-Universo alterno-
¡Sálvense quien pueda, ahora no juegan voleibol sino que hacen magia!
Serie de historias que siguen la vida de los diferentes personajes de Haikyuu en sus años en Hogwarts mientras se enamoran. Entre magia, pociones, besos, celos...
NA: Parece que todos los Ravenclaws quieren romper las reglas.
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Crónicas del Baile de Navidad
Jueves 23 de diciembre, 10:00 p.m.
Torre de Astronomía
21 horas antes del inicio del baile
Cuando todo el mundo ya estaba en sus camas —descansando, soñando o intentando calmar la emoción por el evento del año—, Akaashi Keiji estaba, por supuesto, rompiendo el reglamento.
Saltarse el toque de queda no era precisamente lo que se esperaba de un alumno modelo de Ravenclaw. Su Casa ya había perdido suficientes puntos esa semana: una explosión en el aula de Pociones, una discusión que escaló demasiado en Encantamientos... lo último que necesitaban era que él —él, de todas las personas— fuera atrapado deambulando por los pasillos a esas horas.
Y, sin embargo... ahí estaba.
Con la espalda apoyada contra la piedra fría de la Torre de Astronomía, el viento nocturno desordenándole el cabello... y el calor de Bokuto Kōtarō prácticamente derritiéndose contra él.
—Keiji... eres tan bonito... —murmuró Bokuto, su voz baja rozándole la piel del cuello.
Los labios del Gryffindor comenzaron a dejar besos lentos, suaves... peligrosamente adictivos. Akaashi cerró los ojos, conteniendo un suspiro, y dejó caer la cabeza hacia un lado, dándole acceso.
Bokuto estaba particularmente... intenso esa noche. Lo había arrastrado hasta la torre con una mezcla sospechosa de entusiasmo y misterio, y ahora no parecía tener intención de soltarlo.
—Mañana vas a estar tan hermoso... —susurró, con un tono más grave, más sincero.
Sus dedos se deslizaron bajo el borde de la camiseta de Akaashi, trazando distraídamente la línea de su espalda baja.
Akaashi tembló.
Su cuerpo lo traicionaba con facilidad irritante: respondía al más mínimo roce, al aliento tibio sobre su clavícula, a ese descaro tan inherentemente Gryffindor.
—Kōtarō... —murmuró, sin saber si aquello sonaba más a advertencia o a súplica.
Intentó mirarlo, hacerlo entrar en razón... pero Bokuto no cedía. Sus labios ya seguían el contorno de su clavícula, y esa sonrisa —esa que Akaashi odiaba amar— seguía asomándose entre beso y eso.
—Soy tan suertudo... —dijo Bokuto, y esta vez no había rastro de broma en su voz.
Una de sus manos comenzó a jugar con los botones de la camisa de Akaashi.
Por un segundo, el Ravenclaw se preguntó si el universo estaba conspirando activamente para que los descubrieran de una vez.
—Sí, sí, afortunadísimo —masculló, intentando recuperar algo de control—. Nada dice "suerte" como morir de hipotermia en la cima de una torre a medianoche mientras mi novio intenta desvestirme... cuando tenemos un evento formal en menos de veinte horas.