Era obvio que la joven anglosuiza disfrutaba y se beneficiaba a la vez del estudio de su lengua materna. En mis enseñanzas, naturalmente, no me limité a la rutina corriente de la escuela, sino que hice del aprendizaje del inglés un vehículo para la enseñanza de la literatura, imponiéndole una serie de lecturas. Ella tenía una pequeña colección de clásicos ingleses, algunos de los cuales había heredado de su madre y el resto los había comprado con su salario. Le presté algunas obras modernas, que leyó con avidez. De cada obra me hizo un resumen escrito después de leerla. También disfrutaba con las redacciones, tarea que parecía como el aire mismo que respiraba, y pronto mejoró tanto que me vi obligado a reconocer que aquellas cualidades suyas que había denominado Fantasía y Buen gusto debían llamarse más bien Imaginación y Discernimiento. Cuando expresé tal reconocimiento, de la misma forma escueta y contenida de siempre, esperé ver la sonrisa radiante y jubilosa que mi único elogio había suscitado antes, pero Frances se sonrojó, y si llegó a sonreír, fue la suya una sonrisa muy leve y tímida, y en lugar de plantarse frente a mí con una mirada de triunfo, sus ojos se posaron sobre mi mano, que, pasando por encima de su hombro, escribía unas indicaciones en el margen de su cuaderno.
—Bien, ¿le alegra que esté satisfecho con sus progresos? —pregunté.
—Sí —respondió ella despacio y en voz baja, y el rubor de antes, que casi había desaparecido, volvió a encender su rostro.
—Pero supongo que no será suficiente —añadí—. ¿Mis elogios son demasiado fríos?
No respondió, y me pareció que estaba un poco triste. Adiviné sus pensamientos y mucho me habría gustado responder a ellos, de haber sido conveniente hacerlo. No era entonces mi admiración lo que ella ambicionaba, ni estaba especialmente deseosa de deslumbrarme. Un poco de afecto, siempre tan escaso, la complacía más que todos los panegíricos del mundo. Al percibir este sentimiento, me quedé un buen rato detrás de ella, escribiendo en el margen de su cuaderno. Me resultaba imposible abandonar aquella posición y aquella actividad. Algo me retenía inclinado allí, con la cabeza muy cerca de la suya y mi mano cerca de la suya también; pero el margen de un cuaderno no es un espacio ilimitado. Lo mismo pensó sin duda la directora y aprovechó la oportunidad para pasar por delante a fin de averiguar con qué artes prolongaba de forma tan desproporcionada el tiempo necesario para llenarlo. Me vi obligado a alejarme. ¡Desagradable esfuerzo el de abandonar lo que más nos gusta!
Frances no perdió el color ni las fuerzas como consecuencia de su sedentaria actividad. Tal vez el estímulo que transmitía a su cerebro contrarrestaba la inacción que imponía a su cuerpo. Cambió, eso sí, de manera rápida y evidente, pero fue para mejor. Cuando la vi por primera vez, su expresión era abatida, su tez no tenía color. Parecía una persona sin motivo alguno para disfrutar, sin reserva alguna de felicidad en el mundo entero. Ahora, la nube que ensombrecía su semblante había desaparecido, dejando espacio al alba de la esperanza y el interés, y esos sentimientos surgieron como una mañana despejada, animando lo que antes estaba deprimido y tiñendo lo que antes era palidez. Sus ojos, cuyo color no había visto al principio de tan borrosos como estaban por las lágrimas reprimidas, tan empañados por un continuo desánimo, iluminados ahora por un rayo del sol que alegraba su corazón, revelaron unos iris de brillante color avellana, grandes y redondos, velados por largas pestañas, y unas pupilas encendidas. Desapareció aquel aire de lánguida delgadez que las preocupaciones o el desaliento transmiten a menudo a un rostro delgado y reflexivo, más alargado que redondo, y la transparencia de su piel, casi lozana, así como cierta redondez, suavizó las marcadas líneas de sus facciones. Su figura participó también de este beneficioso cambio; pareció llenarse, y como la armonía de su forma era completa y era de una grácil estatura media, uno no podía lamentar (o al menos yo no lo lamentaba) la ausencia de rotundidad de su contorno, ligero aún, aunque compacto, elegante, flexible. El exquisito giro de cintura, manos, muñecas, pies y tobillos satisfacía por completo mi noción de simetría y permitía una ligereza y una libertad de movimientos que se correspondían con mi idea de la gracia. Con esta mejoría, con este despertar a la vida, mademoiselle Henri empezó a crearse una nueva posición en la escuela. Su capacidad intelectual, manifestada con lentitud, pero también con seguridad, consiguió al poco tiempo arrancar el reconocimiento incluso de las envidiosas, y cuando las jóvenes comprobaron que podía sonreír y conversar alegremente, y moverse con viveza, vieron en ella a una hermana joven y saludable, y la aceptaron como una de ellas.
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EL PROFESOR
AlteleWilliam Crimsworth, en su voluntad de independencia, desprecia la tiránica protección de sus parientes y se embarca hacia Bruselas, donde consigue un puesto de profesor de inglés en un internado y debe elegir entre las atenciones de la brillante y...
