XLVII.

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Crocus, la capital del reino de Fiore ardía.

El suelo se hallaba cubierto de ceniza. Enormes grietas pintaban el piso. Escombros de lo que antes habían sido casas y edificios yacían esparcidos por doquier. Numerosos cadáveres aplastados bajo estos mismos, otros no compartían el mismo destino estando quemados hasta carbonizarse, pocos cortados, machacados en pedazos por garras o filosos colmillos. Columnas negras de humo ascendían al cielo oscureciendo el paisaje.

Una figura cayó de rodillas.

En sus brazos sostenía el cuerpo inerte de una pequeña niña.

El rostro de la pequeña manchado de sangre dejaba entrever una mirada perdida. Su sombrero de vaquero ondeaba con la brisa del lugar.

Los dragones habían atacado. Y con su llegada, la capital del reino de Fiore cayó.

Bajo sus garras, colmillos, rugidos e furia, todos cayeron.

Erza, Natsu, Gray, Mirajane.

Todos estaban muertos. Todos, excepto aquella figura solitaria...

Uzumaki Naruto.

X~X~X

Unos parpados se abrieron revelando unos ojos azules brillantes como dos zafiros en el firmamento oscuro. En ellos se reflejaba confusión e incertidumbre.

Paredes blancas, camas involutas con sábanas blancas perfectamente tendidas.

Una sola olfateada y aquel olor característico a hospital inundó las fosas nasales del muchacho, quien se levantó quedándose sentado en aquel cómodo colchón.

Estaba solo en aquella habitación.

El muchacho se acomodó al borde de la cama dejando que sus pies descalzos tocaran el frío azulejo que era el piso color topacio.

A su lado, yacía una pequeña mesa de luz donde habían tres objetos más allá de la lámpara; una pequeña bolsa, una bandana con una placa de metal en su medio con un símbolo extraño, y por último, un libro completamente negro. Viéndolo con más atención, la ausencia de un titulo y el fino hilo negro que lo envolvía revelaba que se trataba de un diario.

El chico se levantó dando un quejido ante el dolor punzante en su cuerpo.

Sus pasos lo llevaron hacia el único espejo en la habitación reflejando su aspecto.

Devolviéndole la mirada, había un muchacho adolescente.

Su edad no debía de pasar los quince años. Sus ojos azules observaban con detalle su aspecto. Iba descalzo, llevando unos pantalones blancos holgados de algodón. En la parte superior se hallaba al desnudo con su torso al descubierto. El chico parpadeo acercándose al reflejo observándose con más atención las marcas en sus mejillas, sus pestañas, sus cejas, sus cabellos rubios que caían en su frente hasta casi la altura de sus ojos.

Llevó su mano derecha hacia sus cabellos para correrlos en un intento de observar mejor su frente. Al instante, se quedó inmerso en la cicatriz en forma de quemadura que nacía desde la falangina avanzando por toda su mano hasta casi llegar a su codo.

Su atención se dirigió inmediatamente hacia su otra mano.

Su brazo izquierdo desde el hombro hasta sus uñas se hallaba en perfecto estado, salvo dos detalles. Su dedo meñique y el anular no eran de carne, hueso, y piel. El par de dedos estaban hechos de un metal refinado. Una prótesis.

El chico llevó una de sus manos hacia su cabeza frunciendo el ceño.

¡Clac!

En ese preciso instante, la puerta de madera de la habitación rechinó abriéndose dando paso a una chica.

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Hada con dientes de sable.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora