Murciélagos, conejos y Ben

860 10 0
                                    

Se despertó exaltada, temblando, con sudores fríos. Había vuelto a tener esa pesadilla. Siempre soñaba con lo mismo. Se encontraba en medio de una gran ciudad transitada por sombras. No sabía qué hacer ni a dónde ir. Todo era un montón de sombras que pasaban a su alrededor ignorándola. No veía ninguna cara conocida. Las que veía, no la recordaban, o no la reconocía. Asustada, empezaba a correr de un lado a otro. Hasta que llegaba a un bosque. Era un bosque especial. No se oía nada, sólo el ruido de sus pies descalzos en la yerba. Era un bosque en el que sólo apetecía tumbarse bajo las anchas y frondosas ramas de los altos árboles, a dormir. Casi se podía oír el ruido de los árboles y la yerba al crecer. Pero, de repente, al cerrar los ojos y creer estar a salvo del ajetreo de masas de la gran ciudad, de estar por fin en su sitio, la cálida luz dorada de aquel lugar, se tornaba oscura, y se volvía a sentir incómoda. Entonces, corría. Y corría y corría, todo lo que sus débiles piernas le permitían. Y llegaba a un acantilado. Allí, no podía reprimir las ganas de saltar. Y lo hacía. Entonces, en el momento en que estaba cayendo, se volvía a sentir bien. Pero, sin previo aviso, al fondo del precipicio dejaba de haber abismo y oscuridad, y aparecía otra vez la gran ciudad. Desesperada por no volver allí, se aferraba con manos y uñas a las paredes escarpadas del barranco, y lograba sujetarse de una rama. Pero era muy frágil. Un murciégalo de ojos rojos, se apoyaba en ella. Y se rompía. Y caía. Y las sombras se convertían en chacales hambrientos que la devoraban lenta y dolorosamente.

Miró el reloj. Ya eran las 5 de la mañana. A las 6 debía levantarse para ir a la universidad. Una gran masa de chacales hambrientos y completos desconocidos. El psicólogo le dijo que esa falta de seguridad en la sociedad, que podía deberse al reciente accidente de tráfico que mató a su padre, madre, y hermana gemela. Nunca encontraron al conductor ebrio que se los llevó por delante. Jamás llegaría a entenderlo. Las chicas de la facultad se preocupaban de sus uñas y ligues. Se quejaban de los 2 gramos de grasa que les sobraba. Y los chicos se quejaban de aquella jugada fallida. Si supieran lo que es sufrir de verdad… Aunque ella no deseaba que lo hicieran. No era tan ruin.

Al principio la intentaron ayudar. Sus amigas y las que no lo eran. Hipócritas. Pensaban que sabían lo que sentía. Imposible. Poco a poco, desistieron todos. Por eso, se volvió en la taciturna Kate que era ahora. Aunque había un chico que siempre que se la encontraba sonreía. Pobre chaval. Seguro que se pasaba el día quejándose de que estaba solo porque lo había dejado la novia. Quejarse por vicio, pensaba cada vez que los oía. La justicia se gastaba una millonada en hacer leyes anti-tabaco, pero apenas invertían en encontrar a conductores ebrios que provocan la muerte de muchas familias.

Desde ese día, se sentía sola. Sentía que no encontraba su sitio en el mundo. Que no se merecía vivir todo aquello que su familia no podía. Pamplinas, deja de pensar eso, se dijo así misma. Se desperezó, se levantó y se fue a la cocina a prepararse un vaso de leche con miel. Mientras se lo tomaba, escuchó un ruido en el salón. ¿Que sería eso?

Con el miedo de nuevo recorriéndole cada milímetro del cuerpo, se dirigió hacia el foco del ruido. Venía de debajo del sofá. Se asomó, y vio un par de ojos rojos. Asustada, se retiró hacia atrás. Kate, se dijo, es ahora o nunca, pase lo que pase, si no miras que es vivirás siempre con ese miedo. Y, siguiendo su propio consejo, miró. No era más que Bugs, su conejo blanco de ojos rojos. Travieso Bugs. ¿Cómo habría salido de su jaula? Supongo que eso será otro misterio más que quedará por resolver. Pensando en cómo podía un conejo escaparse de una jaula, dejó al pequeño animalejo en su cama de algodón. Miró alrededor del salón. Se veían un par de puntos rojos. Vaya, pensó, me he vuelto a dejar e DVD encendido. Se acercó a apagarlo. Al no encontrar el botón, encendió la luz. Y vio que no era el DVD. Era un murciélago que se había colado por la ventana. El animalejo, ni se inmutó. Simplemente, voló hacía la ventana para refugiarse en la oscuridad de la noche.

Pero Kate no hico lo mismo. No. Ella reculó, tropezando con sus zapatillas y dándose un golpe en la cabeza. Le dolía un montón el golpe. ¿Kelly?, preguntó en voz alta, espero que tu muerte fuera al instante y no tuvieras que sentir esto… Mamá, siento haberme reído de ti al decirme que si no ordenaba las zapatillas algún día me haría daño… y Papá, no tenías razón: no todos los murciélagos atacan.

 Poco a poco, se fue quedando dormida. Le gustó esa sensación. Por fin. Por fin iba a reunirse con su familia. Por fin iba a volver a estrecharlos entre sus brazos. Por fin iba a ser feliz y a recibir lo que siempre creía haber merecido. Por primera vez se sentía… cerca de su sitio. Pero no. Sin previo aviso, alguien abrió la puerta. Entró y la cogió en brazos. Le curó la herida y la llevó a la cama. Al mirar hacia la puerta, vio que la había roto. Vaya, a saber el tiempo que llevará allí. ¿Tanto había sonado el golpe? Supuestamente sí, ya que aquel chico tan simpático que siempre le sonreía y con el que nunca había hablado, lo había oído desde el piso de abajo. Le preguntó que porqué había subido a ayudarla. Él contestó que por el simple hecho de hacer lo que debía. Por el simple hecho de que, aunque ella se sintiera sola, él estaba ahí para ayudarla, pero no sabía cómo hacerlo. No le podía hablar, puesto que ella solo contestaba con monosílabos, y no podía decirle que lo sentía mucho, y que la entendía, puesto que no era cierto. Le dijo que ella valía mucho,  mucho más de lo que creía. Y que no estaba sola. Que si miraba con atención, vería que él, y sus antiguas amigas, estaban preocupados por ella, que querían ayudarla sin saber qué hacer.

Entonces, lo entendió. Sus padres no querrían que abandonara. Sus padres, no querrían que dejara la carrera a medias. Y su hermana… su hermana no querría que se convirtiera en una marginada social. Por ellos. Por ellos empezaría una nueva vida. Porque aunque físicamente ya no estuvieran con ella, siempre los tendría en mente y corazón, y seguro que ellos la vigilaban desde algún sitio.

Miró al chico simpático al que ahora le debía la vida. Unos bonitos ojos pardos. Le dijo que se llamaba Ben. Estudiaba medicina con ella. Era el más aplicado. Había estado haciendo prácticas en enfermerías varias. Y, sin embargo, se había fijado en la taciturna chiquilla en que se había convertido, y no le gustaba. Eso era un hecho. Y ese hecho, significaba que no estaba sola. Por fin entendía que nunca lo había estado. Se había estado hundiendo sola. Pero eso debería cambiar. Al mirar a Ben a los ojos, necesitó un abrazo. Y lo abrazó entre lágrimas. Era el primer contacto físico que tenía desde el fatídico día. No había vuelto a tocar a nadie más. Ya casi se le había olvidado lo bien que sienta que un amigo te abrace, te susurre que todo va a salir bien. Que te bese la cabeza mientras lloras en su hombro, y que te susurre que no estás sola. Ben, como si le hubiese leído los pensamientos, le susurró: No estás sola, Kate. Me tienes a mí, y a un montón de gente hipócrita que dice entenderte, pero que solo lo hace para poderte ayudar. Todo va a ir bien Kate. Te lo prometo.

Entonces, por primera vez desde Dios sabe cuándo, sintió que estaba en el mundo en el que debía estar. Debía luchar por su día a día. Por el que su familia había luchado mientras seguían con vida.

Sintió que ese era su lugar, allí, con Ben y las chicas de la facultad, gente cercana y confiable con la que podía desahogarse y compartir sus cargas y pensamientos. Entonces, entendió que un abrazo de un amigo y unas palabras amables, pueden cambiarte la vida. Entonces entendió que un amigo, te saca del pozo más hondo cuando tú has perdido toda esperanza. Entonces entendió que todo el mundo tiene un sitio en este mundo. Entonces entendió, que un amigo lo puede todo.

Relatos de un pobre pianistaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora