7: Me Deseas y yo a Ti

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-¿Que cenemos en tu casa? Estupendo. Ve tú primero y yo te seguiré en cuanto tome una botella de vino de la bodega. Si no vuelvo a ver esta casa nunca más, no me importaría.

-Te comprendo -dijo Clara, sonriendo y saliendo hacia el coche.

Diez minutos después, cuando Jorge llegó a casa de ella, vio que había
encendido velas en la mesa del comedor, mesa preparada para dos. En la cocina probaron el vino que había traído él. Estaba delicioso y, mientras bebía, ella decidió que se iba a divertir.
Protegida por un gran delantal, comenzó a preparar el rebozado para
el pescado.

Demasiado inquieto como para sentarse, Jorge merodeó por la cocina y permitió que su calidez le envolviera. Vio un calendario de una organización benéfica colgado en la pared.

-Ese es un orfanato excelente.

-¿Cómo lo sabes? -preguntó ella-. ¿Has estado allí?

-Sí -contestó él, deseando no haber dicho nada-. En mi último viaje.

-Entre acuerdos inmobiliarios, simplemente apareciste en un
orfanato.

-Ya te dije donde estaba cuando enterraron a Lucía... por eso fue que no pudieron avisarme a tiempo.

-¿Colaboras con el orfanato? -preguntó ella, frunciendo el ceño.

-Pagué para que lo construyeran -contestó él-. Una organización
benéfica lo dirige.

-¿Cuántos orfanatos más has construido, Jorge?

-Unos cuantos, aquí y allí.

-¿Cuántos?

-Veinticuatro. Pero no trates de convertirme en un santo.

-Ya existe un « San Jorge» -dijo ella secamente-. El cargo ya está ocupado. No eres un santo, eres un hombre rico que se preocupa por los niños... y que lleva esa preocupación a acción.

-Bébete el vino -dijo Jorge. Entonces cambió de asunto-. ¿Puedo pelar patatas?

Clara le acercó un cuchillo con la aprobación reflejada en la voz. Ella
misma donaba dinero a una organización benéfica desde hacía años.

-La bolsa de patatas está en el armario del fondo.

El delantal que llevaba le quedaba muy grande, tenía las mangas enrolladas y se había manchado la barbilla con el rebozado para el pescado. Jorge deseó besarla de nuevo, quería perderse en su boca.

Encontró la bolsa de patatas y comenzó a pelar una. Aquella tarea era algo extrañamente relajante. Los fantasmas que le habían estado persiguiendo desde que había llegado a la residencia Correa estaban desapareciendo gradualmente.

Las muñecas de Clara eran delicadas y pudo ver sus azules venas. Si acercaba los labios a ellas podría sentir su pulso...
Pensó que aquella misma noche iba a acostarse con ella, en su propia casa, rodeado de todas las cosas de los tres muchachos que ella había criado.
Al día siguiente se iba a marchar a Buenos Aires y se preguntó si allí se
olvidaría de ella.

Diez minutos después, cuando las patatas se estaban friendo, Clara
se dirigió a él.

-En la nevera hay kétchup y mostaza... podías llevarlos a la mesa. El vinagre, la sal y la pimienta están en la encimera.

En la puerta de la nevera había dos fotografías sujetadas con imanes.
En una se podía ver a tres muchachos rodeando a su hermana. Los cuatro
sonreían a la cámara. En otra, una pareja de más edad, también sonriendo, estaba abrazada en el porche de la casa de Clara.

-Son mis padres -dijo ella-. Todavía les echo de menos. Llevaban casados más de veinte años cuando murieron y cada día se querían más. De una manera, fue bueno que se marcharan juntos...

Sin saber qué decir, Jorge agarró las salsas y salió de la cocina. El salón todavía estaba en un estado de caos. Los tres cuadros de ella lo atraían como si fueran imanes. Se dijo a sí mismo que no podía llevar a Clara a la cama para luego olvidarse de ella ya que no era una mujer manipuladora como Leticia o Mariana. Clara estaba llena de sentimiento y sensibilidad.

Al darse la vuelta, un trozo de papel que había sobre un montón de
periódicos captó su atención. En letras rojas había escrito La lista de la libertad. Se apresuró a leerla. Ir a la Escuela de Arte. Viajar. Pintar una
obra maestra. Practicar sexo apasionado.

Aquello último había sido tachado y sustituido por mantener una
aventura.
Se sintió muy aliviado al saber que ella quería tener una aventura y se planteó que quizá había dejado allí la lista para que él la viera.

Entonces pensó en lo que ponía en la lista sobre que ella quería pintar
una obra maestra. Su amigo Rico era un artista de fama mundial.

-La cena está preparada, Jorge -gritó Clara desde la cocina-. Ven por tu plato.

El pescado era suave y las patatas fritas estaban deliciosas.

-¿Por qué no te ha robado todavía ninguno de los hombres de Por aqui? Eres preciosa y tienes un cuerpo maravilloso... y tu pescado con patatas fritas es lo más parecido al cielo.

-Por aquí hay unos pocos niños y no muchos hombres elegibles.

A Jorge no le extrañó que ella hubiese escrito en tinta roja sexo apasionado.

-He visto la lista que tienes en el salón... -dijo, echándose limón en
el pescado.

-¿Mi lista? -gritó ella-. ¿Dónde? No la dejé fuera, ¿verdad? ¡Jorge,
no la has leído!

-Sí que la dejaste fuera y sí que la he leído -dijo él, esbozando la más encantadora de sus sonrisas-.
Fue difícil no hacerlo... la tinta llama
mucho la atención. Así que tengo una propuesta que hacerte. En realidad
una propuesta para ambos. Que tengamos una aventura entre nosotros.

Clara se ruborizó.

-Iba a llevar la lista a la planta de arriba, pero debo haberme distraído empaquetando el equipamiento de jockey de Gael. No la has leído, ¿verdad?

-Soy el propietario de una pequeña isla en México-dijo él, sonriendo de nuevo-. Mi gran amigo Rico Albeniz va a ir allí a finales de esta semana para pasar un par de días... ¿has oído
hablar de él?

Clara asintió con la cabeza.

-Lo voy a telefonear esta noche. Tú y yo iremos mañana hacia la Isla y así él te podrá dar un par de lecciones de arte.

-¿Rico Albeniz? Ni siquiera me miraría... ¡es famoso!

-Claro que te mirará... si yo se lo pido.

-¿Estamos hablando de dinero? -dijo ella fríamente, agarrando unas patatas fritas con el tenedor.

-Es mi amigo

-Lo siento, pero...

-No he terminado -dijo Jorge pacientemente-. Mientras estemos
allí, tú y yo compartiremos cama. Tendremos una aventura, ¿no te das
cuenta? Un viaje, sexo apasionado y la oportunidad de pintar... podrás borrar tres cosas de tu lista de una sola vez.

-¡Qué eficiente! -dijo ella.

-Se llama saber administrar el tiempo
-añadió él con un toque de
petulancia mientras comía pescado.

-Viéndolo desde el punto de vista de un empresario.

-Me deseas, Clara, y yo te deseo a ti... de una manera en la que nunca antes he deseado a una mujer.

Ardiente DeseoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora