Unos días más tarde....
—Osea que nada de esfuerzos, ¿no? - este tío me estaba poniendo de los nervios.
—¿Por qué no te callas?- estaba desesperada ya.
—Miriam, por favor... Está preguntando para saber cómo debes actuar estos días.- mi madre siempre poniendo paz.
—¡Es que no se calla!- levanté los brazos y provoqué que se me saliera una vía.- Muy bien, Miriam, bravo.
El médico me puso la vía de nuevo y se fue dejándome a solas con mi madre y mi hermano. Efrén se acercó para cogerme la mano y yo, evidentemente, la aparté.
Me acabo de despertar después de días, pero según me ha dicho mi madre, Ana había estado conmigo desde el día del accidente y en cuanto Efren le ha visto, le ha echado... No tiene derecho a hacer eso por muy hermano mío que sea.
—¿Qué tal está ella?
—Eso no importa, por su culpa estás aquí.
—No estés así, Efren. Basta ya. La chica no lo hizo intencionadamente.- ella pacífica.
—Solo faltaba... En fin. Me voy hermanita.- dijo con esperanzas de escuchar una súplica de que se quedara sin obtener éxito alguno.
Unas horas más tarde apareció ella para hacerme compañía.
—Mi rubia...-estar acurrucada en su pecho era como estar en el cielo... Aunque las vías de mis brazos corrían peligro, me daban igual con tal de poder estar así con ella.- entonces... ¿hasta el sábado nada?
—No, estoy un poco hecha una mierda, pero bueno...
Sus ojos empezaron a inundarse y juntó su frente a la mía. Me acariciaba la mejilla mientras que con la otra mano sostenía mi cabeza cerca de la suya.
—Lo siento tantísimo... No soporto verte llorar, quise cogerte la mano y no me di ni cuenta de que venía un coche de frente, te lo prometo. Y ahora estás así por mi culpa, no sé cómo compensártelo.
Separó unos centímetros mi cabeza de la suya y me miró a los ojos. Su mirada descendió hasta mis labios y empezó a morderse los suyos. Llevaba demasiado tiempo queriendo probar esos labios... Los necesitaba tanto en los míos que me estaba volviendo loca. Su respiración se enredó con la mía y mi corazón iba a mil por hora, pero a ninguna de las dos nos importaban los pitidos de las máquinas, ahí solo existíamos nosotras dos.
—Pues... A mí sí que se me ocurre una forma.
Agarré su nuca y la atraje hacia mí, pero de repente empecé a escuchar un pitido constante y solo era capaz de ver a Ana llorar y correr pidiendo ayuda.
Una descarga.
Dos.
Tres.
El pitido seguía siendo constante.
Cuatro.
Nada...
—¿Miriam? - una caricia me despertó de mi pesadilla. Aunque, al abrir los ojos y distinguir esa silueta vi que estaba metida en otra.
—¿Pablo? ¿Qué... haces aquí?
—Vivo aquí, te lo recuerdo.
