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0.29 New Home

📍 Cap-d'Ail, Francia

🗓️ un mes después


El sol brillaba alto en el cielo despejado, como si celebrara con ellos el inicio de esta nueva etapa. Alora sonreía amplia, su rostro iluminado mientras sostenía a Theo contra su pecho, arrullándolo suavemente. Detrás de ella, Lando bajaba del coche, con la última caja apretada entre los brazos.

Un símbolo: oficialmente ya se habían mudado.

Había desorden, claro. Cajas amontonadas en la sala, cuadros aún sin colgar, ropa desperdigada entre las habitaciones, utensilios atrapados en papel burbuja. Pero todo eso no importaba.
Porque por fin, esta era su casa.

—Voy a llevar a Theo a su cuarto —anunció Alora, girando un poco para mirarlo por encima del hombro. Su voz suave, pero llena de promesa.
Lando le dedicó una sonrisa ladeada, esa que reservaba solo para ella.
—Te espero aquí —respondió, dándole un guiño—. En cuanto termines, te secuestro para ordenar juntos.

Alora rió entre dientes y subió las escaleras con pasos medidos, cuidando no despertar a Theo, que ya cabeceaba medio dormido.

El pasillo del segundo piso aún olía a pintura fresca y madera nueva. Al llegar a la puerta entreabierta, la empujó suavemente, revelando el cuarto que ya se había convertido en su lugar favorito.


Las paredes crema, el mural pintado a mano: un océano vibrante, con tortugas, delfines y peces de colores. Frente a él, la cuna clásica en tonos marfil y azul claro, rodeada de cojines suaves y detalles dorados.
De un lado, los armarios gigantes ya rebosaban con ropa diminuta y juguetes que habían recibido los últimos días. Un sillón, perfecto para las madrugadas difíciles, reposaba junto al cambiador de pañales, donde todo estaba perfectamente ordenado.
Y en el centro, la alfombra en forma de circuito de carreras —idea de Lando, por supuesto— aportaba un toque juguetón, como una firma silenciosa suya en el espacio.

Alora se inclinó con cuidado, dejando a Theo en su cuna. Lo arropó con movimientos suaves, asegurándose de que su pequeño pecho subía y bajaba tranquilo. Cuando estuvo segura, subió los barrotes y rozó su mejilla con la del bebé antes de apagar la luz principal y dejar solo la lámpara nocturna encendida.

De nuevo en la planta baja, la casa vibraba con un murmullo nuevo: vida. Alora, al no encontrar a Lando en la sala, se guio por el oído. Sonidos venían desde la cocina.

Lo encontró allí, con los auriculares puestos, tarareando bajito mientras sacaba cucharones y sartenes de una caja, acomodándolos en los cajones. Estaba despeinado, con la camiseta pegada al torso y aire concentrado que lo hacía adorablemente serio.

Ella apoyó el hombro en el marco de la puerta, observándolo en silencio durante unos segundos. Su pecho se llenó de una calidez inmensa. Esto era real. Esta era su casa. Su familia.

Alora carraspeó para llamar su atención, y Lando se giró de inmediato, apartándose un auricular.

—¿Ya se durmió? —preguntó con una sonrisa pequeña pero luminosa.
—Como un angelito —respondió ella, cruzando la cocina para abrazarlo por la cintura—. Y tú, ¿te volviste chef de repente?
—Estoy marcando territorio —bromeó, señalando las sartenes—. Esta es mi cocina ahora.

Ella soltó una risa suave contra su pecho.

—¿Sabes qué? —susurró Lando, bajando la voz—. Entre las cajas, el desorden y el caos... nunca me había sentido más en casa.
Alora levantó la mirada hacia él, sus ojos brillando.
—Yo tampoco.

RUNNING      [Lando Norris]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora