45. Luz

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Empezar a pasar más tiempo con Billie no fue una decisión exactamente meditada, simplemente... ocurrió. 

Tras todo el caos de la web, las amenazas legales, los artículos y los mensajes que seguían llegando por redes como si la gente tuviera algún derecho a opinar sobre nuestra historia, lo más lógico —y lo más humano— fue quedarnos juntas.

Una parte de mí lo necesitaba, no solo porque Billie me hacía sentir segura, sino porque su presencia me conectaba con un lado mío que había enterrado hacía años: el que se permitía amar sin miedo. O con miedo, pero de todas formas.

Nos repartíamos el tiempo entre su casa y la mía, aunque acabábamos durmiendo en su casa la mayoría de las noches, Shark se tumbaba a mi lado en el sofá mientras Billie tocaba la guitarra descalza, vestida con alguna camiseta vieja y el pelo recogido en un moño medio torcido.

A veces era tan fácil quererla que dolía.

Y otras, no tanto.

Una tarde, estábamos en la cocina preparando pasta. 

Ella insistía en que sabía hacer una carbonara de verdad, y yo, evidentemente, me reía en su cara.

—Te recuerdo que la última vez que intentaste hacer pasta sin ayuda, terminamos cenando cereales —le solté, mientras revolvía el bacon.

—Eso fue hace siglos —protestó con una sonrisa torcida—. Ahora soy una chef experta, mira esto.

Y lo vi. 

Derramando la nata líquida —que, según ella, no debía usarse jamás en una carbonara— por accidente en el bol de queso rallado.

La miré en silencio.

—¿Lo ves? —le dije—. Te has cargado el Parmesano.

—¡No es para tanto! —replicó, sacando el bol con cara de niña pillada—. Sabe bien igual.

—Billie... no puedes improvisar en todo, esto es cocina, no una jam session.

—¿Y tú siempre tienes que estar corrigiéndome?

Su tono cambió.

Me crucé de brazos, respirando hondo.

—No te estoy corrigiendo, te estoy diciendo que no puedes decirme que sabes hacer una carbonara auténtica y luego usar nata y queso del supermercado. No funciona así.

—Vale, pues hazla tú, si tan experta eres.

Soltó el cucharón en el fregadero, un poco más fuerte de lo necesario, y se cruzó de brazos igual que yo.

Durante unos segundos, ninguna habló.

Luego nos miramos... y nos reímos, porque era absurdo, porque no valía la pena pelear por pasta.

Me acerqué a ella, le toqué el brazo con la yema de los dedos.

—Perdón, no quería parecer mandona —susurré.

Ella asintió.

—Y yo no quería parecer una cría, supongo que convivir es... esto también, ¿no?

—Sí. Discutir por tonterías y luego reírnos porque es solo eso. Una tontería.

—Menos mal que nos queremos —añadió, con una sonrisa cansada.

—Y que tenemos cereales por si sale mal la cena.


Otra noche, después de un día largo, ambas en el sofá, con una peli de fondo que ninguna estaba viendo realmente, le pregunté si echaba de menos su vida de antes. 

𝕆𝕟𝕖 𝕊𝕙𝕠𝕥'𝕤 (𝔹𝕚𝕝𝕝𝕚𝕖 𝔼𝕚𝕝𝕚𝕤𝕙)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora