Cuarenta. Fragmento

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Dalit Settman

La semana siguiente, mientras limpiaba el polvo de sus pinceles, lo dijo en voz alta, como si confesara un crimen.

-La que me ayudó a salir del hueco... es la que me hundió más. -pronuncio con enojo. -Esa maldita frase.

Y en el fondo, sabía que la culpa era compartida. Pero eso no hacía menos real el peso de su arrepentimiento.

Dalit dejó de pintar.

Pasaron semanas desde que intentó escuchar una explicación, pero nadie sabía dónde estaba Elisa. Joseph no volvió a aparecer, como si también se hubiese desvanecido con ella. Nadie decía nada, nadie preguntaba y él... ya no deseaba saberlo.

Dormía mal y comía por inercia. Se levantaba tarde, se acostaba más tarde aún, esperando que el cansancio lo venciera antes que la culpa. Pero no había descanso.

Dalit no era tonto. Sabía que algo en Elisa se rompió cuando él no estuvo, cuando no escuchó, cuando no vio. Y ahora, cada intento de recordarla era como rascar una herida con las uñas sucias.

Empezó a escribir cartas que no enviaba, solo para matar el tiempo.

"Te juro que no era miedo... era torpeza. Pensé que podía ayudarte como artista, no como hombre."

"No sé si quiero verte o si te odiare para siempre. Al menos así tendrías una razón para quererte lejos."

Pero ni las cartas, ni las lágrimas, ni el tiempo, ni el insomnio lo liberaban. Solo quedaba ese vacío que pronto se llenó de otra cosa. Algo menos noble. Más fácil de cargar.

-¿Y si nunca la hubiera conocido? -susurró una noche, ebrio de pensamientos.

Así fue como llegó el odio. No uno activo, rencoroso, sino ese tipo de resentimiento silencioso que se cultiva por desesperación. Una forma de anestesia. Si la odiaba, no tendría que amarla, si la odiaba, quizás podría volver a comer, si la odiaba podría reconciliar el sueño, o simplemente levantarse del suelo.

La casa estaba oscura. Las ventanas llevaban días cerradas. Había platos sin lavar en el fregadero, ropa apilada en el sofá, y lienzos vacíos clavados en las paredes como heridas abiertas.

Dalit no recordaba la última vez que habló con alguien por más de dos minutos. Sus padres lo visitaron una vez, solo una. Cuando vieron que no estaba muerto, simplemente dejaron de insistir. "Al menos sigues vivo, aunque te lo advertimos, sobre esa mujer. ", había dicho su madre antes de irse. Pero ni eso era del todo cierto, él vivía, pero realmente se sentía muerto por dentro.

Elisa se convirtió en un fantasma.

Dalit se había empeñado en no pronunciar su nombre en todos los lugares posibles. Ni en recordar su cara, ni dirección, ni un número, nada. Como si su ausencia fuera un castigo divino.

Dormía en el suelo, cerca del caballete. Comía apenas lo necesario. Cuando la ansiedad no lo dejaba respirar, se recostaba contra la pared y contaba las grietas del techo hasta quedarse quieto.

Hasta que un día, la puerta se abrió con fuerza. -¡Dalit, por la chingada! -gritó Tania, entrando sin permiso.

Él ni siquiera se movió.

-¿Sabes cuántas veces he venido y no me has abierto? ¿Cuánto más vas a hacerte el difícil?

-¿Qué... haces? -murmuró él, con voz ronca, apenas terminando la oración.

-No vine por ti. Vine por tu talento. No pienso dejar que lo entierres con tu miseria.

Tania no era amable, aunque nunca lo fue. Jugó con él alguna vez, pero nunca de verdad. Lo deseó, sí, pero más que eso, lo admiraba, y ahora, ese brillo se le estaba pudriendo en las manos.

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