Eran las dos cuando regresé a mi alojamiento. Sobre la mesa humeaba la comida, que
acababan de traerme de un hotel de la vecindad. Me senté pensando en comer, pero
no habría fracasado más estrepitosamente aunque en la bandeja me hubieran servido
trozos de cerámica y cristales rotos en lugar de judías y buey hervido: había perdido
el apetito. No toleraba la visión de una comida que no podía saborear, de modo que la
guardé en la alacena y luego me pregunté: «¿Qué voy a hacer hasta la noche?»; sería
inútil presentarme en la Rue Notre-Dame-aux-Neiges antes de las seis, pues su
habitante (para mí sólo ella existía) estaría trabajando en otro lugar. Paseé por las
calles de Bruselas y me paseé por la habitación desde las dos hasta las seis, sin
sentarme ni una sola vez en todo ese tiempo. Estaba en la habitación cuando por fin
dieron las seis. Acababa de lavarme la cara y las manos febriles, y me miraba al
espejo: tenía las mejillas rojas y mis ojos despedían llamas. Aun así, mis facciones
parecían sumidas en sereno reposo. Bajé velozmente las escaleras y, al salir a la calle,
me alegré de ver que el crepúsculo llegaba envuelto en nubes. Aquellas sombras eran
para mí como una grata pantalla, y el frío de finales del otoño que llegaba a ráfagas
desde el noroeste me pareció reconfortante. Sin embargo, vi que no lo era para otros,
pues por mi lado pasaron mujeres arrebujadas en sus chales y hombres con las
chaquetas abrochadas.
¿Cuándo somos completamente felices? ¿Lo era yo entonces? No; un temor
creciente y apremiante soliviantaba mis nervios desde que recibí la buena noticia.
¿Cómo estaba Frances? Hacía diez semanas que no la había visto y seis que no tenía
noticias de ella. Había respondido a su carta con una breve nota, cordial, pero
tranquila, en la que no mencionaba la posibilidad de una correspondencia continuada
ni de nuevas visitas. En aquel momento, mi balsa estaba suspendida sobre la cresta
más alta de la ola de la Fortuna, y no sabía a qué banco de arena podría arrojarme la
resaca. No quise entonces vincular su destino al mío ni siquiera con el hilo más sutil.
Estuviera condenado a estrellarme contra las rocas o a correr sobre la arena, había
decidido que ninguna otra nave compartiría el desastre. Pero seis semanas eran
mucho tiempo. ¿Seguiría bien de salud y le irían bien las cosas? ¿No estaban de
acuerdo todos los sabios en afirmar que la felicidad no encuentra su punto culminante
en la tierra? ¿Me atrevería a pensar que tan sólo media calle me separaba de la copa
rebosante de la Satisfacción, del brebaje extraído de las aguas de las que se dice que
sólo discurren en el Cielo?
Llegué a su puerta. Entré en la casa silenciosa. Subí las escaleras, el rellano estaba
desierto y todas las puertas cerradas. Busqué el pulcro felpudo verde: estaba en su
sitio.
«¡Señal de esperanza! —me dije, y avancé hacia él—. Pero será mejor que me
calme. Voy a irrumpir en su casa y a organizar directamente una escena.» Refrené mis
pasos precipitados y me planté sobre el felpudo.
«¡Qué silencio! ¿Estará en casa? ¿Habrá alguien en el edificio?», me pregunté. Me contestó un leve tintineo como de carbonilla al caer del hogar de la chimenea; un movimiento, el del fuego al ser atizado, y se reanudó el ligero frufrú de la vida. Unos
pasos serenos se movían de un lado a otro del piso. Fascinado, me quedé inmóvil, y
mayor fue mi fascinación cuando una voz recompensó la atención que le dedicaban
mis oídos, una voz, muy baja y contenida, para ella sola, pues no concebía compañía
de nadie quien hablaba. Así clamaba tal vez la soledad en el desierto, o en el
vestíbulo de una casa abandonada.
"And ne'er but once, muy son", he said,
"Was yon dark cavern trod;
In persecution's iron days,
When the land was left by God.
From Bewley's bog, with slaughter red,
A wanderer hither drew;
And oft he stopped and turned his head,
As ifby fits the night-winds blew.
For trampling round by Cheviot-edge,
Were heard the troopers keen;
And frequent from the Whitelaw ridge
The death-shot flashed between".
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EL PROFESOR
De TodoWilliam Crimsworth, en su voluntad de independencia, desprecia la tiránica protección de sus parientes y se embarca hacia Bruselas, donde consigue un puesto de profesor de inglés en un internado y debe elegir entre las atenciones de la brillante y...
