Él es la causa de su sufrimiento.
Él tomó su dragón, su prometido y a su padre.
Ahora tomará también su futuro cuando sea forzada a casarse con él.
Con tanta historia y mala sangre entre Rhaena y Aemond, su unión tiene todo para fracasar, excepto qu...
Antes que nada, quiero disculparme con los lectores de esta historia. No actualizo hace muchísimo y, como siempre dije, no está en mis planes abandonar este ff, pero estos meses pasados no han sido tan fáciles como imaginé que serían. Lo lamento una vez más.
Aquí les dejo este nuevo capítulo, espero por allí estén todavía algunos de ustedes deseando leer qué pasa con Rhaena y Aemond.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
"Es hora, princesa"
"¿Amaneció ya?" murmura Rhaena con voz pastosa todavía por el sueño, "Parece que me acosté hace apenas unos minutos," suspira mientras sale de las pesadas cobijas.
"Tal vez debería dormir un poco más, mi señora," comenta la criada cuando Rhaena se pone de pie, tambaleándose un instante ante una repentina sensación de mareo.
"No es necesario," se apresura a decir, "Estoy bien, estoy bien," repite para sí misma, respirando una bocanada de aire frío y estremeciéndose por el cambio de temperatura, "¿Está listo el carruaje?"
"Sí, señora"
"Bien, ayúdame a vestirme ¿quieres?"
"¿Cuál vestido usará hoy, señora?"
"El malva, tengo un largo día por delante y necesito sentirme cómoda," responde. La joven asiente y se apresura a traer la prenda, ayudándola a ingresar en la falda. Solo que, mientras la tela se desliza por su vientre y pecho, la prenda se le antoja tremendamente incómoda, "Se siente... apretado"
"No consigo cerrar los botones, señora"
"¿Qué? Pero..." Rhaena observa su reflejo en el espejo, moviéndose para examinar su silueta de perfil. ¿Había acaso engordado? Era la tercera vez que uno de sus antiguos vestidos no le quedaba. "Tal vez debería dejar de comer tantos pastelillos," comenta mientras observa la bandeja con comida sobre la mesa.
La criada no dice nada, solo la ayuda a salir del vestido y trae uno de los que la reina Alicent había enviado hace unos días para ella. Después de un frugal desayuno, baja apresuradamente las escaleras de la Torre de la Mano en dirección al patio de la fortaleza, donde el guardia la saluda y ayuda a subir a su carruaje.
Las calles de Desembarco del Rey, cubiertas por una fina capa de nieve que había caído finalmente hace un par de noches, estaban tan abarrotadas como siempre. Y, si era posible, más sucias que de costumbre. La nieve, que Rhaena había pensado daría un toque de encanto a la ciudad -como sucedía en el Valle- se había mezclado con la inmundicia de la capital y no mejoraba para nada su aspecto.
Cuando el carruaje se detiene un rato después en el Pozo Dragón, Rhaena tiene que sujetarse del brazo del guardia para avanzar sobre la resbaladiza superficie. "Espere aquí," ordena una vez que están a puertas de la enorme estructura.