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0.27 Baby

📍 Monte-Carlo, Mónaco

🗓️ 30 de abril

El sol apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas del departamento, tiñendo de tonos dorados el pequeño espacio que ahora se sentía más lleno, más vivo. El llanto de Theo —que ya se había vuelto la música diaria de sus días— resonaba por el pasillo. Lando salió de la habitación del bebé, cargándolo con ternura entre los brazos, balanceándolo ligeramente en un intento por calmarlo.
Alora apareció detrás de él, arrastrando una maleta. La imagen le rompió un poco el corazón.

—No puedo creer que tenga que irme ya —murmuró Lando, con un puchero que hizo sonreír débilmente a Alora—. Apenas pasó una semana desde que nació Theo. Desearía poder quedarme aquí contigo. Con los dos.

Ella cruzó la distancia entre ellos y, con una mano libre, acarició la mejilla de su novio, un gesto lleno de cariño.

—Yo también quisiera que te quedaras —dijo—, pero sabes que así es este mundo. Y no tienes nada de qué preocuparte.
—¿Segura? —preguntó él, apretando un poco más a Theo contra su pecho.

—Pato e Isa ya se instalaron. No voy a estar sola —aseguró Alora, sonriendo con más convicción—. Además, tú vas a volver en nada. Solo son unos días.

Lando la miró, aún dudoso, como si pudiera memorizarla en cada detalle antes de cruzar la puerta.

—Te voy a llamar a cada rato —advirtió.

—Lo sé —rió ella—. Y yo te voy a mandar mil fotos. Theo va a crecer tanto en una semana que no vas a reconocerlo cuando regreses.

Ambos rieron suavemente, aunque el nudo en sus gargantas era evidente.

Lando dejó un beso largo en la frente de Alora, y luego otro en la diminuta cabeza de Theo, antes de finalmente soltar un suspiro resignado y tomar su maleta.

—Te amo —le susurró a Alora.

—Te amo más —respondió ella.

Lando se giró una última vez en la puerta. Theo había dejado de llorar y miraba a su padre con ojos enormes y curiosos, como si entendiera que algo estaba pasando.

Alora cerró la puerta, apoyó la frente en la madera por un instante... y luego se giró para enfrentar su nueva rutina. Miro hacía el bebé que descansaba en sus brazos, admirando el parecido que tenía con su novio. Sus ojitos, azules que tanto amaba de su novio. Y se dio cuenta que ahora tenia una mini copia de él. Tan solo esperaba no hubiera heredado su carácter.

—Bueno, campeón —le dijo a Theo, acomodándolo contra su pecho—. Somos tú y yo, bebé.

Pronto, el sonido de la puerta resonó de nuevo. Y la cabellera rubia de su mejor amiga apreció con Pato detrás de ella. Ambos cargaban bolsas en sus brazos, y sonrisas amables en sus caras.

RUNNING      [Lando Norris]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora