La Tumba De Barbanegra

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Hector:
—Tu mirar esto—me dijo Jeff.
Habíamos rodeado la montaña en el sentido de las agujas del reloj y parecía que Jeff había encontrado algo.
—¿Qué es eso?—pregunté.
Jeff estaba agachado junto a una grieta que recorría un metro a lo alto.
—Ser grieta—dijo.
La golpeé con los nudillos.
—Parece hueca—le dije.
Volví a golpear otra vez, y después de esa otra. Cada vez más fuerte. Al final un trozo se rompió dejando a la vista una gruta.
—Creo que lo hemos encontrado—le dije.
Necesitábamos más espacio para entrar, así que saqué mi machete de nuevo y comencé a golpear la falsa pared. Tras unos minutos conseguí hacer un agujero del tamaño suficiente. Mire a Jeff.
—Voy a entrar—le dije.
—Yo ir contigo—dijo
—No, tu vigila. Saldré en seguida
Entré y observé la cueva. La luz de la entrada alumbraba parte de la gruta, pero no toda. Observé que habían antorchas apagadas en los laterales. Me introduje más, pero de repente un chasquido me hizo sobresaltarme. La antorchas a mis lados se habían encendido. Entendí que se trataba de magia. Di otro paso y las antorchas se apagaron. Pero al instante las dos siguientes se encendieron. Continué así adentrándome cada vez más. Al final me topé con una inmensa puerta de roble. Escrito en letras negras ponía:

Que los mal intencionados no se acerquen,
pues aquí yace el rey de los piratas,
cuyo tesoro le acompaña.
Un tesoro de inmenso valor,
pues no hay nada más valioso que el saber.
Que los secretos sean desvelados,
incluso los que nunca habrían que desvelar.
Que el valiente y buen intencionado entre,
si tiene el valor suficiente.

Mi vista descendió hasta llegar al final. ¿Saber? ¿A qué se referían con el saber?
Me armé de valor y empuje la inmensa puerta. Se abrió con un estridente gemido.
Entré en otra gruta más amplia, de forma casi circular. En el centro había un lago cristalino del que procedía una luz azulada. En el medio del lago había un islote donde había un enorme trono de oro. En el, descansaba un esqueleto con vestimentas caras. Tenía una espada en mano y sonreía macabramente. Un escalofrío me recorrió al ver un guadaño salir de las cuencas oculares del muerto. En la parte superior del trono había otra inscripción donde ponía:

Aquí descansa Barbanegra, el rey de los piratas,
teniendo el saber a sus pies.

El saber. De nuevo hablaban del saber. ¿Sería ese el tesoro? Pero donde estaba el saber. No había ni libros, ni cualquier cosa que tuviese que ver con el saber. Solo había agua. Agua. Se me ocurrió una idea. Me descalcé rápidamente y observé el agua. Cogí aire y me sumergí en el agua. En el saber.

La isla de KatnupHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora