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0.28 dinners, friends, home

📍 Monte-Carlo, Mónaco

🗓️ 10 de mayo

Desde el momento en que pusimos un pie en suelo monegasco, los chicos no dejaron de insistirme para que llamara a mi Alo. Rendirme fue inevitable.

Así que, mientras esperábamos junto a la cinta de equipaje, me dejé caer en una de las bancas del aeropuerto y marqué su número. No tardé en notar cómo todos se agrupaban a mi alrededor, más atentos que nunca, expectantes a escuchar cualquier palabra de la conversación.

El teléfono sonó un par de veces antes de que su voz, esa que podía hacerme sonreír sin importar lo cansado que estuviera, llenara la línea.

—Hola, amor —saludó ella con dulzura—. ¿Ya llegaron a Mónaco?

—Sí, justo estamos esperando a que salgan las maletas —le respondí, recargando la cabeza contra la pared detrás de mí, solo con escucharla ya me sentía en casa.

—¿Cómo estuvo el vuelo? ¿Dormiste algo? —preguntó, mientras de fondo se oía un suave gorjeo. Theo, seguro.

—Dormí un poco —mentí descaradamente, sabiendo que ella detectaría mi voz cansada al instante.

—Mentiroso —rió suavemente—. ¿Theo y yo vamos por ti?

Miré a los chicos, que alzaron las cejas emocionados como si fueran a asistir al evento del año. Sonreí negando.

—No hace falta, amor. Vamos directo al departamento. Además, ya tengo aquí a medio paddock queriendo conocer a nuestro campeón.

—¿Así de desesperados están? —se burló ella, y pude imaginar su sonrisa, esa que me perdía.

—Tú no tienes idea —dije, lanzando una mirada a Carlos, Max y Charles, quienes asentían exageradamente como si les fuera la vida en ello—. Parece que los que compitieron fueron ellos, no yo.

Ella rió de nuevo, y juro que hasta las maletas se sintieron más ligeras.

—Entonces aquí los esperamos. Pato e Isa están haciendo de comer, pero si son muchos puedo pedir comida —dijo—. Y Theo tiene su mejor outfit listo para conocer a sus tíos.

—No me los emociones más —bromeé, poniéndome de pie justo cuando anunciaron la llegada de nuestras maletas—. Oye, ¿entonces no hay problema con que los lleve?

—Por supuesto que no —respondió enseguida—. Solo dime cuántos son para estar preparada.

—Viene Max, Oscar, Carlos, Charles... —empecé a enumerar, mirando de reojo a los chicos que ya parecían niños en víspera de Navidad—. ¿Y Rebe y Alex también van? —pregunté, girándome hacia ellos en busca de confirmación.

Ambos asintieron entusiasmados.

—Sí, van las chicas también —le confirmé a Alora, sonriendo de lado.

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