Miedo a estar siempre ahí.

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Estar ahí, siempre ahí... siempre ahí.

Quema como el infierno admitir que siento miedo.

Tal vez pueda culpar al amor que profanaban sentir mis padres.

Ella adicta a él, él adicto a algo mucho más fuerte que su amor.

Adicto a sentirse bien, o a no sentir.

Adicto a los mundos que quería conocer, o a los que no quería dejar ir.

Adicto a cosas que jamás comprendí, y mi madre no quiso ver.

Puedo decir que la primera vez que conocí al amor, mi padre hizo sentir mal a mi madre.

Y ella siguió ahí.

Puedo decir que la segunda vez que conocí al amor mis padres se separaron, y mi madre siguió ahí.

Puedo decir que la tercera vez que conocí al amor, mi padre conoció a alguien más, y mi madre la invitó a casa a cenar con nosotras, y siguió ahí.

Puedo decir que la cuarta vez que conocí al amor mi padre engañó a su nueva pareja. Y ella siguió ahí, como mi madre.

Y supuse que de eso se trataba el amor, de estar "ahí" para esa persona aunque las decepciones fueran grandes.

Aunque el corazón se partiera en pedazos y la dignidad terminara hecha migajas.

Seguir ahí, siempre ahí.

Puedo decir que la quinta vez que conocí al amor confesé a mi madrastra que mi padre la engañaba, que llevaba a su otra pareja a compartir tiempo con mi hermana y conmigo, que él realmente no la quería. Pero ella siguió ahí, como mi madre, y como yo me veía a mí.

Seguir ahí, siempre ahí.

Puedo decir que la sexta vez que conocí al amor mi madre comenzó a salir con alguien más, y este alguien se endeudó y la dejó. Y mi madre pagó sus cuentas, endeudada hasta la coronilla, y aún las paga. Y siguió ahí hasta que su corazón no pudo respirar más.

Ahí, siempre ahí.

Aunque duela, aunque parta el alma. Jamás se abandona al que se ama, aunque el amor sea esa cosa rara que parte la esperanza en gajos que alimentan la desilusión.

Entonces crecí con la idea de que no quería estar ahí, siempre ahí.

Crecí sabiendo que no quería estar, que jamás querría estar.

Y me aferré a ella con uñas y dientes, y me distancié, y me asusté y me aterroricé a mí misma.

Me conté historias de monstruos destroza autoestima, de zombies desgarrando corazones y fantasmas destruyendo familias.

Me conté historias que conocía de memoria para recordarte por qué no debía estar nunca ahí.

Y jamás lo estuve, jamás.

Y ahora tengo veintiún años y estoy sola y triste.

Anhelando aquello a lo que temo. Llorando por no tenerlo.

Llorando por creer que mi camino está escrito y marcados los pasos.

Llorando por ese destino que no puedo evitar seguir.

El final trágico me espera, pero yo no quiero acabar ahí, siempre ahí.

No quiero, no quiero, no quiero, no quiero.

Pero no sé salir del agujero que poco a poco me está consumiendo.

No sé salir, y me estoy ahogando en este maldito infierno.

Y pido ayuda, pero no grito lo suficientemente alto.

Entonces vuelvo a encerrarme en mi capullo lleno de espinas disfrazadas de pétalos.

Y te acepto una cita, y una charla a media noche.

Te acepto mensajes melosos y chistes morbosos.

Te acepto, y tu confianza te hace creer que es tiempo de tomar mi mano.

Entonces te pincha la primera espina que escondía detrás de la dulce fachada. Y te asombra mi distanciamiento, mi mirada seria y el temblor de mis dedos.

Te asombra que salte en el lugar y aleje mi mano como si la tuya quemara mi piel. Como si el tacto quebrase mis dedos.

Te asombra, pero a mí no, porque no importa cuánto lo intente aún no soy capaz de enfrentar mis miedos.

Y temo no ser capaz de serlo.

Temo estar ahí, siempre ahí.

Temo estarlo, temo estarlo.. temo estarlo.

Temo ser como mi madre que vaga por amores baratos, temo ser como mi padre, que destroza todo a su paso.

Temo ser un desastre, arrasando con todo a mi paso.

Temo no temer dañar, temo ser dañada, temo vivir.

Le temo al amor porque él me enseño que hace daño.

¿Cómo transformo ese miedo en un aliado? Porque estoy cansada de seguir en una línea que me lleva a la muerte, cansada de luchar contra la corriente, cansada de correr con desventaja.

Estoy cansada de fingir que nada pasa, y por una vez me gustaría ser capaz de aferrarme a tu mano y respirar, solamente... respirar.

Respirar pero demostrar que vivo, dejando ir para comenzar.

Dejando ir para comenzar.

Dejando ir... para comenzar.

Encrucijada MentalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora