismo.

Y sin embargo, no podía negarme.

Porque en el fondo, ese lugar no era solo la tumba de mi madre.
Era la tumba de todo lo que yo fui antes de Eren.

...

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