Parte 2, Capítulo 35
Para comprender la raíz de la osadía del príncipe Beomgyu, es necesario desenterrar las crónicas más antiguas del Reino de Luna, una tierra donde la belleza y la perversión caminaban tomadas de la mano bajo el amparo de la noche.
Cinco siglos atrás, la geografía no conocía las fronteras actuales. El Reino de Luna y el Reino del Sol eran una sola y majestuosa nación llamada Diáfana, un imperio próspero que se extendía desde las montañas de piedra blanca hasta las costas del mar de plata. Sin embargo, la paz de Diáfana se desmoronó cuando el viejo emperador murió, dejando el trono a dos hermanos gemelos sedientos de un poder absoluto. Ninguno de los dos estaba dispuesto a compartir la corona ni a arrodillarse ante el otro, lo que arrastró a la nación a una guerra civil sangrienta que duró casi media década. Las tierras se tiñeron de rojo y las cosechas se convirtieron en ceniza. Al ver que la continuación del conflicto significaba la extinción total de su pueblo, los gemelos decidieron detener la masacre y firmar un acuerdo de paz inquebrantable. Dividieron el imperio en dos partes exactamente iguales: el Reino del Sol, bañado por la luz del día, y el Reino de Luna, cobijado por la penumbra. El tratado estipulaba una sola condición perpetua: ninguno de los dos reinos podía realizar acción alguna que perjudicara la paz o la soberanía del otro.
El hermano que tomó el control del Reino de Luna fue el rey Oberon. Era un hombre de una belleza mística pero con un alma oscurecida por la soberbia y los deseos prohibidos. Oberon gobernaba con mano de hierro, pero su verdadero secreto yacía en sus aposentos privados. Desde la juventud, el monarca había desarrollado un deseo insano y ferviente hacia su propia hermana, la princesa Selene. Ella, subyugada por el magnetismo de su hermano, sucumbió a la pasión. De esa relación incestuosa nació el primer heredero varón de la dinastía Luna, pero la naturaleza cobró su precio: el niño nació completamente deforme, con la piel agrietada y extremidades retorcidas que apenas le permitieron sobrevivir unos pocos días antes de exhalar su último suspiro en medio de dolores agonizantes.
Oberon, horrorizado por la pérdida y obsesionado con la idea de perpetuar una estirpe perfecta y libre de las taras de la sangre, decidió acudir a las artes prohibidas. En la cima de la montaña sagrada, durante una noche de eclipse total, el rey realizó un ritual oscuro. Le ofreció a la Diosa de la Luna sacrificios humanos, derramando la sangre de jóvenes puros sobre el altar de piedra con el único fin de pedir que sus futuros hijos nacieran hermosos, fuertes y perfectos. Los dioses de la noche escucharon su plegaria cargada de muerte, y a partir de ese momento, el pacto quedó sellado. Los siguientes hijos que tuvo con Selene nacieron con una belleza sobrehumana, de rostros esculpidos y cabellos que brillaban como hilos de oro.
Sin embargo, la sangre persigue sus propios vicios, y la maldición del deseo familiar no se diluyó con el tiempo. El hijo alfa de Oberon, el príncipe Corin, heredó el trono y, con él, la misma atracción fatal hacia su propio hermano omega, el príncipe Elian. El deseo entre ambos hermanos era mutuo, un fuego ardiente que consumía las noches del palacio. Lejos de castigarlos, el anciano rey Oberon bendijo su matrimonio antes de morir, considerándolo la máxima prueba de la pureza de su casta. Corin y Elian gobernaron juntos y, gracias al pacto de sangre con la diosa, tuvieron hijos hermosos y saludables. Para evitar que las futuras generaciones cuestionaran la moralidad de sus uniones, el rey Corin estableció una ley sagrada en el Reino de Luna: el matrimonio entre hermanos directos quedaba estrictamente permitido y fomentado, bajo la excusa de mantener la pureza de la sangre real intacta y evitar futuras guerras entre hermanos. A partir de entonces, a los miembros de la familia reinante se les denominó la "Sangre Dorada".
Pero la psicología humana es caprichosa. Dos generaciones más tarde, los nietos de Corin, los príncipes gemelos Lysander y Valerius, desarrollaron un rechazo absoluto hacia la idea de unirse en matrimonio. Al haberse criado juntos en los mismos jardines, compartiendo juegos e historias infantiles, el lazo de hermandad era tan fuerte que la sola idea de un contacto sexual les causaba repulsión. Al ver que la ley de la Sangre Dorada corría peligro de desaparecer por culpa de la familiaridad, el rey Corin, ya anciano pero implacable, determinó una nueva y estricta reforma: a partir de ese día, los hermanos reales que estuvieran destinados a casarse serian separados de manera absoluta inmediatamente después de nacer. Se criarían en alas opuestas del palacio, con sirvientes diferentes y sin permitírseles cruzar una sola palabra o mirada hasta el día de su compromiso. De esa forma, al no desarrollarse jamás el lazo afectivo de la hermandad, se asegurarían de que el encuentro nupcial fuera un matrimonio agradable, basado únicamente en la atracción física de dos extraños que compartían la misma sangre.
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The King's Weakness - KookTae
FanfictionLo tenían todo: un amor que prometía un reino más justo y la admiración de todo su pueblo. Los ahora reyes, parecían el ejemplo perfecto de felicidad... hasta que la rutina se convirtió en su peor enemiga. Tras dos años de una vida predecible, el...
