Capítulo 26

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Media hora para salir de ahí.

Nunca me había parado a pensar en cómo iba a morir, en cómo sería ese momento en el qué pondría punto y final a todo. Pero morir en lugar de alguien a quien se ama me parece una buena forma de morir.

—Miri, ¿puedes parar? Me duele la cabeza y no paras de dar vueltas. -paré en seco.

—Perdona. -Sonreí y miré la hora por milésima vez.

—¿Crees que podremos salir? -escuché que preguntaba Ana. Ella no sabía, ni quería que supiera, que era la última media hora de vida para alguna de las dos, porque iba a hacer todo lo posible porque no tuviera que pasar por eso.

—Claro que sí. -sonreí.

En ese momento la puerta se abrió y una persona encapuchada se adentró en la sala. Ana corrió a abrazarse a mi espalda y yo retrocedí unos pasos hacia la pared. Detrás de esa persona entraron otras 2 y noté cómo los brazos de Ana empezaban a temblar alrededor de mi cintura mientras yo intentaba tranquilizarle acariciándolos.

—Ha llegado la hora. -anunció una voz de hombre.

—¿Qué... qué hora, Miriam? -susurraba Ana en mi oído.

—¿Ya has elegido, rubia? -preguntaba otro hombre.

—¿De qué están hablando? -Ana soltó mi cuerpo para ponerse a mi lado y mirarme a la cara.

—Ana... -le cogí las manos- no me va a pasar nada, ¿vale?

—¿Qué dices, Miriam? -se empezaba a alterar.

—Tú sólo... -miré nuestras manos entrelazadas- tú solo vete a casa de Mimi y luego voy a verte, ¿sí?

—Miriam -sollozó- si estás diciendo lo que creo que estás diciendo la respuesta es no. No te voy a dejar aquí. -le besé la cabeza y le abracé- Miriam por favor... Vámonos corriendo. -lloraba.

—Coged a la morena. -ordenó el primer hombre que entró.

—¿Qué? -pregunté, y cuando quise reaccionar ya tenían a Ana cogida cada uno de un brazo- ¡Soltadla, joder!

—¡Miriam! -lloraba desconsolada Ana esperando que la salvase, como aquella noche. Y, como pasó aquella noche, yo le iba a volver a fallar: no iba a poder hacerlo.

El hombre que dio la orden sacó una pistola del bolsillo interior de su americana negra y apuntó a Ana con ella. En ese momento sentí que la perdía, que la volvía a perder... y no podía soportar eso. Así que hice lo que iba a acabar haciendo tarde o temprano:

—¡A ella! -el hombre dejó de apuntar a la cabeza de Ana y me miró. - La elijo a ella.

Los hombres que le sujetaban le soltaron. Miré a Ana, que miraba al suelo intentando calmar su ataque de nervios, y agradecí que no le hubieran tocado delante de mí, porque no sé qué hubiera hecho.

—Sacadle de aquí, por favor. No quiero que lo vea. -le pedí al hombre sin dejar de mirarla.

—La leona no quiere que su cría presencie una escena violenta. -se acercó a mí y me acarició la barbilla- Una pena. -chasqueó los dedos y los otros dos volvieron a agarrar a Ana obligándole a mirar.

Unas campanas anunciaban lo que, supongo, era mi fin.

La 1:00, segundos para terminar con todo.

Miré a Ana, que me miraba en shock con lágrimas en los ojos.

—Ha llegado tu hora, leona.

Me apuntó a la cabeza con el arma y solo me salió decir lo único que me importaba en ese momento.

—Ana -le miré fijamente a los ojos- te quiero. Por favor, Ana, escúchame. Te quiero. Y quiero que en cuanto salgas de aquí, olvides todo esto y sigas adelante, ¿vale, pequeña?

—Miriam... -me rompía escucharle así- no me puedes dejar sola, por favor. Quítate de ahí... -me suplicaba.

—Te quiero, Ana. -miré por última vez a los ojos de la persona que más quería en el mundo y giré mi cabeza hacia el hombre que me apuntaba con el arma mientras le seguía hablando a ella. - dile a mi hermano que lo siento, que no pude cumplir lo que le prometí a mi padre...

—Miriam, cállate, no te vas a morir. -cada vez su llanto era más fuerte.

—... lo siento, Ana. Te he vuelto a fallar, yo no quería que pasaras por esto...

—Miriam...

—Quiero que cierres los ojos, Ana. No tienes derecho a ver esto, no quiero que lo veas.

—¡Miriam!

—¿Lista? -preguntaba el hombre.

Mientras una lágrimas resbalaba por mi mejilla y escuchaba de fondo los gritos y sollozos de Ana, asentí.

—Te quiero, Miriam. -escuché cómo sollozaba.

Vi cómo quitaba el seguro del arma y me preparé.

—Lo siento, mi amor... -lloré como nunca antes lo había hecho- yo no quería fallarte otra vez. Lo siento. Te quiero.

Sonó la última campanada y...

—¡No!

Eso fue lo último que escuché, junto con la imagen de ella corriendo hacia mí para intentar salvarme, cosa que yo no había podido hacer nunca con ella.

Pero, cuando llegó a mí, ya era demasiado tarde.

Sólo le quedaba la despedida.

Una eterna despedida.





No me matéis por haber tardado meses, porfiii, ni porque sea tan corto.

Solo queda el epílogo, a ver cómo lo hago para no acabar con denuncias o asesinada.

Gracias por leer💜.

Una Eterna Despedida ||•Wariam•Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora