Allí se encontraban los sixtillizos Matsuno, sentados en el pasillo, en completo silencio, derrotados por las emociones que habían sentido en unas pocas horas que habían sido tantas. Esperaban a una respuesta, pensando en lo peor, pues jamás se les había dado bien ser positivos. Todos, sin decirse una palabra, podían sentir el dolor de los demás. Como si sus mentes y corazones estuviesen unidos por un largo y fuerte hilo.
El mayor de los seis observaba a sus menores con detenimiento, fijándose en cada pequeño detalle de sus expresiones faciales en aquel momento. El azul fingía estar bien para no derrumbarse, aunque delante del rojo no pudiese mentir. Sabía que lo hacía por los menores, puesto a que si alguno de los mayores se hundía en la tristeza, no podrían evitar hacerlo todos. Como si de dos pilares se trataran. Ser los mayores tenía esas desventajas.
Su mirada no tardó en dirigirse al de verde, el cual no se molestaba en esconder el terror que sentía. No era alguien positivo y el miedo y la culpa le ponían una venda en los ojos que le impedían ver que realmente había esperanzas. El de lila, posicionado al lado del tercero, abrazaba sus piernas con tristeza y la mirada clavada en el frío y brillante suelo del hospital, observando con desprecio su propio reflejo y dejándose llevar por sus pensamientos.
Y se fijó en los dos menores. El amarillo, quien era la alegría de la familia, el apoyo moral más grande debido a su enorme sonrisa, no podía parecer más desanimado. Y era comprensible, nadie le reprocharía aquello jamás. Abrazaba al de rosa con fuerza y ternura, el cual sollozaba tratando de llorar en silencio sin éxito alguno dejándose consolar por el quinto.
El mayor sin embargo, no podía decir que estaba bien como aparentaba. Estaba igual de asustado por la situación que estaban viviendo, pero no podía dejar de plantearse una cuestión. Cuestión la cual podría apostar todo a que los demás también tenían en mente.
El azul observó como su hermano mayor estaba de pie mientras los demás estaban sentados, juntos, apoyados en la pared. El rojo en cambio, sólo paseaba de arriba a abajo, mirándoles de vez en cuando y pensando en cosas que nadie sabía exceptuando al susodicho. Lo miró apenado, pues sabía que seguía actuando despreocupado para no derrumbar a todos.
Osomatsu era la viva imagen de la confianza entre los seis. Todos tenían una ciega confianza en él y no dudaban en depositarla aunque él no fuera siempre del todo consciente. Era un pilar que, si caía, todos caían con él. Qué cuando él dejara de estar tan calmado y confiado, todos empezarían a perder los estribos. Y Karamatsu no podía competir con ello, a pesar de que no lo viera justo.
Osomatsu cargaba con un peso sobre sus hombros que nadie debería aguantar. Los cinco restantes en cambio, entendían que el rojo no era un androide sin emociones que sólo sonreía y rascaba por debajo de su nariz juguetón. Sabían que era un humano, y que tenía sentimientos como otro cualquiera. Sin embargo, se habían habituado a que no los mostrara y eso era un hábito realmente malo para él.
Y el segundo, por más que quisiera y se esforzara por cambiarlo, todo seguía igual. Siempre había admirado a Osomatsu por no quejarse jamás de aquello. Siempre lo había apoyado y éste había aceptado con una sonrisa amable si ayuda.
Osomatsu era un héroe a sus ojos.–Adelante, ya podéis pasar. –anunció una chica rubia saliendo por aquella puerta, recolocando su mechón de cabello en su recogido, con una sonrisa amigable que hacia su imagen más pura y hermosa. Los seis asintieron en forma de agradecimiento y se levantaron de sus respectivos asientos para suspirar y prepararse para entrar. Si aquella enfermera no les había mirado con tristeza, no podía ser mala señal, lo cual tranquilizó a los seis hermanos.
Se miraron entre ellos con nervios y Osomatsu fue quien agarró el pomo de la puerta. Todos asintieron conforme a aquel gesto y giró con lentitud pero curiosidad aquel artefacto para poder dar a luz aquello que tanto les preocupaba. Tenían todos los ojos cerrados con fuerza, pues se esperaban lo peor como de costumbre. Unas risas alegres fueron las que les quitaron la tensión por completo.
Vieron a sus padres hablar tranquilamente con una sonrisa mientras reían acerca de algún comentario que habría dicho uno de los dos. Los dos más adultos miraron a sus hijos, confusos por ver como prácticamente sus piernas temblaban y sus rostros parecían extrañamente aliviados y calmados.
La mujer sonrió conmovida por ver lo preocupados que estaban por su padre, y aquella expresión no pudo evitar hacerse más evidente en cuanto sus queridos sixtillizos se acercaron corriendo a abrazar a su hospitalizado y también alegre padre. Algunos lloraban de la alegría, otros sólo reñían a sus padres por haberles hecho preocupar de aquella manera tan grave.
Qué familia más peculiar y extrañamente unida.
[...]
Una vez aquella pesadilla acabó y pudieron regresar a casa ya aliviados al saber que su padre se encontraba en prácticamente perfecto estado, todos cenaron entre conversaciones triviales ya con la cabeza despejada de todo pensamiento negativo.
Aquella noche su madre había decidido quedarse en el hospital, y tras llevarle algo para cenar y ropa, los seis hermanos se prepararon para disponerse a dormir. Con el futón estirado y sus pijamas puestos, acudieron a sus respectivos puestos. Tras un unísono "buenas noches", automáticamente todos cerraron sus ojos para poder conciliar el sueño.
Y como si de telepatía se tratara, todos volvieron a abrir los ojos para poder comentar aunque fuese un poco aquello que les carcomía la cabeza desde hacía horas, en el hospital. Si no lo decían, no podrían aceptarlo de una vez. Sus cabezas daban vueltas y palpitaban a causa de las muchas vueltas que le habían dado al asunto tan trivial y normal como aquel. Tomaron aire, y lo soltaron.
–Hay que buscar trabajo e independizarnos lo antes posible.
Y en efecto, todos habían coincidido con aquel pensamiento. Aquello les relajó, puesto a que ninguno quería ser el único egoísta que quisiese abandonar la familia de aquella manera, aunque fuese con una buena y bondadosa intención. El de morado se aferró más a su parte de la manta, con una leve sonrisa en los labios y el rosado le imitó. El amarillo al fin volvía a sonreír y cerraba sus ojos como los demás para poder dormir. El de verde esbozó una pequeña sonrisa en sus labios y no tardó en quedarse dormido.
Habían dos, sin embargo, que por más que querían no lo lograban. El de rojo no podía dormir, y ni tan sólo lo intentó tras la primera vez. Ni tan sólo estaba cansado o con sueño suficiente para hacerlo, por lo que se dedicó a clavar su mirada al techo por unos segundos. Pensó en aquella frase que todos habían dicho de manera tan fácil para poder sentirse más aliviados, y la idea era realmente la correcta. Las consecuencias de ello en cambio, no tanto. E inconscientemente, su mirada se dirigió al segundo.
El azul se sentía incómodo en cualquier posición que pudiese adaptar para dormir, no por el sitio o sus hermanos, sino por como no podía parar de pensar. Admiraba la rapidez con la que sus hermanos habían asimilado todo aquello y la manera en que podían dormir tan plácidamente. Suspiró y abrió sus ojos de nuevo. Y para su sorpresa, notó como alguien le miraba fijamente.
Más sorprendente aún fue para él saber que se trataba de su hermano mayor, que le observaba con una sonrisa.
[...]
Volvemos a leernos~
Esta vez con una historia dedicada a mi pareja favorita del anime Osomatsu-san! Y de la cual tengo mucho escrito, ya que es una idea que me encanta escribir sobre ella.
Laura, out!

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Sakura No Ame. | OsoKara
FanfictionPasado, algo que nos ata a lo que somos como cadenas en una condena. Presente, en el cual simplemente nos dejamos llevar pensando en lo que venga después, a veces, atrapados en el pasado. Futuro, aquel tiempo el cual o queremos alcanzar o queremos e...