Dalit Settman
SEIS MESES ANTES
Hace seis meses, Dalit creía que el amor lo redimiría. Que el afecto de una persona como Elisa podía reconstruir todo lo que la vida había arrancado de golpe. Por eso esa noche importaba. No por la cena, ni la música, ni siquiera por la confesión de amor que había planeado. Era importante porque él había decidido creer.
Preparó todo con manos temblorosas. Cada vela encendida, cada trago servido, cada canción seleccionada. No porque fuera romántico, sino porque le aterraba no ser suficiente. Como si la belleza del entorno pudiera maquillar las grietas que aún llevaba dentro.
Elisa llegó como si el mundo no se estuviera cayendo. Llevaba una sonrisa rota mal disfrazada.
Y yo... yo tenía fe. Fe estúpida, de ser alguien que pueda ayudarla.
Limpié la casa. Cociné su platillo favorito. Puse su música. Una pulsera de una flor blanca. Cuando se la puse en la muñeca, le dije "te amo". No sabía que también sería la última.
El momento era perfecto. Bastó una pregunta para romperlo.
—¿Fuiste tú quien compró mi pintura?
Vi su rostro fragmentarse. Su silencio lo dijo todo. Y, aun así, le rogué.
—Miénteme. Por favor. Di que no...
Pero no lo hizo. Ni siquiera eso. Fue peor cuando mencioné la carta de Ainara.
Yo temblaba, pero no por el frío, sino por lo que ya sabía. No era su amor lo que me sostenía. Eran mentiras elaboradas, una esperanza construida a base de engaños. Y lo más cruel... fue que me rompió justo cuando empezaba a creer que merecía sanar.
—La que me ayudó a salir del hueco... es la que me hundió más —le dije antes de marcharme. No miré atrás. Porque si lo hacía, me quedaba. Y si me quedaba, me perdía.
....
La galería estaba vacía, salvo por los ecos del recuerdo. Dalit permanecía sentado frente a la pintura que Elisa había comprado en secreto. Él siempre pensó que ese cuadro representaba su deshielo, su regreso a la vida. Ahora solo veía escarcha en cada trazo.
Habían pasado seis días desde su última discusión. Una semana en la que se repitió, con voz quebrada, las palabras que no debió decir. "Tú no sabes lo que es hundirse...". Una mentira. Una injusticia. Porque ahora lo sabía: Elisa también había estado rota. Lo que dolía no era solo que le ocultara que había comprado su obra ni que hubiese interceptado la carta de Ainara. Lo que lo devastaba era que nunca le confió su verdad.
—¿Quién eres, Elisa? —murmuró al lienzo, como si pudiera responderle.
En ese silencio cargado, volvió el recuerdo de esa tarde. Ella llorando, con los dedos manchados de óleo, sus pupilas desbordadas de palabras no dichas. Y él... demasiado ocupado con su propia herida como para ver la de ella.
El séptimo día decidió buscarla. No para reprocharle, no esta vez. Quería pedir perdón, abrazarla, aunque fuera solo para que supiera que él aún estaba allí. Pero al llegar al edificio donde vive Elisa, fue Joseph quien abrió la puerta.
El mismo Joseph que siempre había estado al margen, como una sombra elegante entre las paredes de la galería. Siempre observando.
—No creo que sea buena idea que la veas —dijo Joseph con tono neutro, casi compasivo—. Pero ya está aquí. Si vas a decirle algo, que sea rápido.
Dalit frunció el ceño, pero asintió. Su corazón latía con rabia contenida y ternura revuelta.
Elisa apareció en el marco de la puerta, con una camisa de hombre puesta. No parecía sorprendida. Sus ojos estaban vacíos de emoción, como si ya hubiera ensayado este encuentro cientos de veces en su mente.
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Mio
RomansaElisa es una chica misteriosa que le gusta estar con una sonrisa escondida y ademas es muy buena para aparentar y ser la persona mas altruista . Pero todo se cae cuando Dalit interfiere en el camino de Elisa y sus varios espejos de cada mentira...
