47. Quédate

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Había una electricidad rara en el aire. 

Lo supe desde que me desperté.

Billie no me había dado los buenos días, solo un "hey" distraído desde la cocina mientras revolvía el azúcar en su café con una cucharilla que sonaba más a metralla que a rutina.

Y a veces es eso. 

No hace falta una tormenta para saber que va a llover.

—¿Estás bien? —le pregunté mientras me sentaba en la banqueta frente a ella.

—Sí.

Mentía.

Ese "sí" tenía un tono hueco, encapsulado en una burbuja de pensamientos no dichos, y a mí me hervía la sangre porque llevaba días así, desde que se publicó la foto, desde que la gente no ha dejado de opinar sobre nuestra historia como si les perteneciera.

Desde que yo empecé a sentirme como un accesorio incómodo en su vida pública.

—Billie, si hay algo que quieras decir, dilo. No me hagas caminar sobre cristales.

—No estoy haciéndote caminar sobre nada —replicó sin mirarme.

—¿No? Porque a mí me parece que llevamos días caminando por un campo de minas, y yo soy la única intentando desactivarlas.

Ahí me miró. Fría. Lejana. Como si de repente yo no fuese su lugar seguro, sino su detonador.

—¿Y tú crees que es fácil para mí? —dijo con una voz que ya empezaba a escalar en volumen—. ¿Crees que me está saliendo natural manejar todo esto? Los fans, la prensa, los insultos, los juicios... ¿crees que yo no lo estoy pasando mal también?

—Lo sé —respondí, conteniéndome—. Pero yo estoy recibiendo una parte de esto que tú no, tú tienes experiencia. Tienes un equipo. Yo me tengo... a mí.

—¿Y qué quieres que haga, Mía? ¿Que lo apague todo? ¿Que deje de ser yo?

—¡No! —grité—. ¡Solo quiero que me veas! ¡Que reconozcas que para mí esto no es solo una fase de exposición, es mi vida dándose la vuelta!

Ella dejó la taza con fuerza en la encimera. 

El café salpicó un poco.

—Siempre estás diciendo lo que yo no hago. Lo que yo no digo. ¿Y tú? ¿Tú hablas de lo que sientes de verdad o solo me lo sueltas cuando ya estás harta?

—Estoy harta porque no me escuchas. Porque cada vez que intento hablar de esto, te encierras en tu mierda de burbuja, Billie. Y yo no puedo entrar ahí. No me dejas.

—Pues a lo mejor no quiero que entres —escupió.

Silencio.

Pesado. Cortante. Absoluto.

Sentí que algo dentro de mí se desmoronaba con ese comentario. 

No porque fuese cruel, sino porque era sincero. 

Era una verdad que no había querido escuchar, pero que estaba flotando desde hacía semanas.

—Vale —dije en voz baja—. Entonces no lo haré.

Ella se quedó quieta. Respirando fuerte. Como si solo entonces se hubiera dado cuenta de lo que había dicho.

—Mía...

—No. Está bien. Necesito irme un par de días. A mi apartamento. Necesito aire, y creo que tú también.

—No quiero que te vayas —susurró.

𝕆𝕟𝕖 𝕊𝕙𝕠𝕥'𝕤 (𝔹𝕚𝕝𝕝𝕚𝕖 𝔼𝕚𝕝𝕚𝕤𝕙)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora