Habían pasado dos semanas desde ese año nuevo tan desastroso, y Grinder no cogía mis llamadas ni me contesaba los mensajes, a excepción de un día, que me contestó con un "déjame en paz de una puta vez". Pero yo seguía insistiendo, porque era mi amigo y me negaba que nuestra amistad de tantos años se rompiera por una novia con traumas y problemas mentales. Porque lo único que había sacado en claro de todo eso era que Camille no era normal. ¿Quién sería capaz de besar al mejor amigo de su novio, y encima obligándole?
Por otro lado, tanto Hector, como Ryde, Guille y Samira me apoyaban mucho con este tema y siempre estaban animándome.
Respecto a Samira, nuestra relación o como se pueda llamar esto, estaba dando pequeños pasos que cuando se juntaban formaban un paso de gigante.
Al día siguiente de besarnos por primera vez en mi casa, al levantarme tenía un mensaje de ella.
Por la tarde quedamos en un pequeño bar-restaurante que se encontraba a mitad de camino entre nuestras casas. Era un bar sencillo y reconfortante, con las paredes pintadas de un dulce tono rosa pastel y con pequeños marcos que contenían imágenes en blanco y negro.
Me senté en la mesa del final para esperarla.
La puerta del bar se abrió haciendo sonar los pequeños cascabeles que tenía colgados por Navidad, y me llegó ese peculiar olor a mandarina.
Levanté la vista de mi movil para encontrarme a una sonriente Samira que venía hacia mi con paso decidido.
La invité a sentarse a mi lado, pero ella escogió el sitio en frente mía. De esta forma podía captar todos y cada uno de los detalles que la componían. Nos tomamos un café. Ella daba pequeños sorbitos que hacían sonrojarse lentamente sus mejillas por el calor. Yo, en cambio, la observaba y absorvía todo lo que me trasmitía.
Cuando terminamos ese café entre risas e historias, decidimos dar un pequeño paseo, pero el aire helado nos congelaba los pulmones de manera que no podíamos respirar, por lo que pensamos en cortar ahí esa tarde y la acompañé a casa.
En esa tarde no saqué nada en claro, ni siquiera una señal de esas raras que te suelen dar las chicas pero que nosotros acabamos malinterpretando y haciendo el ridículo. Yo solo pensaba que quería volver a sentir esos labios, que cada vez estaban más rosados por el frío, pero no sabía si ella pensaba lo mismo.
Todo cambió cuando llegamos a su destino final, su casa.
Parecía como si ella no quisiera despedirse, o la costara decir algo y estaba retrasando el momento.
Finalmente, una de las ventanas de la parte de arriba de su habitación se abrió, y de allí salió un pequeño de unos seis o siete años que llamaba a Samira
- Ya conoces al incordio de Gael - Me presentó - Es mi hermano pequeño.
Y con eso acortó la distancia que nos separaba, cogió mi cabeza entre sus dos manos y me volvió a besar.
Con un beso más rápido y fugaz, con un beso en el que nuestras lenguas bailaban al compás de la nieve que caía a nuestro alrededor. E igual que me besó, se apartó y se metió en casa dejándome solo, a la intemperie, y con un cosquilleo en los labios del que no estaba acostumbrado.
Por otro lado, Guille no estaba tan bien como quería aparentar. Echaba de menos a su familia, y le dolía que no le aceptaran siendo como era. Yo le entendía, por supuesto, y también le escuchaba cuando necesitaba desahogarse. Me confesó que a su padre le guadaba resentimiento pues no podía perdonarle aquella horrorosa paliza que le dió la tarde en la que mi familia lo acogió. En cambio, a la que más echaba de menos era a su madre, aunque no entendía porque no se había molestado en llamarle ni por Navidad.
Mis padres, por fin, habían comprado otra cama, por lo que los dos dormíamos en mi habitación hasta que remodelaran el sótano para Guille.
Una noche, demasiado tarde para que ningún destello de ninguna estrella pudiera entrar por las rendijas de las persianas, comencé a oir sollozos y fuertes respiraciones. Sabía que Guille estaba llorando, pero no me di la vuelta pues si se daba cuenta de que no estaba dormido heriría el poco orgullo que le quedaba dentro.
Ya no era ese chico presumido y chulo que era capaz de humillar a alguien delante de toda la clase solo para que le rieran la gracia. No, ahora era un chico pensativo y callado, que vivía de la esperanza de que todo se arreglara. Y tanto él como yo, sabíamos que eso no iba a poder ser.
