Sus ojos oscuros, cada vez más oscuros y apagados, no mentían. Otabek estaba preocupado por algo.
Los conocía bien tras una temporada infame aprendiendo a leer su expresión reservada y fría como esa habitación inmensa llena de decoración estrafalaria. Otabek llevaba un rato considerable frente al escritorio repleto, hundiéndose entre los mapas que adoraba y libros sin título. Solo se interrumpió para estirar los brazos encima de la cabeza y emitió un gruñido de descontento.
Regresó al papel con los ojos llenos de cansancio y una preocupación tan inmensa que Yuri no se sintió tranquilo en toda la noche. Pero aún así no lograba dejar de mirarlo. Estudiarlo.
Estaba enojado con él y también consigo mismo, una combinación repugnante de malestar, tristeza y decepción le golpeteaba la boca del estómago, el lado izquierdo de la cabeza y hasta las palmas de sus manos que se humedecian con una capa ligera de sudor. Intentó dormir sin éxito, arrastrando los pies llegó hasta el sofá recostándose contra el brazo grueso y poco cómodo, envuelto en una de las sábanas. Excelente posición para observar a Otabek.
No pudo llorar ni gritar, no se contenía por temor a la reacción del resto, realmente no pudo. Su mente y cuerpo parecieron desconectarse cuando disparó. La nube que saltó contra su cara, el fuerte olor a pólvora y el calor distrajeron su atención lo suficiente para no echar a correr. Cerró los ojos e ignoró las exclamaciones y murmullos de los hombres que rodeaban la escena intrigados por lo que sucedería a continuación.
Otabek lo llevó de vuelta al barco y ordenó que encendieran el fuego para calentar agua, agregó sales de baño de diversos aromas y hasta ese aceite excepcionalmente cálido al tacto de olor fuerte pero agradable, estaba hecho de algo llamado canela por lo que entendió.
Al quedarse solos Yuri se desnudó, Otabek lo sujetó de los hombros para ayudarlo a entrar en la tina. Una cortina delgada casi transparente separaba la letrina de un mueble pequeño donde toallas de telas coloridas y múltiples frascos se guardaban. El piso era de madera pulida muy brillante igual a espejos dispersos y sus paredes no se quedaban atrás, solo en el área de la tina una segunda tela más gruesa cubría el suelo, quizás para que el agua no arruinara nada.
Era un baño grande y bonito, distinto al que tenía en su casa. Esa vieja letrina escondida junto a un árbol con cuatro paredes de madera podrida y apenas espacio para moverse. Yuri siempre temía ser picado por una araña o alguna otra criatura desagradable cuando necesitaba usarlo, especialmente por la noche. Una cubeta con agua del pozo detrás de la roca más alta bastaba para asearse.
La compañía del capitán fue momentánea, Yuri no estuvo incómodo pues Otabek le había visto desnudo antes y la vergüenza de estar así de expuesto no era tan recalcitrante. Suspiró.
No hubo explicaciones, disculpas, ni una palabra, la más mínima. Cuando se sumergió hasta el cuello permitiendo que el agua caliente y la mezcla de relajantes olores pudiera hacer efecto tranquilizando su corazón que no cesaba de latir apurado, Otabek abandonó el lugar, la única lámpara se balanceaba. El barco zarpó deprisa, escuchaba todo claramente.
Se bañó haciendo largas pausas, luchando por ganar tiempo y así el capitán estaría durmiendo o haciendo cualquier cosa en cubierta al terminar. Se esforzaba en mantener la cordura que desde días antes amenazaba con descarrilar, ahora con mayores y angustiantes fuerzas. Dolor, temor, cólera, tristeza.
Acababa de matar a otro ser humano.
Otabek entró una segunda vez, el agua se enfriaba. Yuri era cooperativo, alzó los brazos tras ponerse de pie por instrucciones del otro, una de las toallas suaves recorrió su rostro y pecho. La voz calmada le pidió salir en una sencilla oración, aquella toalla le rodeó la cintura, no se miraron más. El ambiente era pesado pero de la manera que ocurría entre ambos cuando no tenían nada que decirse.
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Bon voyage! «Otayuri | Yuri On Ice AU Piratas»
FanfictionDurante los años de auge de la piratería, Azarath el gran océano, es el bastión de poder de aquellos piratas que han logrado consagrarse. Ni las leyes estrictas que castigan con la muerte, ni las disputas con otros delincuentes merman las ansías de...