6: ¿Suicidio o Liberdad?

4.8K 318 5
                                        


Él estaba profundamente dormido en la cama de matrimonio que allí había, con la cabeza hundida en las almohadas. Estaba desnudo y las
sábanas le cubrían hasta la cintura.

Clara se acercó a él y pudo ver lo musculoso que era.
Estaba claro que no estaba enfermo.
Lo que debía hacer era bajar a la planta de abajo y ponerse a trabajar, pero se quedó sin aliento al murmurar él algo en sueños. Paralizada, observó cómo se daba la vuelta.
Jorge se restregó los ojos con las manos antes de abrirlos y mirarla fijamente.

-Estaba soñando contigo -dijo-. Ven aquí.

Clara emitió un pequeño gritito al agarrarla él de la muñeca y acercarla hacia sí. Perdió el equilibrio y cayó sobre Jorge.

Sus pechos presionaron los desnudos pectorales de él, que le puso un muslo por encima y la obligó a tumbarse. Clara tuvo tiempo de pensar que estaba en la cama con un hombre alto, moreno y guapo.
Entonces él posó los labios sobre los suyos y la besó con delicadeza hasta que ella se derritió de deseo. Gimió su nombre y sintió el calor que desprendía su cuerpo.

Jorge le levantó el jersey y le acarició la espalda.

-Tu piel -murmuró-. Sabía que tendría la textura de la seda -dijo
antes de comenzar a desabrocharle el sujetador.

Cuando tuvo acceso a los desnudos pechos de ella, comenzó a incitar
uno de sus pezones, que adquirió la dureza de una piedra. Ella cerró los
ojos y se sumergió en aquel delicioso placer, así como en una voraz hambre que no podía negar. Se echó hacia delante, ávida de saborearlo y
desesperada por ofrecer.

Agradecido, Jorge disfrutó al acariciarle los pechos y del aroma de su pelo, que le envolvió por completo. Se dijo a sí mismo que tenía que poseerla.
Entonces la cubrió con su cuerpo. La besó con tanta pasión que se quedó sin aliento y sintió lo revolucionado que tenía el corazón.
Con rapidez le subió aún más el jersey y comenzó a chuparle los pezones. Ella se arqueó para él; sus ojos reflejaban el deseo que sentía y comenzó a mover las caderas. Jorge estaba volviéndose loco de pasión y apretó su sexo en repetidas ocasiones contra los pantalones vaqueros de ella.

Volvió a pensar que tenía que poseerla. Pero no en aquel lugar, no en aquella triste casa...

- Clara, tenemos que parar. Dios sabe que te deseo, pero éste no es ni el momento ni el lugar.

Se preguntó a sí mismo si alguna vez había hecho algo parecido, algo que iba contra sus deseos.
Ella lo estaba abrazando por los hombros y tuvo que pararse a pesar
en lo que le había dicho él. Tenían que parar. Sintió su cuerpo extraño,
invadido por el deseo.

Lo empujó con fuerza por el pecho y comenzó a bajarse el jersey para cubrir su desnudez.

-Espera -dijo él, sujetándole la mano-. Deja que te mire.

-Yo...

-Eres preciosa... Acariciarte es como acariciar una perla; eres suave y exquisita.
Aquello era lo último que ella hubiera esperado oír de Jorge Correa.
Estupefacta, observó cómo él le miraba los hombros, los pechos, el ombligo...

La expresión que estaba esbozando le hizo sentir cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Se preguntó si alguien la había mirado de aquella manera alguna vez, como si fuera la criatura más bella del mundo.

Fue él quien a continuación le bajó el jersey. Sonriéndole, le dio unas
palmaditas en el trasero.

-Levántate -dijo-. Vamos a terminar de examinar esas cajas hoy
aunque sea lo último que hagamos.

Ardiente DeseoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora