41. Argentina pt.2

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La cabaña tenía un pequeño sendero de tierra que conducía directo al lago.

Lo descubrimos el segundo día, después de desayunar entre risas, envueltas en pijamas ridículos —yo con uno de algodón a rayas, Billie con una camiseta enorme que decía "emo but healing"—. Estaba nublado, pero el tipo de nublado que calma en lugar de entristecer.

El aire era fresco y olía a tierra húmeda.

—¿Vamos? —me dijo Billie con esa mirada que no dejaba lugar a excusas.

Asentí.

Me puse un abrigo liviano y bajamos caminando entre ramas crujientes y hojas secas.

La vista que nos esperaba era un espejo gigante, quieto, interrumpido solo por el reflejo de las nubes y un par de pájaros despistados.

—Es más bonito de lo que imaginaba —murmuró Billie, deteniéndose en la orilla.

Me senté en una roca y me descalcé.

—¿Qué haces? —preguntó ella.

—Voy a meter los pies. Necesito sentir algo frío. Algo real.

Ella me miró con esa mezcla de ternura y sorpresa que siempre le aparece cuando hago algo sin explicarlo mucho.

Se sentó a mi lado, se sacó las zapatillas y los calcetines, y sin pensarlo dos veces, metió los pies en el agua junto a los míos.

El agua estaba helada. Un frío vivo, que dolía al principio pero luego se volvía casi placentero, como una descarga que te recordaba que seguías aquí.

Nos quedamos calladas un rato, mirando el lago.

El silencio no era incómodo. Era cómodo. Casi necesario.

—¿Piensas mucho en el pasado? —le pregunté de repente.

Billie soltó el aire despacio.

—Demasiado, sobre todo cuando estoy sola, a veces me repito cosas que dije o hice y me quiero arrancar la piel.

—A mí me pasa al revés, me repito lo que no dije, lo que me callé por orgullo o miedo.

—Qué par de tontas —dijo, sonriendo de lado.

—Ya te digo.

Y fue en ese momento, sin pensarlo, que llevé mi mano hasta la suya y la tomé.

Primero solo con los dedos, luego entrelacé los míos con los suyos, sentí cómo tensaba levemente la mano... pero luego aflojó.

Me miró, sus ojos azules tenían una intensidad suave, como un faro en la niebla, yo no dije nada.

No hacía falta.

No necesitábamos hablar de lo que eso significaba, tomar su mano no era un gesto cualquiera, era mi forma de decirle que ya no estaba en guerra con ella.

Que podía quedarme. Que estaba dispuesta a construir algo nuevo, aunque nos temblaran las rodillas.

—¿Y si nos va bien esta vez? —susurró, con una voz tan bajita que el viento casi se la llevó.

—Entonces será porque fuimos distintas. No perfectas. Solo distintas.

Ella se inclinó un poco, su frente tocó la mía, nuestros pies seguían en el agua, entumecidos, pero nadie se movía.

Yo podía sentir su respiración, el leve temblor en su mandíbula, el calor de su palma contra la mía.

—Tengo miedo —me dijo.

𝕆𝕟𝕖 𝕊𝕙𝕠𝕥'𝕤 (𝔹𝕚𝕝𝕝𝕚𝕖 𝔼𝕚𝕝𝕚𝕤𝕙)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora