Desde su pequeño negocio, lo vio llorar, y no supo que le pasaría. Él creyó que nadie lo estaba viendo.
Una novela en la que al igual que la realidad, el amor, la felicidad y la muerte, conviven juntos.
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Sin duda, la noche había caído por completo. Diane abrazaba a su hija que lloraba como si el gato hubiese muerto. Es que no sólo era el hecho de que no estuviese, sino que había sido por su culpa. Gerard suspiró.
—Está bien chicos. Gracias por ayudarla. Mañana lo seguiremos buscando. Ahora ya es tarde. —Saludó a todos con dos besos en la mejilla, y comenzó a moverse hacia la camioneta.
—Gracias. —Jul les agradeció—. Hasta mañana.
Tan sólo quería irse a casa. Si fuera por ella habría seguido buscando, pero no tenía visión nocturna. Cuando estaba por subirse a la camioneta, recordó que había venido en su bici, y tenía que llevársela. Diane la vio mientras iba a buscarla.
—Deja que la suba aquí. —Su padre subió el vehículo a la parte de atrás. Consideró que lo mejor era que viajara con ellos allí. La noche ya estaba profunda, y el camino estaba con muchos baches.
En cuanto llegó a casa, fue directo a su habitación. Ni siquiera se le cruzó por la cabeza darse un baño. Cayó rendida en un sueño profundo, apenas tocó el edredón de su cama.
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—¿Juliette? —Su madre la despertaba—. Cielo...
En cuanto abrió los ojos, notó que llevaba el mismo vestido de ayer, pero estaba tapada con una sábana ligera. Estaba a punto de sonreír, hasta que recordó al desaparecido Simón. Se incorporó velozmente y vio que el sol ya estaba arriba. ¡No podía perder tiempo! Tenía que buscarlo, o pegar papeles con su foto, mostrando que estaba extraviado. Su madre la miró.
—Si...iba a decirte que te despertaras, quizás querrías repartir estos volantes en el pueblo. Los hizo tu padre.
—Ah, gracias mamá. —Miró el primer papel de todos. Vio la cara de Simón mirándola—. Vamos a encontrarlo.
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Una vez lista como un rayo, salió en busca de su bicicleta. Sintió la ausencia de su mascota y volvió a lamentarse, por décima vez en esas horas, el hecho de haberlo dejado en ese canasto. Pedaleo velozmente, cruzando cada mismo bache, cada misma piedra que pisaba con la rueda de su bicicleta. Hacia calor, pero no ese calor agobiante, más bien uno agradable, para pasar lindas horas de pic-nic. Al primer lugar que se dirigió, una vez hubo llegado al pueblo, fue a la panadería. Para sorpresa de ella, y no grata en ese momento, fue ver que la fila de gente salía hasta afuera.
—Hola, buenos días. —Fue diciendo a los clientes, mientras se bajaba de la bici y entraba adentro. Vio a su amiga, totalmente atareada, ocupándose de los pedidos y la caja registradora a la vez—. Perdón —dijo una vez dentro—. Estaba por buscar a Simón y vi el montonerío de gente.
Sin duda pensaba quedarse a cumplir con su trabajo, al menos hasta que la gente cesara. Thania volteo a verla comprensiva.
—No te preocupes, por eso no te llamé. Sabía que estarías buscándolo. No hace falta que te quedes, ve... —Pero Jul la interrumpió.