9: Vuelco al corazón

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Maraton (1/2)


Nueve horas después, Clara y Jorge estaban por fin a solas.
Sedirigían hacia la villa privada de él en el centro vacacional.
Ella iba vestida con su nuevo vestido de lino conjuntado con un chal y, mientras andaba, podía oír el sonido de las olas chocando contra la arena. Se preguntó si
debía coquetear con él, si debía echarse sobre su cuerpo o dirigirle sugerentes miradas.

—Hace una noche muy agradable, ¿verdad? —dijo en una voz que
parecía artificial.

Al doblar una esquina en el camino, vieron la villa de él. Tenía las paredes pintadas de rosa y columnas blancas. Estaba rodeada de una bonita vegetación tropical.

Jorge abrió la puerta principal y guió a Clara hacia un gran vestíbulo.
A él siempre le había gustado aquella casa, aunque la villa que tenía en la Toscana era aún más bonita.
Cuando encendió la luz, la cara de ella se vio iluminada por tonos dorados. Pensó que no parecía que ella estuviera disfrutando de aquel paraíso tropical… parecía aterrorizada.

Entonces abrió la puerta que daba al ala este de la villa y ambos entraron.

—Pareces cansada,ha sido un día muy largo, ¿no es así? Creo que deberíamos posponer el sexo apasionado por ahora. Pediré que nos traigan el desayuno a las nueve de la mañana. A las diez tienes una
cita en el balneario y estarás allí durante todo el día. Podemos quedar para cenar antes de que llegue Rico. ¡Que duermas bien! Y pásalo bien mañana.

Entonces le dio un casto beso en la mejilla, se dio la vuelta y cerró la puerta tras de sí.

Se dijo a sí mismo que había hecho lo correcto, lo inteligente… ¿o había sido un tonto?
Demasiado confundida como para estar enfadada y demasiado cansada para llorar, Clara se dirigió hacia su dormitorio y, al llegar, se metió en la cama.

Jorge le había dado un beso en la mejilla como si fuera su hermano y no su posible amante.
Se sintió muy sola y tardó mucho en dormirse.

Pero cuando se despertó, la luz del sol se colaba por las ventanas de la habitación y se sintió más animada. Vio la bandeja del desayuno y levantó la tapa…
Siete horas después del desayuno, Clara regresó a su dormitorio. Lo último que le habían hecho en el balneario en el que había pasado el día había sido una limpieza de cutis y un corte de pelo. Se sentía como una nueva mujer. Tenía el aspecto de una nueva mujer.

Guiada por un impulso, se quitó la ropa y se puso el camisón que había comprado en Buenos Aires. Se miró en el espejo y le pareció ver a una extraña, a una bella extraña… pero era ella. Nerviosa, oyó cómo alguien llamaba a su puerta.

—¿Clara? Soy Jorge

Ella abrió la puerta y sonrió. Al ver la expresión de la cara de él, se derritió.

—Te iba a preguntar si querías venir a nadar —dijo Jorge, mirándola de arriba abajo.

Clara tenía delicados rizos alegrándole la cara y unos exóticos ojos verdes. Estaba esbozando una cautivadora sonrisa

—No me apetece ir a nadar ahora mismo.

—¿Qué te gustaría hacer?

Ella hizo lo que había deseado hacer la noche anterior; se acercó a él, le acarició el pecho y lo abrazó por el cuello.

—Estoy esperando que me enseñes —

Jorge  se dio cuenta de que ella ya no estaba aterrorizada… aunque seguía sintiendo vergüenza.

—No hay nada que me gustaría hacer más que eso —dijo con la voz ronca.

Entonces entró, cerró la puerta tras él y la besó.
Ella respondió ante aquello abriendo los labios y acariciando la lengua de Jorge con la suya en una repentina explosión de calor que provocó que él se tambaleara y que la abrazara. Clara apretó su cuerpo contra el de aquel musculoso hombre, el cual, al sentir los delicados senos de ella
presionando su pecho, perdió el control. La tomó en brazos y la llevó a la
cama, donde la dejó sobre las sábanas.

Durante un momento se quedó de
pie mirándola mientras se desabrochaba los botones de la camisa y se inundó de su belleza. Entonces se quitó la camisa y la tiró al suelo, tras lo cual se quitó los pantalones y los calzoncillos.

Desnudo y muy excitado, se echó sobre ella. La besó apasionadamente y las lenguas de ambos bailaron una sensual danza. Ella
tenía un dulce aroma a flores y Jorge se volvió loco. Le bajó un poco los tirantes del camisón y le dejó los hombros desnudos. Le besó la clavícula y le bajó el camisón hasta la cintura para liberar los pechos. Con mucha delicadeza comenzó a acariciarle los pezones.

Ella gimoteó su nombre y él le incitó un pezón con la lengua para a continuación tomar su pecho en la boca y saborear su dulzura.

—Jorge —jadeó ella—. Oh, Dios, Jorge…

Él levantó la cabeza lo suficiente como para bajarle el camisón hasta la cadera y Clara se lo quitó apresuradamente. Jorge le chupó entonces su otro pezón mientras le acariciaba el ombligo y comenzaba a bajar la mano.
Sintió cómo ella abría las piernas y le daba la bienvenida… estaba muy húmeda y caliente. Él se apartó para no caer en la tentación de hacerla suya en aquel mismo momento de la manera más esencial. Había tiempo. Tenía todo el día y toda la noche para poseer a la mujer cuyas
caderas le estaban volviendo loco.
Clara era suya. Él ya lo sabía.

Ella le estaba acariciando el pecho y jugueteaba con su vello pectoral.
Pero entonces comenzó a bajar la mano hasta que tomó su erección. Jorge se estremeció ante aquello y se sintió agobiado ante tanto placer…

—¿Quieres que pare? ¿Quieres…?

—¿Qué qué quiero? —Dijo él con voz ronca—. No tienes siquiera que
preguntar, Clara. Haz lo que te apetezca…

Entonces ella tomó la mano de él y la llevó a su entrepierna. Al tocarla, al acariciar el centro de su feminidad, su suavidad, Jorge pudo ver cómo los ojos de ella reflejaban lo mucho que estaba disfrutando. Se acercó a besarla mientras que con sus dedos la seguía acariciando y volviendo loca de placer.

Ella gimió y después chilló mientras su cuerpo se sacudía bajo el de él, que tenía el corazón revolucionado. Clara era tan guapa que con sólo mirarla se emocionó.

—No esperaba… no he…

—Has estado perfecta. Y, Clara, hay más.

Sin darle tiempo para pensar, la tumbó a su lado. Entonces la agarró por el trasero y la presionó contra su erección, le besó los labios, los pómulos y la garganta…

—Todavía te deseo —susurró ella, restregando sus pechos en la piel
de él y poniéndole una pierna por encima.

Jorge se dirigió entonces a la parte más íntima y húmeda de ella, que gritó y hundió las uñas en las caderas de él. En aquel momento la penetró.

Pero encontró resistencia.

Le dio un vuelco el corazón al ver el dolor que reflejaba la cara de ella.

—¿Clara… eres virgen?


Ardiente DeseoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora