XI

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«Una vez que el sórdido interés se apodera del alma de un hombre, congela en ella cualquier brote de sentimientos amables y afectuosos»

Ann Radcliffe.

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Las gaviotas eran excesivamente escandalosas y el solo imaginar la suciedad que dejarían sobre su barco le provocaba dolor de cabeza.

Había pasado toda la mañana revisando los diarios y escribiendo en el propio, la cabina de capitán no le gustaba mucho y usualmente evitaba entrar en ella, aunque con su amplio y tranquilo camarote utilizado como guardería por dos críos no quedaba de otra si buscaba tranquilidad para trabajar.

Extendió el mapa sobre la mesa de rústico diseño para corroborar la ubicación exacta del Vanya. Desviarse de su ruta habitual lo ponía más nervioso de lo que aparentaba.

En cambio, su padre recorrió todas aquellas zonas poco ocupadas por piratas brindando información valiosa que Otabek no desperdiciaba. Con un registro completo desde el primer día como un marino sin importancia al servicio de otro pirata hasta el día anterior a su captura ya con título de bandido poderoso y despiadado, la bitácora y diarios resultaban ser un tesoro inigualable.

Celestino los tomó antes de partir junto a objetos de valor que entregó a Otabek.

La quietud del mar no estaba anotada como fortuna, los piratas creían que demasiada buena suerte únicamente resultaba una burla del destino para hacerlos confiar. Tres semanas sin vientos peligrosos o lluvia mantenían a la tripulación doblemente alerta.

Otabek era un navegante en toda la extensión de la palabra, aprendió a leer mapas, trazar rutas, seguir los astros y cualquier señal de la naturaleza como guía, utilizar los artefactos de medición y predecir condiciones de viaje según las aguas. Conocimientos que no cualquiera podía desarrollar con la precisión requerida.

Guardó el mapa regresándolo en los diez dobleces que formaban el delgado rectángulo de papel amarillo, en total poseía doscientos diez mapas del mundo conocido con diversas variantes acorde a la época e interpretación del autor. Nunca se está demasiado preparado.

La fascinación vino por el que probablemente era el primer y único gesto afectivo de su padre cuando niño. Encerrado en la cabina, muerto de aburrimiento y apenas abordo tres días, se atrevió a pedirle uno de los mapas para entretenerse.

Sin mirarlo o utilizar palabras como respuesta le indicó con la mano que tomara uno. Otabek eligió el primero del montón, recostado sobre el suelo incómodo jugó felizmente usando los dedos como compás, imaginando rutas y a cuáles puertos seguros llegarían.

Su padre lo llamó luego de un rato, interesado en la escena. No se detuvo a verificar si un niño tan pequeño comprendía pero comenzó a explicarle como funcionaban los mapas y a donde se dirigían.

Un recuerdo al que Otabek se aferró durante la mayor parte de su vida.

De la misma manera que se sostenía con todas las fuerzas que le quedaban a su madre visitándolo una sola vez, acompañada de un silencioso séquito de sirvientes a mitad de la noche.

Ella no lo miró, habló con el abuelo en privado e hizo entrega de una bolsa con dinero. El silencio del anciano tuvo un costo, nadie debía enterarse del origen de semejante vergüenza.

Bon voyage!  «Otayuri | Yuri On Ice AU Piratas»Donde viven las historias. Descúbrelo ahora