Cuarenta y tres. Aprendi a Flotar

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Dalit Settman

Y Tania, sin reclamarle nada, simplemente se quedó al lado del hombre que una vez levantó del suelo, ahora caminando con pasos un poco más firmes y lentos.

Tania le sostuvo la mirada con esa mezcla de alivio y exasperación que solo alguien que ha cuidado en silencio puede tener.

—Como mañana tengo la entrevista... —murmuró de pronto, como si le costara organizar el pensamiento— creo que me voy a cortar el cabello. Ya no soporto este desastre.

Tania lo miró de reojo, alzando una ceja.

—¿Y eso? ¿Dalit cuidando su imagen?

—No te emociones, sigue siendo por obligación —respondió él con una mueca—. Después voy a tu casa para que me maquilles otra vez. A ver si puedes taparme estas ojeras antes de que me confundan con mis propias obras.

Ella soltó una risa breve.

—Estoy harta de verte demacrado, pareces un fantasma mal maquillado. Te voy a hacer un favor... pero solo porque me debes cuatro cafés y mi maquillaje gastado en ti.

—Cambiaré, lo prometo. Comeré bien y dormiré... —hizo una pausa, girando los ojos como si buscara paciencia en el cielo—Aunque tenga que noquearme con una sartén para lograrlo.

Tania se detuvo un segundo. Parpadeó. Luego soltó una carcajada inesperada.

—¡Dios mío! ¿Eso fue... humor? ¿Dalit acaba de hacer un chiste?

—Tú lo provocaste —respondió él con una sonrisa ladeada, más cercana a la de antes, aunque aún tenue—No te acostumbres.

—Muy tarde —dijo ella, dándole un empujón suave en el brazo—Ya tengo pruebas.

Dalit la miró con algo entre resignación y ternura.

Tania le sostuvo la mirada con esa mezcla de alivio y exasperación que solo alguien que ha cuidado en silencio puede tener.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, mientras fingía que se acomodaba la bufanda.

Dalit la miró de reojo. Sus ojos ya no ardían como antes, pero quedaban brasas, brasas que no quemaban... solo recordaban.

—No... —admitió, con una sonrisa que no terminaba de cuajar— pero por fin quiero estarlo.

Tania soltó una risita breve, casi nostálgica.

—Ya era hora, dramático —bromeó, dándole un empujón ligero en el brazo.

Dalit se río, un sonido bajo, real. Por primera vez, no le pesaba la risa, no se sentía como una traición a su tristeza.

Tania, volteo a verla, sabía que seguía ahí, pero no la miro con desprecio, ni con celos. La reconoció con una mirada breve, casi dolorosa... y luego apartó la vista. Porque su lugar no era defender lo que no le pertenecía, sino cuidar lo que sí: Dalit se había convertido en su amigo. Un amigo que, sin saberlo, también la había salvado.

—Por cierto... —dijo Dalit, ya más tranquilo, mientras metía las manos en los bolsillos— No vendas el cuadro del autorretrato. El distorsionado. No importa cuánto ofrezcan.

Tania lo miró de lado, curiosa.

—¿Ese? ¿El que pintaste sin recordar haberlo firmado?

Dalit asintió.

—Ese. No es arte para mí. Es memoria.

Ella lo observó un momento más, y luego asintió, como quien recibe una confidencia sagrada.

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