Capítulo 33:

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Jacob
Desperté a la luz pálida de una habitación de hospital, el olor a desinfectante era abrumador, pero la sensación de bienestar era inconfundible. El dolor sordo que había sido mi sombra durante meses había desaparecido. Mis riñones ya no me gritaban.
Alex estaba a mi lado, la cabeza apoyada en la barandilla de la cama, roncando suavemente. Había un alivio silencioso en el aire.
"Alex... ¿qué pasó?", susurré, la garganta reseca.
Alex saltó, sus ojos inyectados en sangre por la falta de sueño. "¡Jacob! ¡Estás despierto! Llevas dos días dormido, idiota." Su alivio era palpable.

"Me desmayé... en la cafetería. ¿Qué hice? ¿Estoy... Bien?" pregunté con urgencia, temiendo la verdad.

Alex asintió, secándose el rostro. "Estás más que bien. Pasaste por una cirugía, Jacob. Te hicieron un trasplante. El riñón aceptó perfectamente. Estás... bien."
La palabra 'trasplante' resonó en mi pecho. Un riñón nuevo. Alguien lo había hecho.

Justo entonces, entró el médico, un hombre de barba gris y mirada cansada pero amable, seguido de una enfermera.
El médico se acercó de inmediato, revisando las máquinas, mis signos vitales y la herida con manos expertas. Me preguntó mi nombre, dónde estaba y si sentía náuseas o dolor agudo. Luego, ajustó las bombas de infusión.
"El riñón es un campeón," me informó el doctor con una sonrisa. "Tuvimos suerte con la compatibilidad, señor Fischer. Su condición crítica ha terminado. Ahora es tiempo de recuperación."
"Doctor, por favor, ¿quién es el donante?"
El médico tomó una silla, su expresión grave. "El donante es una persona increíblemente valiente, Jacob. La señorita Farasha Russell. Ella tomó la decisión de salvarlo."
El mundo se detuvo. Farasha. La niña que había huido de la inestabilidad de su casa, la que yo había jurado proteger de todo dolor, se había abierto el costado para darme su propia vida. Mi corazón se convirtió en un nudo de horror y gratitud.
"¿Y dónde... dónde está ella?", apenas pude articular.
"Está en el Pasillo Cinco, habitación dieciocho. Está estable, pero ha pasado por una nefrectomía. Necesita mucho descanso. Ella le pidió al personal que fuera usted quien tuviera la conversación..." el médico se detuvo, entendiendo que la conversación sería unilateral.
No escuché el resto. Con una oleada de fuerza alimentada por la culpa, ordené a Alex que me ayudara a levantarme.
Esperé a que el doctor y la enfermera se fueran.
"Alex, tengo que verla. ¡Ahora!", exigí, intentando impulsarme con los brazos. El dolor en mi costado me recordó instantáneamente mi nueva realidad. Era punzante, incapacitante. Mis piernas temblaron y caí de nuevo en la almohada.
Alex se acercó, la preocupación genuina en su rostro. "No seas estúpido, Jacob. No puedes ni con tu alma. Espera aquí, voy a buscar una silla de ruedas."
Un minuto después, Alex regresó empujando una silla. Con sumo cuidado, me ayudó a deslizarme de la cama a la silla, sosteniendo el atril del suero para que el gotero no se detuviera. El esfuerzo me dejó sin aliento.
"Esto es una locura," murmuró Alex, empujando mi silla.
"Una locura que ella empezó. Solo condúceme," respondí, mis ojos fijos en el número de las habitaciones.
Llegamos a la Habitación 18. Alex se quedó en la puerta.
Entré.
Y la vi. Farasha.
Estaba dormida, profundamente dormida. Pálida, diminuta bajo la sábana blanca, con una vía intravenosa brillando en su brazo y el vendaje asomando bajo la bata. Mi pequeño ángel. Mi salvadora.
Me acerqué lentamente, el chirrido de la silla de ruedas interrumpiendo el silencio. Sentándome a su lado, tomé su mano. Estaba tibia pero inerte.
"Farasha," susurré, sintiendo el nudo en mi garganta. "Mi pequeño ángel ingrato. ¿Qué has hecho, mi amor? ¿Cómo pudiste hacer algo tan... tan estúpidamente valiente?"
Las lágrimas cayeron sobre su mano.
"Me salvaste. Tú me salvaste de la muerte, y ahora yo soy tu deudor de por vida. Yo fui el que te dije que no podías huir del dolor, y tú respondiste dándome una parte de ti, ¿verdad? Me has condenado a amarte para siempre."
Acaricié su cabello, sintiendo el impulso de tomar su fragilidad entre mis brazos y huir para que nadie la tocara jamás.
"Duerme, mi amor. Descansa, Farasha. Duerme tranquila, mi valiente, valiente chica. Yo me quedo aquí."
Me incliné y besé suavemente su frente, sintiendo la tibieza de su piel.
"Ya no me iré. Nunca más me iré, te lo juro. Y de ahora en adelante, yo cuidaré de ti, mi pequeño ángel.

Acomodé mi silla lo más cerca posible de la cama, sujetando su mano con firmeza pero con ternura. El dolor de mi propia cirugía era un recordatorio constante de su sacrificio.

"Y cuando te despiertes, Farasha," dije, con la voz templada por la emoción. "Te voy a regañar por hacer tan tremenda estupidez sin consultarme. Pero después, te diré que te amo más que a mi propia vida, la que tú me has devuelto. Duerme, Farasha. Despierta cuando quieras. Aquí voy a estar, cuidándote."
Hice una pausa, la realidad de la familia Russell volviendo a mi mente. "Ahora tu hermano sí me va a terminar de matar... y con razón."
Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe. Era el doctor.
"¡Señor Fischer! ¿Qué cree que está haciendo? ¡No puede estar sentado, acaba de ser trasplantado!", me regañó, su tono de voz pasó de la amabilidad a la frustración profesional. "¿Cómo diablos llegó aquí?"
"Con ayuda," respondí, sin soltar la mano de Farasha. "Doctor, por favor. No me pida que me vaya. Necesito quedarme aquí. Necesito vigilarla."
El médico suspiró, frotándose la sien. "Es imposible, al menos por las próximas 42 horas."

"No estoy pidiendo salir del hospital. Le estoy pidiendo que me dé una camilla. O un catre. Lo que sea. Póngala en este rincón," le pedí, señalando un espacio vacío junto a la ventana.
El doctor se negó rotundamente. "Lamentablemente, usted tiene que estar en la habitación que le asignamos."
En ese momento de tensión, la puerta se abrió de nuevo. Entraron la señora Russell y el señor Russell. Ambos estaban pálidos, agotados, pero sus ojos se fijaron primero en su hija, y luego en mí, postrado a su lado. El doctor se hizo a un lado.
"Jacob," dijo la señora Russell, su voz ahogada.
Intenté hablar, la culpa quemándome la garganta. "Señora Russell... yo... yo lo siento mucho. Yo no quería que ella hiciera esto. Me disculpo por la carga..."
La señora Russell se acercó a mí, y por primera vez, no vi crítica en sus ojos, solo dolor y una aceptación profunda. Se detuvo junto a Farasha.
"No te disculpes, Jacob," dijo la señora Russell, su mano temblando mientras acariciaba el cabello de su hija. "Farasha es Farasha. Es terca, es valiente, y es suya. Cuando el doctor dijo que la única opción viable era un donante vivo, ella no nos consultó, nos enteramos cuando nos llamaron desde el hospital. Ella quería hacerlo."
El señor Russell, con los ojos húmedos, se acercó y me tendió la mano.

"Jacob, hijo," dijo el señor Russell, su voz firme. "Tú me diste un hogar cuando más lo necesitaba. Tú cuidaste de mi hija cuando yo no podía ver su dolor. Ella me dijo que la salvaste muchas veces. Me alegro de que estés bien.

El perdón de la familia me envolvió. Había una tregua, cimentada en la sangre y el sacrificio.
El doctor se acercó a mi silla de ruedas. "Señor Fischer, tengo que devolverlo a su habitación ahora."
Me giré hacia los padres de Farasha.
"Voy a volver a mi habitación," dije, mi voz cargada de la promesa. "Voy a volver para recuperarme y estar fuerte. Por favor, cuiden bien de mi pequeño ángel.

El señor Russell me dio una palmada en el hombro. "Nosotros la cuidaremos, Jacob. Ahora, ve a recuperarte."
Alex empujó mi silla fuera de la habitación. Al cruzar el umbral, miré hacia atrás.
Mi cuerpo estaba en el pasillo, pero mi corazón, junto con su riñón, se quedaba en la Habitación 18.

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⏰ Última actualización: Dec 18, 2025 ⏰

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