Si iba a tener que soportar el hecho de heredar una mansión que había odiado nada más verla, prefería hacerlo solo.
Si iba a tener que examinar todas las cajas que había en una de las
habitaciones de la mansión en busca de información sobre una madre hacia la que, para decirlo con educación, tenía sentimientos encontrados, sin ninguna duda preferiría hacerlo solo. Pero Jorge Correa no tenía todo el tiempo del mundo. Tenía un imperio financiero que mantener en pie.
Necesitaba ayuda.
Y aquello no era su manera normal de actuar; siempre hacía todo él solo.
Ojeó de nuevo las Páginas Amarillas hasta que encontró la empresa que le había parecido de ayuda. Organizamos tu casa. Con ese nombre seguramente serían capaces de ayudarlo con las cajas... ¿o no? Claro que la otra opción que tema era tirarlas a la basura.
Pero aquellas cajas eran su única oportunidad de encontrar algo de su
pasado. Marcó el número de teléfono y esperó a que contestaran.
-Dígame.
Era una voz de mujer. Una voz sugerente, casi incitante.
-¿Es la empresa Organizamos tu casa? -preguntó Jorge
-Tiene el número correcto -dijo la mujer-. Pero la empresa ya no existe... lo siento.
En realidad la mujer no parecía sentirlo. Lo que parecía era estar
alegre.
-Mi nombre es Jorge Correa -dijo él-. Me estoy hospedando temporalmente en la residencia Correa y, por lo menos, tengo tres días de
trabajo para usted.
-Lo siento, señor Correa... como ya le he dicho, la empresa se ha disuelto. La semana pasada.
-¿Qué suelen cobrar normalmente por hora? -preguntó él implacablemente.
-Eso no es...
-Simplemente responda a la pregunta. Y quizá me podría decir su nombre.
-Soy Clara Anselmo. Y cobrábamos ciento cincuenta pesos por hora -
contestó ella con el enfado reflejado en la voz.
-Le pagaré trescientos cincuenta la hora. Multiplíquelo por tres días...
estoy seguro de que puede hacer la cuenta.
En ese momento se creó un tenso silencio.
-¿Qué clase de trabajo es del que está hablando?
-Mi abuela, Lucia Correa, me ha dejado algunos documentos que son
de interés personal. Desafortunadamente se encuentran entre sus documentos financieros. Hay muchas cajas y, cada una de ellas, debe ser revisada hoja por hoja. Yo soy un hombre muy ocupado y tengo que
regresar a Buenos Aires. No puedo hacer esto yo solo.
-Ya veo -dijo Clara-. Deme su
número de teléfono y lo telefonearé esta tarde.
Jorge le dio su número.
-Espero tener noticias suyas -dijo con mucha labia-. Adiós, señorita Anselmo
La mujer al otro lado del teléfono colgó de una manera muy poco profesional. Si cuando le telefoneara aquella tarde le decía que no, él iba a tener problemas.
Le ofrecería pagarle trescientos cincuenta la hora. Cínicamente pensó que eso la convencería.
Clara se quedó mirando el teléfono como si Jorge Correa estuviera de
pie sobre él. Pensó que era un caradura, una persona muy arrogante.
Su empresa ya no existía. Había terminado. ¡Ya estaba libre... libre!
Volvió a sentarse a la mesa donde estaba trabajando en su lista, una
lista que estaba escribiendo con marcador rojo de todas las cosas que
quería hacer en aquel momento. Su vida había vuelto a ser para ella misma.
Iba a asistir a clases de arte, a viajar, a pintar una obra maestra, a pintarse las uñas de los pies de color morado. Iba a practicar sexo apasionado.
Frunció el ceño y tachó la palabra apasionado... cualquier tipo de sexo estaría bien. Entonces borró practicar sexo y escribió tener una aventura. Sonaba más romántico, con más clase. Sobre todo si tenía una aventura con alguien alto, moreno y guapo, con alguien que la tratara como si fuera una pieza de porcelana china y que le llevara el desayuno a la cama.
Ninguno de los hombres con los que había salido durante los últimos
años había sido alto, ni moreno, ni guapo; donde vivía, no había mucho donde elegir. Suspiró y añadió vacaciones a su lista.
Pero se dijo a sí misma que hasta que no vendiera la casa no podría irse de vacaciones. Se había gastado casi todos sus ahorros al pagar la matrícula en la Escuela de Arte de Buenos Aires.
Trescientos cincuenta pesos la hora por tres días. No era mala oferta, necesitaba la plata si quería salir de ese lugar para vivir su vida.
Sí, podía hacer las cuentas.
Pensó que aquel hombre estaba sobornándola. El famoso, e infame,
Jorge Correa pensaba que podía comprarla.
Bueno, pero en realidad... así era.
Pensó que si tuviera trescientos cincuenta pesos por cuatro horas de trabajo al dia eran mil cuatrocientos. Y multiplicandolo por tres serian cuatro mil doscientos pesos, podría pagar sus primeros dos semestres y todavía le sobraría un poco de dinero para sus gastos hasta tener la plata que recibiría por la venta de la casa.
Jorge Correa era millonario... o por lo menos eso decía Alicia de la oficina de correos.
Pero organizar los documentos de una mujer fallecida no aparecía en su lista. Aunque eso no importaba. Iba a ir a la residencia Correa e iba a trabajar duramente durante tres días. Entonces aceptaría el dinero y se marcharía. Rápidamente, antes de cambiar de idea, agarró el teléfono y marcó el número de la residencia Correa.
-Habla Jorge Correa
-Soy Clara Anselmo. ¿A qué hora quiere que comience a trabajar?
La seductora voz de ella reflejaba lo irritada que estaba.
ESTÁS LEYENDO
Ardiente Deseo
Fiksi Penggemar¿Aquel matrimonio sería alguna vez algo más que pasión y deseo? Después de cuidar de sus hermanos pequeños durante años, Clara Anselmo había conseguido por fin la libertad... y tenía intención de disfrutarla. Por eso cuando el millonario Jorge Corre...
