Ni-ju-nii.

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El de rosa se encontraba en su apartamento, tumbado en el suelo donde dormía, mirando al techo. Aún faltaba un rato para que diera comienzo su turno, y teniendo en cuenta que vivía a cinco minutos no le preocupaba el llegar tarde. Miraba al techo con la idea de pensar. De ordenar sus pensamientos que tan hechos un lío estaban desde que se mudó.

Habían pasado meses desde aquello.

A pesar del tiempo que llevaba viviendo solo y en aquel apartamento, seguía sin acostumbrarse del todo a esa idea. Quizás era normal, nunca antes había vivido solo, pero le molestaba la sensación de no tener a nadie a quien molestar.

Frunció el ceño sin apartar la vista de allí. Era frustrante que él, tan independiente de sus hermanos se había mostrado siempre, ahora sintiese la necesidad de compartir hogar con ellos.

Pero sabía que era demasiado tarde para ello. Y aunque saliera de vez en cuando después del trabajo, no podía quitarse de la cabeza a esos idiotas hermanos suyos que tanta molestia le causaban incluso sino estaban.

–Maldita sea... –murmuró, y miró la hora en su teléfono. Vió que su turno empezaba en diez minutos y suspiró. Se vistió adecuadamente para dirigirse hacia allí. Se miró unos segundos al espejo y esbozó una pequeña sonrisa para después, salir del apartamento.

Una vez en la calle no tardó en llegar, pues vivía prácticamente al lado del café donde trabajaba. Visualizó a sus compañeras, que le saludaban alegremente y les devolvió el gesto. Entró con ellas al lugar, para poder reemplazar a los empleados que ya habían acabado su turno.

Ocuparon su lugar en el mostrador con una sonrisa para recibir a los clientes que esperaban en la cola para tomar algo. Todomatsu jamás podía dejar de recordar el día en que le despidieron por el incidente de sus hermanos, aunque prefería centrarse en atender a las personas que venían.

Siempre esperaba que una de ellas, fuese alguno de sus hermanos.

[...]

El alegre amarillo era feliz.

Se había acostumbrado a vivir separado de sus hermanos y aunque los echara mucho en falta, no vivía solo, lo cual lo hacía más llevadero. Aunque se sentía culpable porqué sus hermanos no tenían ni idea.

No sabían que su primer amor, Homura, aquella chica que se mudó lejos de la ciudad, había vuelto con el propósito de vivir allí. Y tampoco sabían que por casualidad habían vuelto a encontrarse.

Recordó el día en cuestión. Cuando Jyushimatsu caminaba con una sonrisa, con su bate a la espalda y su entusiasmo característico que nadie podría dudar de quién se trataba y le pareció ver una figura familiar al pasar por aquella cala que tanta añoranza le causaba.

Una chica vestida con una camisa blanca y una falda larga roja, el cabello largo y castaño y una característica en su brazo. Un brazalete amarillo que sorprendió al Matsuno.

Su corazón se encogió al ver a aquella chica, y más cuando se giró al escuchar unos pasos tras ella. Y al ver aquellos ojos inolvidables para el pelinegro fue una mezcla de alegría y tristeza lo que se formó en ambos. La castaño se llevó las manos a la boca con sorpresa.

–¿Homura-chan...? –cuestionó en voz baja, pero ella le escuchó. Se giró por completo para estar delante de él y poder mirarlo con atención.

–¿Jyushimatsu-kun...? –lo hizo de igual forma, y el de traje de béisbol elevó las comisuras de sus labios alegremente. Los ojos de la castaña se llenaron de lágrimas y en un impulso corrió hacia él. Se lanzó, con la confianza de que él la atraparía, y eso hizo, en un abrazo.

Desde aquel día, los dos jóvenes habían empezado a tener varias citas antes de poder empezar una relación, como hacían antes de que ella se marchara. Y sabiendo que su tiempo era ilimitado esta vez, la sonrisa era algo que no se borraba de sus labios.

–¿Jyushimatsu-kun? ¿Te encuentras bien? –preguntó la dulce chica, mirando a su pareja con preocupación al ver como parecía muy distante y callado para ser él. El de amarillo miró a la chica y sonrió.

–¡Perfectamente! –exclamó alegre, y aquella sonrisa tranquilizó a Homura, puesto que podía notar que no le ocurría nada. De vez en cuando, el chico se mostraba nostálgico con respecto a sus hermanos, y ella siempre estaba para apoyarle. En parte, le alegró ver que no era una de esas veces.

–Bien, debo ir a trabajar. Tú también, ¿no? –cuestionó, al ver que ya se había preparado para vestirse, por lo que entendió que no era un día festivo para los niños del colegio.

–¡Sip! Hoy los niños tienen excursión y me han pedido que vaya. –explicó con los ojos llenos de ilusión, y la castaña también sintió esa alegría.

–¡Eso es genial! Seguro que se lo pasan muy bien contigo. –dijo, sin quitar esa sonrisa tierna. Cuando estaban juntos, era imposible dejar de sonreír.

–¡Pasátelo bien tú también! –le deseó, sonriendo. ¿Cómo podía ser tan tierno? Esa pregunta siempre se le respondía sola. Es Jyushimatsu.

–Nos vemos a la hora de comer. –informó, y besó su cabeza con cariño para ponerse sus zapatos e ir a la floristería donde trabajaba.

–¡Te quiero, Homura-chan! –exclamó, y acto seguido a aquello, le robó un beso que hizo colorar a su pareja.

–¡Yo también te quiero, Jyushimatsu-kun! –respondió, y Jyushimatsu le miró con cariño.

–¡Podríamos ir a cenar hoy! –ofreció, pues solían tener alguna que otra cita, pero llevaban tiempo sin ello. Y a ella no pudo parecerle mejor.

–Me parece una gran idea. –aceptó mientras el amarillo se colocaba los zapatos para poder irse a trabajar sin llegar tarde, saliendo antes que ella.

–¡Nos vemos! –se despidió, saliendo de la casa corriendo con una energía mayor que la de los niños pequeños con los que trabajaba. Era divertido si te parabas a pensar en ello. La castaña soltó una pequeña risa para después agarrar su bolso y salir para dirigirse a trabajar.

[...]

Sakura No Ame. | OsoKaraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora