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La primera vez que había estado en la cárcel fue cuando tenía dieciocho años. El recuerdo era borroso y extraño, desdibujado por los años subsecuentes en los que, evidentemente, no había aprendido la lección sobre cómo comportarse y, más importante, a dejar de meterse en problemas por culpa del alcohol.

Todo siempre empezaba bien. Era divertido al inicio, cuando todos se reían de sus bromas, de sus trucos de magia y le pedían que cantara. Sus tambaleos eran parte de la broma y sus comentarios no estaban hechos para tomarse en serio... Al menos hasta que cruzaba la delgada línea, el límite que era invisible para él y todo lo divertido se volvía en su contra.

La primera vez, sin embargo, lo habían encerrado por agredir al dueño del coche al que había intentado subirse, alegando que era suyo. Así que agresión e intento de robo fueron las primeras manchas en lo que sería un registro sucio y cuestionable.

Husk entraba y salía como si se tratara de un hotel. "Las peores vacaciones" solía decir en cuanto alguien le preguntaba al respecto. Cualquiera pensaría que los meses, los años de encierro le enseñarían a quedarse al margen pero aquello empezó a volverse una rutina. Él bebía, bebía tanto que perdía la razón y eventualmente regresaba a usar uniforme naranja.

Y estando dentro no era mejor.

Husk no tenía acceso al alcohol pero sí a las apuestas. Y eso le gustaba casi tanto como un vaso de whisky bueno.

Apostaba en peleas de reclusos, en las cartas maltrechas que todos compartían, inventaba juegos de azar e improvisaba ruletas y dados con lo que tenía a la mano. Tenía un sistema tan bien elaborado que lograba desfalcar incluso a los guardias.

Tenía suerte para las cosas malas.

Usualmente su estadía en prisión no duraba más allá de dos años cuando mucho. Husk nunca había hecho más que golpear a algún idiota muy bocón o a un tramposo. Gritaba peores groserías que un marinero, robaba cajetillas de cigarros o evitaba pagar las cuentas de los bares. Nunca le había hecho daño a nadie. No de verdad.

No hasta la última vez.

Las carreras clandestinas eran una novedad para él.

Algo brillante y dulce, sumamente atractivo. La adrenalina y la velocidad prometían de todo, incluso las derrotas eran estimulantes, potenciadas por el éxtasis de cruzar la meta y el olor del caucho quemado.

Los circuitos a seguir eran simples: calles solitarias a altas horas de la noche que carecían de vigilancia, aunque Husk había descubierto que algunos tramos se podían evitar usando atajos aledaños que los organizadores de las carreras no tenían en cuenta. Eso le daba una ventaja que no iba a desaprovechar.

La noche de su carrera, cuando el público ya había quedado atrás y solo eran él y su contrincante en la carretera, decidió hacer uso de uno de los atajos, desviándose hacia un túnel en desnivel que, según sus cálculos, debía sacarlo un buen tramo más adelante de su rival pero solamente si aceleraba tanto como fuera posible.

Había revisado los atajos un sinnúmero de veces... Aunque nunca se le ocurrió fijarse en el sentido de las carreteras. ¿Por qué lo haría? A esas horas era difícil que hubiera alguien transitando...

La luz cegadora de los faros lo tomó por sorpresa. Frenó pero la velocidad a la que iba era tal que las llantas patinaron sobre el pavimento como si fuera hielo resbaladizo y no alcanzó a desviar lo suficiente cuando se estampó de frente con el otro auto.

Cuando intentaba recordar lo que había pasado después del choque lo invadía una sensación desagradable que mezclaba varios malestares en uno solo y la nariz se le llenaba del olor del pavimento, el aceite de motor y la sangre.

𝗕𝗹𝗼𝗼𝗱𝗹𝗶𝗻𝗲 𝗦𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝘀 • 𝗥𝗮𝗱𝗶𝗼𝗔𝗽𝗽𝗹𝗲Donde viven las historias. Descúbrelo ahora