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0.30 Playa, pareja... fiesta


📍 Niza, Francia

🗓️ un mes después

8 de julio

El viento jugaba con los mechones sueltos del cabello de Alora mientras su mano, cálida y segura, seguía entrelazada con la de Lando. Ambos contemplaban el horizonte desde uno de los miradores más altos de la ciudad, con una vista directa del mar que se fundía con el cielo. Para sorpresa de ambos —o quizás solo de Alora— el lugar estaba completamente despejado. Como si la ciudad hubiera decidido regalarles ese instante solo para ellos.

El sol comenzaba su lenta caída, tiñendo el cielo con una mezcla perfecta de naranjas, rosados y azules que se reflejaban sobre las aguas tranquilas del Mediterráneo. Alora se apoyó contra el barandal, permitiéndose simplemente observar, respirar, existir. Sentía el aire salado en la piel, la brisa que acariciaba su vestido, el calor suave del cuerpo de Lando a su lado.

Era uno de esos momentos que no necesitan palabras. Que bastan por sí solos.

Después de unos minutos en silencio, notó por el rabillo del ojo cómo Lando soltaba su mano y se alejaba unos pasos. No se molestó en mirarlo; no porque no le importara, sino porque la escena frente a ella —la inmensidad del mar, el murmullo lejano de las olas, la paleta de colores del cielo— la tenía hechizada.

Pasaron algunos instantes más, hasta que un suave carraspeo rompió la quietud.

—Alora —dijo Lando, su voz firme pero con ese matiz tembloroso que ella conocía bien.

Entonces, se giró.

Y lo vio.

Lando estaba de rodillas frente a ella. Su camiseta blanca ondeaba suavemente con el viento del atardecer. En su rostro, una sonrisa temblorosa, nerviosa... pero sus ojos —esos ojos— no dejaban lugar a dudas. Brillaban con ese destello que solo podía significar una cosa: Alora.

—Mi amor —dijo, y su voz ya se quebraba antes de que una lágrima cayera sin permiso—... desde aquel primer viaje, desde el instante en que te vi, no he podido pensar en nadie más. No he querido pensar en nadie más.

Respiró hondo, como si necesitara sostener el momento con todo su cuerpo.

—Eres lo mejor que me ha pasado. Eres la razón por la que, en cuanto acaba un Gran Premio, quiero correr al aeropuerto. La razón por la que quiero llegar a casa, aunque haya tenido el peor día... o el mejor. Quiero celebrar contigo mis triunfos, sí, pero también necesito que seas tú quien me abrace en las derrotas.
Hizo una pequeña pausa, tragando el nudo que se formaba en su garganta.

—Eres la razón por la que freno en cada curva. La razón por la que sonrío sin explicación. Eres mi paz. Mi hogar. Eres el amor de mi vida. Mi mejor amiga. La madre de mi hijo... mi compañera.

RUNNING      [Lando Norris]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora