Desde su pequeño negocio, lo vio llorar, y no supo que le pasaría. Él creyó que nadie lo estaba viendo.
Una novela en la que al igual que la realidad, el amor, la felicidad y la muerte, conviven juntos.
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Matthew, Marissa y Juliette, se encontraban guardando algunas de las cosas en cajas. No habían sacado demasiado, y la mayoría ya estaba en la casa, pero había que trasladar lo último que quedaba. Jul sonrió al ver que Simón estaba acostado en la cama de Diane porque era la que solía darle de comer por la tarde.
Su lunes no había sido precisamente interesante, aunque si bastante agotador porque el negocio se puso lleno, y trabajaron mucho. Sus padres ya estarían por llegar, así que se había apresurado a mantener todo limpio, aunque con la mudanza se hacía difícil. Por otra parte, Mark le había insistido para verse por la noche, y ella no pudo resistirse. Como siempre.
Llevaron las cajas una vez terminadas, y se quedaron disfrutando del renovado ambiente.
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Como para las siete, Jul estaba casi lista, aunque no sabía adonde irían, porque no es como si los restaurantes abundaran. Quizás podrían viajar a la comunidad de al lado, que no estaba muy lejos de ahí, y comprar una pizza con jamón arriba. Ella amaba el jamón, y se lo haría saber en cuanto pudiera.
Mientras se retocaba el brillo de labios, pudo escuchar el telefono sonando en la sala, y refunfuñeo porque tenía que correr a cogerlo. Sus plataformas de corcho hicieron mucho ruido contra el piso de madera, y Simón salió corriendo asustado. Jadeante tomó el tubo y respondió, al mismo tiempo que escuchaba que Mark tocaba la puerta.
—Si, diga.
La voz desconocida y masculina del otro lado, la hizo fruncir el ceño.
—¿Residencia Thompson?—preguntó, con neutralidad.
Se volvió a escuchar, esta vez el timbre, y la chica sin soltar el teléfono, fue para abrirle a su visitante. Le sonrió, mientras le hacía un ademán de que esperara un segundo.
—Si, aquí es.
Un silencio, y solo la respiración de la persona tras el teléfono. Jul comenzó a impacientarse, y pudo escuchar un suspiro
—Le hablo del hospital Wilburn, señorita. Lamento ser yo, el que tenga de informarle de la muerte de sus padres.
Mark volteó preocupado en cuanto vio que la chica soltaba el teléfono, y este caía al piso, causando un estruendo.
—¿Qué te pasa? ¿Qué sucede? ¡Juliette! —Su voz, su voz era como un zumbido muy agudo.
No vio lo que pasó después, solo pudo sentir que sus piernas desfallecían, sin saber porque. Sus oídos habían procesado esas palabras, al igual que todo su cuerpo, sin embargo, el cerebro estaba en blanco. Su alrededor era una habitación blanca, llena de objetos, y personas que comenzaron a llegar, causando que el sonido agudo aumentara. Poco a poco la cabeza comenzó a dolerle demasiado como para poder mantenerla despierta, y cayó desmayada, golpeando su cabeza contra el suelo.