CAPÍTULO 28

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Nick tiró con fuerza. La trucha se debatía furiosa amenazando con romper el sedal. Con un movimiento ágil y certero logró sacarla a la orilla. Salió del río sorteando las matas de punta de flecha y se arrodilló para desengancharle el anzuelo mientras todavía daba coletazos.

—Es enorme —comentó Matt, mirándola de reojo—. Eres un hombre con suerte.

—¿Suerte? —preguntó con una mueca irónica.

Ambos se encontraban casi a la orilla, en la parte menos profunda del río, aun así el agua cubría buena parte de sus botas.

—Yo creo que sí —dijo sin apartar la vista del sedal—. Tienes suerte de estar rodeado de gente con una inmensa paciencia.

Nick alzó los ojos del anzuelo que tenía entre manos, sabía que en algún momento Matt intentaría romper su mutismo. A fin de cuentas, estaba en lo cierto: era afortunado por contar con personas que lo aceptaban pese a su carácter impenetrable. No se sentía orgulloso de su comportamiento durante las últimas semanas.

—No sé qué me pasa —reflexionó molesto en voz alta—. Me merezco más de un puñetazo.

Matt adivinó detrás de aquellas palabras una disculpa por el enfrentamiento del lunes. Lo observó balancear la caña con furia. Parecía querer descargar toda su frustración con aquel movimiento violento.

—Solo has tardado tres días. —Hizo una pausa mientras afianzaba la postura abriendo las piernas—. De haber tardado un día más, habría ido a por ti para propinarte una buena ración de golpes.

Nick rio por lo bajo y lo miró a los ojos. Nadie le conocía tan bien como Matt. Entre ellos no necesitaban muchas palabras. Había intuido sus excusas y le había disculpado con idéntica sutileza. Sintió una paz enorme al haber solucionado los problemas con su cuñado, pero contuvo el impulso de abrazarse a él. Quince años atrás lo habría hecho, pero no era propio de hombres mostrar sus afectos. De modo que le dio un cariñoso golpe en el brazo, que Matt le retornó con idéntica rudeza.

—¡Cuidado! —advirtió Nick.

Matt echó el cuerpo hacia atrás haciendo esfuerzos para no soltar la caña. El pez debía de ser muy grande. Por fin logró ganarle la partida a una hermosa trucha que, aun en tierra, se empeñaba en prolongar una batalla perdida.

—¿Has pensado qué vas a hacer? —preguntó Matt enganchando un nuevo cebo en el anzuelo—. Así no puedes continuar, lo sabes.

—¿Crees que no me doy cuenta? —Agitó los hombros intentando aliviar la tensión—. Creí que todo sería más sencillo. Cuando decidí casarme, lo hice con intención de empezar de nuevo. Pero, desde entonces, mi vida es lo más parecido al infierno.

—_________ no es feliz —le espetó.

Nick contrajo el rostro. Le dolió la sinceridad de Matt.

—No es culpa mía —se escudó—. Maldita sea, no sé cómo tratarla. Tuve que escoger a la mujer más complicada y enigmática que puebla estas tierras.

Matt se giró hacia él con semblante serio. No era propio de Nick eludir su parte de culpa. Pero se relajó al comprobar que su preocupación era sincera.

—¿Qué mujer no lo es? —rio—. Tú tampoco eres muy comunicativo.

Nick se preparó, el sedal volvía a estar tenso. Tiró con rabia de la caña y la trucha rebotó en el suelo tras él. En un par de zancadas salió a la orilla.

—Me exasperan sus silencios —masculló arrancando el anzuelo con un brusco estirón—. Con todo el mundo se muestra sonriente, para todos tiene una palabra amable. En cambio, a mí me esquiva; no permite que forme parte de su mundo.

Dama de TrébolesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora