Llevaba dos horas sentado en la misma silla blanca del hospital que te deja destrozado el culo, y todavía no sabía nada.
Cada minuto que pasaba yo estaba más nervioso y me daban ganas de irrumpir en el quirófano gritando que me explicaran todo de una vez. No podía esperar más.
Hacía dos horas, justo cuando llegaba a la parada para encontrarme con Samira, mi movil sonó. No reconocí el número, por lo tanto colgué sin preocuparme. Ese mismo número volvió a llamarme otras dos veces, pero yo seguía en mis trece, por lo tanto no descolgué el teléfono. A la cuarta llamada, cuando iba a colgar, me fijé en la gran pantalla y ponía con letras grandes y blancas: HÉCTOR.
Rápidamente descolgué y él solo pudo contarme lo poco que sabía.
- Nathan, ¿dónde estás?
- Llegando a la parada de bus, ¿algún problema?
- En cinco minutos voy a recogerte - Me respondió cortante.
- Héctor, ¿qué ha pasado?
- Tus padres han tenido un accidente. La persona que les ha ayudado ha intentado localizarte, pero tú le colgabas, por lo que ha decidido llamar al segundo contacto de urgencia que tenía tu madre en la lista: Ryde. Ella me ha llamado a mi, y estoy a punto de llegar a tu casa. La recojo y voy a por ti.
Héctor vino en cinco minutos, como me había dicho, y por lo tanto no me dio tiempo ni siquiera a ver a Samira. Pero yo estaba tan nervioso y tenía tanto miedo que no pensé en ella.
En el camino de la parada al hospital, mi movil vibró un par de veces. Sabía que era Samira, pero no tenía fuerzas para descolgar y explicarle porqué la había dado plantón.
Y allí llevaba dos horas, dos largas, eternas e interminables horas en la misma silla blanca del hospital y sabiendo que un quirófano estaba ocupado por uno de mis padres, o quizá por los dos; pero no sabía nada más.
- Nathan, deberías comer algo, tienes mala cara - Me sugirió mi hermana.
- Voy a la cafetería a por un par de bocadillos - Dijo Héctor levántandose.
Pasados diez minutos volvió con dos bocadillos en la mano.
- Uno es de tortilla, y otro de jamón, ¿cual quereis?
- Yo el de tortilla - Eligió mi hermana.
Héctor me tendió el bocadillo de jamón con una sonrisa, pero se le borró del rostro cuando me vió tirarlo a la basura.
- ¿Se puede saber que haces? - Me preguntó Ryde.
- ¡No! ¿Se puede saber que haces tú? ¡Mamá y papá han tenido un accidente, no sabemos nada y solo se te ocurre comer un bocadillo! ¡Eres una cria, una niñata que solo se preocupa de tener a un puñado de tios idiotas a su lado para que la digan lo guapa que es! - La grité viendo como sus brillantes ojos se humedecian para luego comenzar a expulsar lágrimas.
- ¡Y tú eres un puto imbécil que solo sabe compadecerse de si mismo porque eres un friki y un pringado, y nadie te quiere! ¡Tienes miedo a ser tú mismo delante de las personas porque pueden rechazarte! ¡Crece un poco! - Me gritó de vuelta haciendo que todas las personas que estaban en la sala de espera se voltearan para mirarnos.
Pensé en lo que acababa de decir mi hermana. Esas palabras me destrozaron porque las había dicho ella, precisamente ella y porque sabía que eran verdad. No era nadie para nadie, ni nunca haría nada importante en mi vida. Solo servía para molestar, para estar en medio de las relaciones de mis amigos, para hacer el idiota.
Me di la vuelta y me dirigí hacia la gran puerta de cristal de salida. Solo quería correr hacia mi cuarto y esconderme allí hasta que toda esta pesadilla acabara.
Héctor vino tras de mí, para colocarme una mano en el hombro e intentar consolarme.
- Nathan, venga...
- No, Héctor. Ella tiene razón, y todos lo sabemos.
Estaba a punto de cruzar la puerta cuando un hombre alto, con un poblado bigote y el ceño fruncido con preocupación apareció. Llevaba una bata blanca, con cuatro botones abrochados, y los demás desabrochados. En la bata llevaba una tarjeta enganchada con un imperdible en la que se podia leer: Dr. Maximilien
- ¿Familia Cortes? Su padre los está esperando. Siganme, por favor.
El Dr. Maximilien nos guió por una serie de pasillos hasta llegar a una habitación blanca, con dos camas blancas también y separadas la una de la otra por una cortina azul clarita. En una de esas camas estaba mi padre mirando al techo detenidamente y con un collarín en el cuello.
Nos miró, y sus ojos estaban llorosos.
No tenía buena cara.
