Capitulo 62

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POV Eren

El aire olía a hierro. A sangre.
El grito ahogado de Levi me cortó la respiración, pero lo que realmente me heló fue su mirada.
Esa expresión —la misma que vi en el cuartel aquella noche en que perdió el control— volvió a cruzar su rostro. Una mezcla de furia y vacío. Como si el dolor de su pierna le hubiese arrancado el alma y dejado solo el instinto más puro... y más peligroso.

Levi... no... no otra vez.

Pude ver cómo su cuerpo temblaba, no solo por el dolor, sino por algo más profundo, algo que lo descomponía desde adentro. Sus ojos se nublaron, y por un instante, juro que no parecía él.
El silencio de los demás era una carga insoportable, como si todos estuvieran esperando que él explotara.

Yo sabía que debía moverme, tenía que aprovechar ese momento, ese instante en el que las miradas estaban fijas en Levi, en su herida, en su rabia.
Las cuerdas en mis muñecas estaban cubiertas de sudor y sangre seca. Llevaba rato frotándolas, una y otra vez, buscando el punto donde cederían.
Cada vez que alguien hablaba, yo aprovechaba para tensar mis manos, para torcer un poco más las fibras.

Desátate, maldita sea... muévete...

Podía sentir el ardor en la piel, la carne cediendo antes que la cuerda, pero no me detenía. No podía.Porque mientras Levi respiraba con dificultad, con esa mirada que lo devoraba todo, yo sabía lo que venía.Y si no me soltaba antes de que él estallara... no quedaría nadie para detenerlo.

El sudor me quemaba los ojos, el corazón me golpeaba el pecho.
Y entre la respiración entrecortada y el eco del dolor de Levi, juraría que escuché su voz... temblando, rota, como la de un niño que no quiere volver a perderlo todo.

Fue ahí cuando la cuerda cedió un poco y yo, con las manos aún entumecidas, supe que el tiempo se había terminado.La rabia me quemó por dentro como ácido. No era sólo el dolor que me recorría la pierna ni las marcas en la piel; era ver cómo me convertían en carnada, un trofeo que Kenny blandía para encender la furia de Levi y así aplastarlo bajo su control. Sentí náuseas de impotencia: cada palabra de Kenny, cada sonrisa suya, clavaba una daga más en mi pecho. Me usaba para inmovilizar al único que me había sostenido —o pretendía sostenerme—; me usaba para que Levi no se moviera, para que mis gritos quedaran atados a su voluntad.

—Suletalo _ solto Levi al verme en tal  estado

—Oblígame... oh, perdón, no puedes —dijo Kenny con una voz que saboreaba la humillación—. Si das un paso más lo mato. Aunque bien sabes que no es mi estilo.

La promesa de Levi retumbó en el cuarto como un martillo: —Juro que te mataré. —Su voz era una amenaza pura, cargada de la intemperie que lo habita cuando se quiebra.

Kenny no perdió la calma; al contrario, se alistó con tranquilidad, como quien prepara un truco final. Vi cómo sacó la pistola y la apuntó, despacio, con esa sonrisa que olía a enfermedad. El frío del metal resonó en mi frente antes de que la desesperación tuviera tiempo de pensar. En mi pecho se abrió un hueco enorme: supe, con una claridad terrible, que si no conseguía más tiempo, si no lograba distraerlo siquiera un segundo, él me mataría sin dudar.

La idea de mi hijo me explotó en la cabeza como una orden sagrada. No podía morir. No podía dejar que esa vida se apagara en manos de ese monstruo. Respiré con esfuerzo, apreté los ojos y lancé la única verdad que podía usar como escudo y mentira a la vez:

—¡No lo haga! ¡No me mates! —grité con todo lo que me quedaba—. ¡Tendré a su nieto, estoy embarazado!

Kenny ladeó la cabeza, divertido y claramente satisfecho de la jugada. Se acercó un paso más, olfateando la victoria.

—¿Así, maldito anormal? Entonces es cierto que eres raro. —Su tono no buscaba piedad; buscaba humillación, confirmación de poder.

En ese segundo, entre el vértigo del arma contra mi frente y la respiración rota de Levi, sentí cómo el mundo se estrechaba a un hilo de esperanza y mentira —y supe que todo pendía de si aquella palabra bastaba para detener la mano que apretaba el gatillo.

¿Me mataría ?¿Mataría a su nieto?

¿Lo mataría por demostrar que puede arrebatarlo todo? Lo más probable era que sí. Y aun así, en algún lado dentro de mí, una parte se negó a dejar que el miedo me devorara por completo. Si iba a morir, quería hacerlo peleando por esa vida que llevaba conmigo.

—Sí —dije, con voz rota pero desafiante—. Yo puedo procrear, y tengo la sangre de los Ackerman en mi vientre.

Kenny inclinó la cabeza como quien disfruta de un espectáculo grotesco. Sus dedos rozaron el seguro de la pistola y su sonrisa se volvió aún más fría.

—¿Cómo sé que no me mientes? —masculló, con malicia—. ¿Qué tal si te mato y te abro el vientre... para verificarlo? —se rió, una carcajada corta y cruel que rebotó en las paredes de aquel cuarto húmedo.

En ese instante la cuerda que ataba mis muñecas terminó de ceder con un chasquido seco. Fue como si el mundo me devolviera el aliento. Mis manos habían estado sangrando por el roce, pero ahora eran libres.

—Hazlo si puedes, imbécil —gruñí, y salté con la furia pegada a las venas. Le di un puñetazo en la cara con todo lo que tenía; la adrenalina me convertía en algo bruto y rápido. Di dos golpes más que él, por instinto, alcanzó a esquivar con esa agilidad repugnante que siempre tuvo.

Kenny, divertido, me miró como quien examina un juguete que sabe que puede romper cuando quiera.

—Eres bueno moviéndote. ¿También te mueves así en la cama? —dijo, la provocación colándose en su voz.

Antes de que pudiera replicar, clavó un golpe directo en mi estómago. El golpe me dejó sin aire; todo se redujo a un zumbido. Sentí el mundo inclinarse hacia adelante y una voz pequeña, mitad miedo, mitad plegaria, brotó en mi cabeza:

—Mi bebé...

La visión de esa vida tan frágil me atravesó como una lanza; todo el miedo se volvió coraje oxidado. Justo cuando Kenny se preparaba a asestar otro golpe, una figura se lanzó entre nosotros como una sombra de acero.

—Antes de tocarlos, tendrás que pasar sobre mí, Kenny —dijo Levi, la voz cavernosa y cortada por la rabia, tan firme como un juramento.

Su mera presencia fue una barrera. Kenny chilló una risa corta, alzó la pistola y apuntó de nuevo, pero el intercambio fue el preludio de algo mayor: el aire se tensó, los ojos de Levi ardieron con ese fuego que había visto solo en los peores recuerdos del cuartel. Por un instante todo pareció congelarse —el latido de la sangre, el ruido de las balas lejanas, mi propio aliento— mientras los dos hombres se evaluaban como dos depredadores calculando el siguiente movimiento.

Se miraron. Kenny con la calma de un despiadado que disfruta la certeza del daño; Levi, cuya rabia había nublado la razón, ahora mostraba una extraña claridad: había en su mirada una intención fría, consciente, como si por fin hubiera decidido qué tanto estaba dispuesto a perder. Durante un segundo, se apuntaron el uno al otro, las armas temblando entre sus manos.

Y entonces, casi al mismo tiempo, las dejaron caer. Un choque sordo cuando el metal golpeó el suelo, una decisión tácita escrita en la tensión que quedaba en sus cuerpos. Saltaron el uno sobre el otro sin más preámbulos, abandonando las pistolas para enfrentarse cuerpo a cuerpo, y el cuartel se convirtió en un campo de lucha donde cada golpe era una palabra de un juicio que nadie más podía dictar.


...

espero les haya gustado

bye

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⏰ Última actualización: Oct 06, 2025 ⏰

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